LA CRISIS DE LA FEDERACIÓN NACIONALISTA
El penúltimo conflicto
Esta ha sido, de largo, la peor crisis de la historia de CiU, tanto que eran muchos los que a un lado y otro de la i la consideraban irreversible. La impresión de que se ha ido demasiado lejos y de que sólo la firme voluntad de los respectivos líderes deCDCyUDC, Artur Mas y Josep Antoni Duran Lleida, ha conseguido frenarla es generalizada, en un momento en el que desde otras instancias de los dos partidos, en cambio, parecía darse rienda suelta a las mutuas animadversiones. El conflicto, en esta ocasión, no ha derivado de una desavenencia táctica, sino de una discrepancia de fondo respecto al proyecto político, a la que se han sumado reproches personales, y todo lo cual no ha hecho más que evidenciar que, aunque se haya querido pasar página del episodio, la herida es profunda y dejará secuelas.
La gestación del enésimo enfrentamiento habría que situarla justo después de las últimas elecciones catalanas, en noviembre del 2006, cuando Artur Mas, después de volver a ganar y de volverse a quedar sin gobernar, lanzó por vez primera la idea de que CiU debía convertirse en casa grande del catalanismo. Josep Antoni Duran Lleida marcó de inmediato distancias, pero la cosa no pasó a mayores. En mayo del presente año, el líder de CDC anunció que, después de las elecciones locales, abriría un debate para decidir la estrategia de CiU con vistas a las elecciones generales y ante una posible entrada en el Gobierno. UDC no respondió porque empezaba la campaña electoral municipal, pero una vez transcurridos los comicios, y con unos resultados que permitían a CiU resistir, comenzó a transmitir el mensaje de que le correspondía el protagonismo a la hora de fijar las prioridades de la política que seguir en Madrid.
Las luces de alarma se encendieron en CDC por el temor de que Josep Antoni Duran Lleida pudiera decidir por su cuenta y riesgo, llegado el momento después de las generales, con quién pactaba. CDC estaba molesta, además, porque el líder de UDC se había pasado la campaña de las municipales desmarcándose de Artur Mas, y desautorizándole incluso, en cuestiones como la seguridad y la inmigración o la polémica del notario, desplantes que alguien dijo entonces que no le acabarían saliendo gratis. En este clima que empezaba a enrarecerse, surgieron en CDC algunas voces, como la de la JNCo la del consejero nacional Víctor
Terradellas - después impulsor de la corriente interna Plataforma per la Sobirania-, que cuestionaban la idoneidad de Josep Antoni Duran Lleida como candidato de CiU a las generales y que, aun no siendo especialmente significativas dentro del partido, provocaron que UDC se sintiera rechazada por su socio.
Era el mes de junio y el desafío estaba servido: CDC y UDC se mostraban dispuestas a romper, e incluso Jordi Pujol, que tomó claramente partido por las tesis de Artur Mas más reacias a la entrada de CiU en el Gobierno, planteaba públicamente la posibilidad de la ruptura. Los tira y afloja duraron hasta que el 23 de julio los dos partidos, tras una reunión de sus máximos dirigentes, sellaron los acuerdos según los cuales decidirían conjuntamente con quién pactaban en Madrid y de acuerdo con unas condiciones si se daban las circunstancias para hacerlo. Los acuerdos, en la práctica, no hacían más que posponer la decisión de fondo hasta después de las elecciones generales, pero permitían a unos y otros salvar la cara en una crisis que había puesto claramente sobre la mesa el fantasma de la ruptura.
La pacificación, sin embargo, duró lo que duró. Artur Mas había abierto, coincidiendo con la polémica con UDC, el proceso congresual de CDC, que ha de celebrarse el 2008, y había encargado a Francesc Homs impulsar una plataforma para abrir el partido a nuevos sectores de la sociedad a partir de un debate sobre la renovación del catalanismo. En agosto se supo que una de las primeras personas con las que se reunió Francesc Homs, por orden del líder de CDC, para tratar la cuestión fue Pasqual Maragall. El mismo mes, el propio Francesc Homs se fotografiaba en animada charla con Joan Carretero en la Universitat Catalana d´Estiu, y también el mismo mes de agosto surgían dentro y en la órbita de CDC plataformas de cariz soberanista. La guinda la puso el propio Artur Mas a principios del presente mes de septiembre al anunciar que preparaba un proyecto de refundación del catalanismo para abrirlo a sectores de PSC y ERC y que lo presentaría el 20 de noviembre en una conferencia.
UDC rechazó sin rodeos lo que veía como una deriva soberanista del socio, a remolque de ERC, y Josep Antoni Duran Lleida dejó en suspenso su candidatura a las generales hasta conocer el alcance del proyecto de Artur Mas, del que éste no le había informado previamente. Ocurría hace justo una semana y estallaba la peor crisis de la historia de CiU, que se ha mezclado además con reproches personales que no han hecho más que enrarecerla y que han puesto a la federación al borde del precipicio como nunca lo había estado. De hecho, desde algunas instancias de CDC se ha atizado abiertamente la crisis para forzar a Josep Antoni Duran Lleida a tirar la toalla como candidato, en una estrategia en la que se considera que se ha traspasado el punto de no retorno y que sólo la voluntad de los líderes de CiU ha permitido frenar. Lo contrario hubiera abierto un sinfín de incógnitas sobre el cariz que habría tenido la candidatura sin el máximo dirigente de UDC, sobre qué otro dirigente de UDC la habría asumido o sobre si CDC la habría querido para si - amén de la hipótesis de que UDC hubiese decidido presentar una lista propia y diferenciada de la de CDC-, dudas que, sin embargo, por ahora no ha sido necesario despejar.
La relación entre CDC y UDC está, en cualquier caso, seriamente tocada después de este episodio, que se ha cerrado con un compromiso para mantener la unidad ante las elecciones generales, pero que en ningún caso permite recuperar la confianza. La primera consecuencia evidente de lo ocurrido es que el instrumento de la federación, nacido el 2001 para tener la estabilidad y la solidez que la coalición no ofrecía, se ha demostrado del todo ineficaz y quizás será necesario replantearlo. Mientras, descartada totalmente por inviable la fusión y aparcada in extremis la ruptura, la conllevancia parece de momento la salida menos traumática dentro de CiU.
Las heridas en el seno de la federación no son, de todos modos, las únicas que permanecen abiertas. El conflicto ha puesto también sobre la mesa problemas en CDC, donde se ha puesto de relieve una crisis de autoridad de Artur Mas, evidenciada en que mientras él buscaba
la reconciliación, otros dirigentes no dudaban en echar bajo mano más leña al fuego. Especialmente significativa en este episodio ha sido la intervención de Oriol Pujol, a quien algunos analistas sitúan como la gran esperanza de futuro del movimiento catalanista. Jordi Pujol, su padre, llegó a decir de él, cuando todavía no se había dado por cerrada la crisis de CiU del mes de julio, que sería un buen presidente de Catalunya, lo que fue interpretado - y desmentido por todos los protagonistas- como la prueba de las intenciones del hijo del ex presidente de la Generalitat.
UDC tampoco se escapa de las secuelas del conflicto. El partido parece más cohesionado en torno a Josep Antoni Duran Lleida, pero por vez primera, y aunque sea en voz baja, se han dejado oír algunas voces que cuestionaban la necesidad de tensar cada vez más la cuerda hasta poner en peligro la continuidad de CiU. La desactivación de la crisis de momento la asegura, pero a uno y otro lado de la i son conscientes de que después del espectáculo de la última semana probablemente no tendrán nuevas oportunidades de enderezar más encontronazos.

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