Una experiencia imprescindible, de Manuel Trallero en La Vanguardia
EL RUNRÚN
El recorte parecía tener vida propia, ser un verdadero Guadiana que surgía y desaparecía en el revoltijo de la mesa de trabajo, juntos a las orquídeas, que las puñeteras no quieren acabar de brotar. Miraba por la ventana abstraído o rebuscaba papeles por entre unas carpetas de orden imposible y me daba de sopetón con él, con aquel pedazo de papel cortado de mala manera de cualquier periódico y que ya presentaba cierto cansancio vital, las consecuencias mismas de cierto manoseo con el paso del tiempo, cierto amarilleamiento, una pátina.
Como los indigentes que llenan sus casas de las más variadas mercancías que encuentran, fruto del azar, en las papeleras o en los contenedores, yo recojo también al azar pedazos de diarios. Pero no diarios ajenos, de esos que se encuentran por los cafés o en los restaurantes perfectamente decapitados por algún o alguna impresentable, que debería ser excomulgado como de antiguo se excomulgaba a quienes robaban libros en las bibliotecas. Yo soy un destripador de la prensa que antes ha pasado por el quiosco y paga religiosamente todas las semanas. Después, el suelo de casa va empapelándose con noticias diversas, con caídas de la bolsa y con el brillante juego del Barça, porque no consigo mejorar mi puntería e indefectiblemente salen fuera de la papelera, revoloteando un rato a su antojo hasta que aterrizan muertas de risa.
Delante de mí estaba, pues, el maldito recorte, con un tono esencialmente peliculero; unas letras a modo de créditos reposaban sobre una luz que arrancaba un punto dorado a unas piedras milenarias. El anuncio, porque se trataba de un anuncio, llevaba un texto aterrador: "Egipto. Crucero por el Nilo", y en la línea siguiente aparecía la orden taxativa: "Una experiencia imprescindible". Ni que decir tiene que había toda una información complementaria sobre itinerarios, precios, duración, etcétera. Pero lo realmente sugerente es que para alguna cabecita pensante era perfectamente posible que un crucero por el Nilo fuera considerado "imprescindible" por el resto de los mortales. Era una de las muchas cosas imprescindibles que hemos de hacer y que si no llevamos a cabo, si no las efectuamos, nos volvemos perfectamente prescindibles,es decir, que no seremos nadie. Es imprescindible estar en el palco del Barça. Si no estamos quiere decir que pueden pasar de nosotros. Es imprescindible ver tal película, asistir a tal representación teatral, ir a aquel restaurante o dejarse ver en el último sitio de moda. Es imprescindible un crucero por el Nilo, y pobre de usted que no lo haga. Así que de repente me surgió una nueva tarea. No sólo debía denunciar la desaparición de la tarjeta de crédito o acordarme de llevar los jerséis a la tintorería, sino que además tenía la inexcusable obligación de efectuar un crucero por el Nilo, ya que se trataba de "una experiencia imprescindible" sin cuya ejecución no podría continuar viviendo, porque yo, como ustedes habrán sospechado inmediatamente, jamás he estado en Egipto, y mucho menos haciendo un crucero en que la última noche los turistas se disfrazan de auténticos.El único consuelo que me queda es saber que en Estados Unidos hay un refrán que reza: "Los cementerios de este país están repletos de seres absolutamente imprescindibles".
