EL RUNRÚN
Esta semana ha empezado a oscurecer una hora antes que en agosto. Con las marcas del bronceado aún visibles en el cuerpo, las rutinas rompen fila dispuestas a entretenernos con intrigas sobre los más sagrados dioses paganos: la economía y sus agoreros, el fútbol y sus dueños, la boda del hijo de la baronesa Thyssen y la nada. El rastro del verano ha quedado reducido a un fugaz hilo de nostalgia. Es impresionante la levedad que envuelve un tiempo que parecía eterno. Hace apenas un mes lo manejábamos con la habilidad del tramoyista y ahora llegamos tarde a todas partes hasta caer rendidos sobre el sofá. La rentrée ha agotado sus prometedores titulares; nos zambullimos en la agenda y en la retícula de las ciudades que se extienden sobre el mapa con su ingenua geometría. El paisaje se reduce a unas líneas uniformes cuyo trazado se asemeja a un juego de rayuela. Nosotros somos los puntos. El encuentro con nuestra soledad en las largas tardes de verano se minimiza con la misma facilidad que una ventana de Windows. Ilusos optimistas aquellos que se prometieron ser mejores personas a partir de septiembre y aún con la arena en los libros se inscribieron en un gimnasio o en un curso de inglés, conscientes de estar tirando el dinero. Posiblemente hallarán un poso de consuelo al decirse que lo intentaron. El estrés. Los guiones imprevistos de la vida.
Sube el precio de la leche mientras Lula y Botín se fotografían en la Moncloa anunciando que han soñado con años de vacas gordas. Parecen amigos de toda la vida, una extraña pareja que estaba destinada a ignorarse, y ya ves. Las ayudas sociales anunciadas por el Gobierno son calificadas de electoralistas por el resto de la clase política y el tercer poder. Los mileuristas del "no nos falles" aún no han dicho ni pío. Tan sólo dan la cara las abuelas como portavoces de sus hijas embarazadas; dicen que ambas están felices con los 2.500 euros por hijo, y que por qué no se les había ocurrido antes a los que ahora critican. No todos los líderes de opinión saben cuánto cuesta un paquete de pañales, ni una ortodoncia. Predican la meritocracia, la cultura del esfuerzo, mientras sirven la demagogia en bandejas de foie. Solbes se erige como tesorero del reino, rodeando con sus brazos la recolecta después de pasar el sombrero. No puede existir mayor placer para las astas del toro ibérico que el de tentar la carne blanda de las políticas sociales. Repiten: el Estado no es papá y mamá. El toro reivindica su identidad nacional porque no quiere parecer sueco, ni mucho menos catalán.
Esta semana ha empezado a oscurecer una hora antes mientras los niños ya han escrito su nombre en los cuadernos recién estrenados y en el patio comentan el caso Madeleine. En España, siempre que se debate sobre educación se acaba hablando de religión o de uniformes. Nadie discute cuándo deben estudiarse Aristóteles y Platón, o el libro del Eclesiastés. Tan sólo hay bronca a costa del laicismo y de la faldita tableada que ahora quiere imponer Aguirre. En medio del ruido, un profesor invita a cerrar los cuadernos y a mirar tras las ventanas cómo entra el otoño con sus primeras hojas deslavadas de verde, salpicadas por unos pigmentos amarillos y naranjas que recogen la luz del sol y exhiben su efímera belleza antes de convertirse en una alfombra de hojarasca. Hoy a mediodía empieza el otoño.

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