El armisticio que firmaron el viernes, en secreto y en un hotel, dos personas a solas, Artur Mas y Josep Antoni Duran Lleida, servirá para capear el temporal ante el debate de política general que se celebrará esta semana que viene en el Parlament, pero es evidente que cierra en falso y sólo aplaza la crisis que, más tarde o más temprano, tendrán que afrontar Unió y Convergència y los líderes que la dirigen hacia no se sabe dónde. Si la catarsis no estalla antes de las elecciones generales, el estrépito se producirá después, quizá con más llanto y rechinar de dientes. O no, quizá con el nuevo impulso que da el rebote cuando se toca fondo. Cuanto más dura es la caída, más potente es el rebote.
En cualquier caso, lo que hoy se conoce como Convergència i Unió está claro que ha comenzado la cuenta atrás de un big bang tan inexorable como seguramente necesario para que el catalanismo recupere algún día la hegemonía política. No hay que verlo como un anuncio apocalíptico. Aunque a veces lo parezca, el análisis político no es una disciplina que forme parte de las ciencias ocultas o de la adivinación del futuro, pero hay suficientes datos sobre la mesa para sostener que no se puede avanzar haciendo marcha atrás y con la mochila cargada de piedras. Las circunstancias y las personas han situado a Duran Lleida ante la ingrata tarea de liderar una candidatura por la que ninguno de sus socios está dispuesto a mover un dedo ni a gastarse un duro. Artur Mas, por la cuenta que le trae, y también Xavier Trias - que para bien y para mal debe ser el político más buenapersona de la historia de Catalunya- son las excepciones que confirman la regla. ¿Qué batalla puede librar un general con la mayor parte de la oficialidad aliada conspirando en su contra?
La noticia del pacto del viernes fue recibida con alivio en Unió y con estupor en CDC. Los convergentes más conformados se están apuntando a la vieja consigna izquierdista: cuanto peor, mejor. Creen que un descalabro electoral puede facilitar las cosas y si luego le pueden echar la culpa a Duran, mejor que mejor. Todo ello confirma el fracaso de la operación que intentaba convertir CiU en una única fuerza política. La federación no sólo no ha resuelto ningún problema, sino que los ha agravado todos y además ha perdido respaldo popular. El suficiente como para perder la mayoría necesaria para gobernar tras dos elecciones consecutivas, las últimas celebradas con todo el viento a favor, una circunstancia excepcional que no volverá a producirse.
Como Sansón cuando Dalila le cortó la cabellera, CiU ha perdido la fuerza que le otorgaba su tamaño. Tenía los suficientes votos para gobernar en Catalunya y al mismo tiempo e influir/ decidir/ condicionar/ distorsionar la política española. CiU sigue con más votos que nadie en Catalunya, pero ni gobierna, ni condiciona, ni distorsiona, ni nada... Sólo se ve una alternativa numérica y parece francamente difícil alcanzarla si de momento CDC y UDC lo que hacen es contrarrestarse. Obsérvese la diferencia con el PNV. Imaz y su rival Egibar han renunciado, y todo el partido se muestra dispuesto a remar a favor de Urkullu. En CiU nadie renuncia, ni rema. Y cada día son menos... Y mientras no se junten toooooodos los partidarios de que a Catalunya la lidere un partido soberano - fórmula que incluye a soberanistas y no soberanistas, pero obviamente no a los independentistas de boquilla-, el paradigma político no volverá a cambiar. Y aun así, ya veríamos.

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