LA RUEDA

Veamos. Estoy en contra de que se considere delito penal la quema de una fotografía, aunque en ella luzcan regias figuras: tiene que formar parte de la democracia la vejación de los símbolos que la representan. También estoy en contra de magnificar un insulto hasta convertirlo en una amenaza política. Y, sin ninguna duda, no creo que nadie esté pensando en hacer ningún daño físico, porque el terrorismo, por suerte, no forma parte de la realidad catalana.

De manera que estoy convencida de que los tres asuntos que han hecho tanto ruido, tanto la quema de Girona como el insulto a Alberto Fernández Díaz y la pintada contra Albert Rivera, son antipáticos y estúpidos, pero no creo que sean el síntoma de ningún riesgo. Personalmente, si tuviera que tomarme en serio cada amenaza verbal que he recibido, de cualquier estúpido, en cualquier acontecimiento público, viviría sin vivir en mí. Seamos sinceros. La reacción, en los tres casos también se ha magnificado para sacarle rédito político. En el tema de Girona, a causa de la bobería con que las leyes españolas protegen a la Monarquía. En las otras dos, porque ya les va bien a ambos políticos el papel de víctimas en manos de los almogávares catalanes. La cuestión vende mucho en los mercados de la demagogia.

Sin embargo, y dicho lo dicho, la suma de todo lo ocurrido me parece un pésimo síntoma. No de violencia, ni de riesgo, sino de pura bronca. Es decir, tengo la impresión de que el oasis catalán encierra una dosis ingente de mierda en su interior, que empieza a salpicarnos. Como si se hubiera quebrado su frágil superficie, está aflorando una cierta chulería maleducada que hace de la bronca un estilo de protesta. La quema de fotos, por ejemplo -quemar símbolos en pú- blico, ¡qué pésima memoria histórica!-, es de una extrema vulgaridad, y los insultos amenazadores son típicos del chulo de barrio, con más testosterona que cerebro.

Empiezan a abundar los milhombres que buscan pelea política de taberna, y lejos de mover rechazo, aún resultan simpáticos. Ese es el problema. Que los veamos como héroes, y no como gamberros.