CARTA DEL DIRECTOR

Todos contuvimos la respiración cuando, en el filo mismo del aullido de la bocina, Pau Gasol recibió el balón de espaldas al aro junto al borde exterior de la bombilla que delimita la zona de tiros libres. Abnegado como un nazareno, exhausto como un ecce homo, el más español de los atletas catalanes ejecutó uno de sus clásicos reversos, pivotando sobre el pie derecho hasta lograr encarar el aro y elevarse en pos de la canasta. Una inexpugnable cortina de acero formada por tres pares de brazos de otros tantos jugadores rusos se interpuso en su camino, cerrando cualquier resquicio transversal desde el Báltico hasta los Urales, y él sólo pudo refugiarse ya en la única opción que le quedaba, rectificando el salto para echarse hacia atrás en el aire, ganar espacio vital antes de la caída y lanzar un tiro bombeado dirigido hacia el tablero, mediante una parábola picuda como la joroba de un dromedario.

Desde un punto de vista geométrico era un lance de casi imposible éxito, pero después de haber visto canastas como la del lituano Jasikevicius cuando en uno de los amistosos previos al torneo la enchufó de gancho desde su propia zona o la del propio Marko Tomas con la inaudita suspensión que premonitoriamente truncó a favor de Croacia la racha de victorias de España, del baloncesto cabe esperarlo todo. Es la magia de un deporte de precisión que en los instantes clave se arroja en brazos del azar.

Dentro de la extrema dificultad de lo que intentaba, Gasol estuvo cerca de esa perfección de la que, transformado en un apaleado manojo de nervios, se había empeñado en escapar durante toda la final. Si su muñeca le hubiera respondido en los tiros libres con la misma puntería con que lo hizo en el último disparo, al menos cinco de sus siete errores sin precedentes habrían subido al marcador, proporcionando a España una holgada aunque nada cómoda victoria. Pero Gasol no había tenido esa noche ni tino ni fortuna. Sus lanzamientos se habían paseado una y otra vez por las comisuras del aro, con el balón brincando y rebrincando alrededor de la red, para terminar cayendo indefectiblemente al agua, como si todo lo que saliera de su mano se hubiera vuelto de repente refractario a la canasta.

Exactamente lo contrario de lo que le había pasado al ruso afroamericano de Pittsburg John Robert Holden -ya se sabe que si de ganar medallas se trata, Pennsylvania puede muy bien formar parte ahora del Caúcaso o de Siberia- en el penúltimo lance del partido cuando, tras esbozar una entrada en bandeja y quedarse bloqueado a la mitad del pasillo, se vio obligado a desprenderse del balón un poco al buen tun tun y comprobó con regocijo cómo el ángulo de choque con el hierro le imprimía un pequeño efecto desacelerador con freno y marcha atrás que, al ser escupido, terminaba devolviéndolo al interior de la cesta como si fuera un bumerán esférico. Era la segunda vez que Rusia se había colocado por delante. Aquello era manifiestamente injusto, a todos se nos había helado la sonrisa y sólo un abracadabrante acierto in extremis podía volver a poner las cosas en su sitio.

La pelota de caucho golpeó la plancha de fibra de cristal a una considerable altura y cayó en escorzo hacia la canasta, hasta encajar perfectamente en el anillo. La bola vibraba ya en el fielato metálico del aro, golpeando una y otra vez su cara interna, como si se tratara de un trozo de hielo agitado dentro de una coctelera. El milagro estaba a punto de consumarse. Gasol la había enchufado en un alarde de prodigio y sólo faltaba pasar ese trámite de unas centésimas de segundo en las que la absorción del impacto daría pie a la desaceleración del movimiento y la ley de la gravedad haría el resto. España iba a ganar, estaba ganando al fin, la anhelada medalla de oro. Pero entonces ocurrió algo terrible. Nuestras piernas, brazos y corazones se disponían ya a dar saltos de alegría cuando un sádico croupier pisó bruscamente el pedal oculto bajó las faldas de la ruleta del destino y el balón salió despedido por los aires, como un vaquero desmontado por el espasmo final del ternero indómito que creía haber doblegado. Qué espejismo tan cruel. En menos de un suspiro habíamos pasado de la agonía a la resurrección y de la resurrección al súbito apuntillamiento en la testuz.

Decía Anatole France que «la suerte es el seudónimo que utiliza Dios cuando no quiere firmar su trabajo», pero seguro que Zapatero debe de tener alguna explicación más laica. En el descanso, pese a que sólo ganábamos por tres, ya estaba vendiendo la piel del mitrofán antes de terminar de cazarlo. «Acabo de llamar a los chicos del voleibol para felicitarlos, se han quedado encantados. Sabes que le han ganado a Rusia la final del campeonato de Europa. Sí, sí... en Moscú. Imagínate lo fuerte que voy a ir pisando yo cuando me reúna con Putin la próxima semana y le comente lo del voleibol y lo del baloncesto».

Y, ciertamente, cualquiera que conozca la supina banalidad de la gran mayoría de los encuentros de los altos mandatarios mundiales, intercambiando lugares comunes a través de los intérpretes para llenar el tiempo que transcurre entre las fotografías de la bienvenida y las de la despedida -todo lo sustantivo se ha pactado ya tras las bambalinas-, puede dar por seguro que si España le hubiera ganado a Rusia también al baloncesto, Zapatero se lo pasaría con buen talante por las narices al amo del Kremlin.

Pero además de eso, también se puede aventurar sin riesgo alguno que los Príncipes de Asturias habrían salido en un montón de fotografías levantando espontáneamente los brazos como si estuvieran haciendo la ola a los bicampeones de Europa y del Mundo; que el propio jefe del Gobierno y el líder de la oposición se habrían estrechado la mano con toda cordialidad para celebrar el éxito; que millones de jóvenes y niños se habrían ido a dormir muy felices esa noche; que Contreras, García Ferreras y demás colegas de La Sexta habrían obtenido una recompensa más completa por su apuesta visionaria por el baloncesto; que a la mañana siguiente todos los periódicos -especialmente el MARCA- habríamos vendido muchos más ejemplares; que la selección de Pepu Hernández habría tomado un rumbo de leyenda, camino del triplete en los Juegos de Pekín, previas paradas en Zarzuela, Moncloa, la Plaza de la Villa y la Puerta del Sol; que el número de practicantes del baloncesto se habría disparado en los colegios; que importantes empresas habrían comenzado a hacer fila para convertirse en patrocinadores de los equipos españoles; que jugadores como Reyes, Rudy o el propio Marc Gasol habrían empezado a recibir ofertas para reunirse con sus hermanos mayores en la NBA; o que La Esfera habría tenido que reeditar el libro del seleccionador para que aprendan los políticos cómo se ejerce el liderazgo.

Todo eso, si el balón lanzado por Pau Gasol no hubiera decidido cambiar de opinión cuando ya hervía dentro del microondas reglamentario. ¿Qué queda, pues, tras el amargo despertar junto al atleta despatarrado, extendido en el suelo como un crucificado? Sólo un fácil ejercicio de estilo. Un ingenuo sueño del baloncestista frustrado que uno siempre llevará dentro. Un pequeño homenaje a La vida en un hilo, aquella función de Edgar Neville que él mismo trasladó al cine, en la que a su amante, Conchita Montes, le contaban lo que hubiera sido su vida si aquella tarde de lluvia, en lugar de salir de la floristería con un hombre, lo hubiera hecho con otro que también le ofreció compartir su coche. ¿Al final qué? Sólo una transposición al recinto de la crónica deportiva de ese género fascinante que es la historia alternativa.

¿Y si los cruzados se hubieran quedado para siempre en Jerusalén? ¿Y si los turcos no hubieran tomado Constantinopla? ¿Y si Colón no hubiera llegado jamás a América? ¿Y si los cartagineses hubieran vencido en Zama, los visigodos en el Guadalete, los almohades en las Navas de Tolosa y la flota franco-española en Trafalgar? ¿Y si Hitler hubiera ganado la Segunda Guerra Mundial tras adelantarse a los norteamericanos en fabricar y lanzar la bomba atómica?

Comprendo que la historia alternativa nunca haya tenido respetabilidad académica, pues, como ocurre con la imaginated press, sustituye lo realmente acaecido por lo meramente elucubrado. Pero la envergadura de las grandes figuras de su tiempo que acudieron en 1931 al llamamiento del editor J. C. Squire -gran pope del grupo de Bloomsbury- y se prestaron a participar en una antología de los más célebres «Qué hubiera pasado si...», debería conceder al menos el beneficio de la duda a la utilidad paradójica, adversativa, irónica, especulativa y desmenuzativa de esa técnica de reflexión que pone a prueba la solidez de la puerta de entrada de la realidad, introduciendo en ella la ganzúa de lo hipotético.

Chesterton contribuyó con un ensayo titulado Si Don Juan de Austria se hubiera casado con María Reina de Escocia, André Maurois con una disertación sobre lo que habría ocurrido Si Luis XVI hubiera tenido un átomo de firmeza y Trevelyan con la simulación de lo que habría sido el mundo Si Napoleón hubiera ganado la batalla de Waterloo. Rizando el rizo, Winston Churchill, a punto de iniciar su travesía del desierto como aguafiestas del apaciguamiento, se situaba en la tesitura de que el Sur había triunfado en la Guerra de Secesión americana y desarrollaba con gran ingenio su aportación al teatro dentro del teatro, escribiendo su ponencia sobre Si Lee no hubiera ganado la batalla de Gettysburg.

Pero mi pieza favorita dentro de esa colección de mentiras verosímiles es sin duda la firmada por el católico británico nacido en París Hilaire Belloc bajo el título de Si el carro de Drouet se hubiera quedado atascado. Como el relato de Maurois imagina una Francia en la que la Monarquía hubiera doblegado a la Revolución, pero no a base de cambiar caprichosamente la personalidad del marido de Maria Antonieta -«Si mi abuela tuviera ruedas, sería una bicicleta, pero no sería mi abuela, no te jode...», farfullaba un veterano redactor-jefe de Diario 16 cada vez que un joven reportero daba alas a la fantasía de las hipótesis-, sino modificando un elemento tan fáctico y aleatorio como el que el lanzamiento de Pau Gasol hubiera entrado o no o que la mujer dubitativa hubiera aceptado un paraguas en vez de otro.

En concreto la premisa de Belloc es que el encargado de la posta del pueblecito de Sainte-Menehould -Jean Baptiste Drouet- que reconoció al rey durante su fuga de París en junio de 1791, comparando el rostro de aquel extraño criado de manos tan finas con la efigie de Luis XVI en una moneda, no pudo llegar a tiempo de bloquear la comitiva real en la vecina localidad de Varennes. Y que, consecuentemente, el monarca, su esposa y sus hijos pudieron cruzar la frontera protegidos por los húsares del marqués de Bouillé que acudían a su encuentro. Es obvio que la Historia de Europa habría sido muy diferente.

«La felicidad depende de que miremos a un lado u otro de la calle, de que salgamos de un portal unos segundos antes o unos segundos después», le dice la adivinadora de su pasado alternativo a la protagonista de La vida en un hilo. El diagnóstico sirve igual para las personas, los partidos políticos o las naciones. «Las vidas tienen interés desde un día crucial, un día definitivo en el que las gentes se encuentran con dos o tres caminos y tienen que decidirse por uno», añade la pitonisa retrospectiva.

A Zapatero le llaman a menudo «el presidente por accidente», aludiendo al paradójico golpe de fortuna que para él supusieron la tragedia del 11-M y la pésima gestión que el Gobierno de Aznar hizo de aquella crisis. En mi opinión su suerte ya estaba previamente echada y si no hubiera sido en esas elecciones, el líder del PSOE habría en todo caso llegado al poder más adelante porque, al cabo de ocho años, el proyecto del PP daba serias muestras de agotamiento y eran los socialistas los que estaban trenzando sus alianzas con nacionalistas de todos los pelajes.

No, el día crucial, el día definitivo que marcó el destino de Zapatero, del PSOE y por ende de la España de comienzos del siglo XXI no fue ni el 11, ni el 12, ni el 13, ni el 14 de marzo de 2004, sino el 22 de julio de 2000 cuando, de forma bastante inesperada, el joven diputado por León fue elegido secretario general de su partido por un ínfimo margen de 9 votos, equivalente a menos del uno por ciento de los delegados. Casi nadie recuerda ahora que aquel Congreso socialista se encontró no ya «con dos o tres caminos» entre los que optar, sino con cuatro. Además de Zapatero que obtuvo 414 votos y de Bono que logró 405, también compitieron la guerrista Matilde Fernández que alcanzó 109 y nada menos que Rosa Díez que cosechó 65.

Habría bastado, pues, que cinco de sus propios 414 votantes se hubieran inclinado por Bono, o que lo hubieran hecho 10 de los 174 que optaron por las dos candidatas que mejor representaban la tradición encriptada en las tres últimas letras de las siglas del PSOE, para que el desenlace hubiera sido otro. Visto lo visto en relación con las negociaciones con ETA, el disparate del Estatuto de Cataluña y las constantes concesiones, tanto en el ámbito simbólico como en el más sustantivo, a quienes quieren destruir la España constitucional, no es aventurado imaginar que habría sido suficiente un poco más de información sobre lo que Zapatero tenía en la cabeza para que esas migraciones se hubieran producido.

Ganar o perder una elección por menos del uno por ciento equivale desde luego a que un balón que se pasea por el aro entre en la bolsa o se quede fuera. La combinación de factores favorables que necesitaba Zapatero era como mínimo tan enrevesada y difícil de obtener como los requisitos para el éxito de ese último lanzamiento a la desesperada del domingo. Audax fortuna iuvat, dejó dicho Virgilio. «La fortuna ayuda a los valientes». ¿Pero acaso Pau Gasol no fue al menos tan valiente y diestro como Zapatero al jugársela y colocar la pelota donde debía? No, la fortuna ayuda a los afortunados. Y hace la puñeta a quienes deben padecerlos.

pedroj.ramirez@el-mundo.es

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