Marcel Marceau decía que el silencio no existe; que no existe, al menos, como negación absoluta de la palabra: otra forma purísima de lenguaje. Y que el silencio puede decirlo todo, como la máscara o la cara cubierta. A través del mimo, del arte depuradísimo del gesto o de la máscara, Marceau podía expresar todo aquello que el hombre es capaz de sentir y, por lo tanto, capaz de expresar.
Con el silencio podía visualizar lo invisible y transmitir el pensamiento con más eficacia que con la palabra. Más de medio siglo emocionando a públicos heterogéneos; tan cerca de los misterios de la infancia como de la lógica de la madurez.
Su aprendizaje fue la guerra que ensombreció su adolescencia; la resistencia y su clandestinidad y su disimulo: su pulso tumultuoso y escondido. De ahí parte la escuela del silencio, el código de gestos cifrados y el blindaje de la máscara. Y la calle con su algarabía, su lenguaje babélico y sus jergas; y sus complicidades. De todo esto aprendió Marcel Marceau a ver el silencio como una forma suprema de expresión y como un código. Y aprendió que la palabra, en vez de explicar, casi siempre enmascara; que en lugar de comunicar, aísla. La palabra está contaminada. Marcel Marceau fascinó al mundo entero: a las estrellas fulgurantes de Hollywood, a los solitarios y a los tristes; y a los fecundos de alegría y sonrisa. El silencio puede ser una forma de ternura, una explicación de lo inexplicable. La pureza absoluta.
Decir Marcel Marceau es lo mismo que decir mimo, lo genuino y ancestral. Sin trampas. Siempre reconoció, aparte de la escuela de la vida, dos maestros. En 1944 ingresó en la escuela de Charles Dulin en París y allí estudió mimo con Etienne Decroux. El primero le enseñó las claves de la improvisación, los misterios de la máscara y la concentración; una forma sutil de aislamiento para llegar a la comunicación intensa. Lo que pudiéramos llamar gramática y sintaxis del silencio le vino de Decroux. Estos fueron los maestros digamos académicos. De Charlot y el cine mudo aprendió el poder corrosivo de la risa; y que provocarla es más bello que suscitar cóleras y arrebatos.
Descubrió que, como instrumento liberador, la risa arrancada por su mímica y sus silencios era más eficaz que los discursos; la risa muestra las verdaderas raíces del hombre y es el primer signo de su inteligencia. Le bastaban a Marceau unos pantalones anchos y una camiseta simple, la cara pintada de blanco o al descubierto, para crear un mundo de emociones, de personajes y de fantasías. La imaginación y la capacidad de comunicación carecen de barreras; ni siquiera necesitan las palabras. O sea, Marcel Marceau.
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