LA TERRAZA
Estamos de fiestas, mañana es la Mercè, la patrona de la gran encisera, que decía don Joan Maragall i Gorina. Cuando yo era pequeño, el día de la Mercè mi padre me llevaba a la plaza Sant Jaume a ver los gigantes. Luego íbamos al Glacier o a la terraza de La Luna a tomar el aperitivo -mi padre, su eterno picón; yo, una naranjada-, y antes de regresar a la Bonanova, en taxi, nos pasábamos por Llibre i Serra, donde comprábamos una bandeja de lionesas acarameladas, de nata y de crema, y dos docenas de tocinillos de cielo (mi padre era muy goloso). El día de la Mercè era el santo de mi madre y en casa aquel día siempre había alguna agradable sorpresa a la hora del almuerzo, amén de los clásicos canelones. La primera vez que me zampé una lamprea a la bordelesa fue el día del santo de mi madre. La cocinó mi padre, que era, según decía la espectacular Mimi, la inteligentísima Mimi Duarte, discípula que fue de Ortega y Gasset, mejor cocinero que poeta. Mi madre era de Olot, y su padre, Celestí Devesa, se ganaba la vida dando clases de dibujo y fabricando quesusitos. Pero, según me contó mi madre, también trabajaba con piezas más imponentes. Al parecer, la giganta de Olot guarda un cierto parecido con mi abuela materna. Así pues, cuando escucho por la radio ese anuncio de las fiestas en que alguien se ha encontrado un hombre de más de tres metros de altura, un gigante, que anda por las calles como un desesperado gritando "¡Mercè, Mercè!", vamos, que busca a su gigantesca pareja, no les extrañe que me ponga un pelín sentimental. Y más teniendo en cuenta que ni el Glacier, ni La Luna, ni Casa Llibre i Serra existen ya; que Barcelona no es ninguna gran encisera y que, en mi barrio, uno se entera de que estamos en fiestas porque la sucursal de mi banco durante la semana de la Mercè cierra a las 12.30, lo cual no deja de ser un fastidio.
Hace un montón de años que no voy a ver los gigantes y me guardo y mucho de acercarme a la calle Ferran durante estas fechas, principalmente porque no se puede circular y también por el ruido. Pero el viernes me armé de valor y me fui a la plaza Sant Jaume, donde, a las dos de la tarde, me encontré con unos músicos que preparaban un concierto, supongo que vespertino, y metían un ruido de mil demonios. Fui al Ayuntamiento invitado a almorzar por el señor alcalde, junto a media docena de colegas periodistas, que escriben sobre la ciudad. Fui más que nada por cortesía hacia el actual alcalde, el cual, cuando lo entrevisté antes de las elecciones, me resultó muy simpático, y también por curiosidad, para ver cómo te tratan, para ver cómo se come en el Ayuntamiento.
Cuando llegamos nos metieron en un salón de la primera planta, creo que le llaman el Saló de la Ciutat, o algo así, con unas pinturas en las que se ven unas carabelas y a Colón ante los Reyes Católicos, y una chica la mar de agradable nos dijo si queríamos tomar algo. Yo le dije que un whiskey (irlandés), o, en caso de no haberlo, un whisky, y Josep Martí Gómez y Eugenio Madueño se sumaron a mi petición. La chica me dijo: "Voy a ver si lo encuentro". Y volvió con una botella de agua Font Vella y seis vasos. "Lo siento - me dijo-. No hay whisky en la cocina, a ver si arriba les tratan mejor". Arriba es arriba de todo, en el nuevo edificio del Ayuntamiento, que yo no conocía, con unas vistas espléndidas sobre la ciudad. Allí nos esperaba el alcalde Hereu y el jefe del gabinete de prensa, el colega Vicenç Sanclemente García. Tampoco había whisky (se suponía, aunque es mucho suponer, que el aperitivo lo habíamos tomado abajo). El menú fue más bien tristón: raviolis vegetales con salsa de queso y lubina al safrán con setas, y de postre sopa de frutos rojos con helado de coco. Para beber, un Penedès (Fransola de Torres, 2006) y un Costers del Segre (Gotim Bru. Castell del Remei, 2004). En cuanto a los raviolis, a mí me pusieron tres, y la lubina estaba demasiado hecha, recalentada, y las setas no se podían comer. Me sirvieron agua tres veces; el vino, tanto el blanco como el tinto, una sola vez y va que chuta. Trajeron el café - nada de copa ni copita- y yo le pasé mi purera a Martí Gómez. "¿Se podrá fumar, supongo?", pregunté yo. "En teoría no -me dijo el alcalde-, pero podéis fumar". Y trajeron unos ceniceros.
La comida fue un desastre pero lo pasamos bien, sobre todo gracias a Lluís Permanyer, que le pegó al pobre alcalde una repasada sensacional, sobre todo en lo que se refiere al espacio público. Permanyer le dijo al alcalde que el día en que entró en vigor la ordenanza sobre las bicicletas se dedicó a seguir durante un par de horas a dos guardias urbanos para ver qué hacían. Pues no hicieron nada; hicieron ver que no veían nada, ni informaron, ni multaron sobre media docena de claras infracciones que vio Permanyer. También se quejó Permanyer de que la concejal del distrito del Eixample no se le pone al teléfono ni responde sus mensajes. Porque Permanyer, amén de conocer muy bien esta ciudad, como sabemos sus lectores, y de poseer una mirada crítica y a la vez generosa, apasionada, hacia su ciudad, en múltiples ocasiones establece o intenta establecer contacto con el Ayuntamiento para solucionar casos concretos, al margen de su labor periodística. Y les voy a contar uno en especial. Hace un par de años, cuando regresé a Barcelona después de mis vacaciones en el Pallars Sobirà, me encontré una rataza muerta frente a mi casa. Lo denuncié en el periódico, pero no me hicieron ni puñetero caso. La rata estuvo allí, frente a mi casa, reventada por el neumático de un coche, durante un par de días. Se lo dije a Permanyer y al poco vinieron, se llevaron la rata y cortaron unas plantas y unos hierbajos que había junto al jardincito en el que juegan los niños en mi paseo, plantas y hierbajos llenos de mierda de perro, de latas de cerveza vacías, de botellas de alcohol y de bolsas y papeles en los que vivían las ratas. Y donde todavía viven. La semana pasada, en la terraza del Moe´s, entre el paseo Sant Joan y Bailèn, apareció una ratita, chiquitina, a la que bautizamos como Martita,y cuando uno de los camareros del local le puso junto a su guarida, también en unos setos, un pedacito de queso, Martita salió y en un santiamén se hizo con el queso y se esfumó.
Salí del Ayuntamiento y lo primero que hice fue irme al Paraigua a tomarme un Jameson. Luego bajé a la Rambla, compré la prensa extranjera, entré en Gimeno a proveerme de habanos y me fui a casa a descansar un rato antes del partido Francia-Irlanda. A pesar del fighting spirit de la tribu celta de Brian O´Driscoll, el capitán del equipo irlandés de rugby, los franceses desarrollaron un excelente juego y nos hicieron olvidar la pésima impresión que nos produjo su debut con Argentina. Hubiese sido terrible que Francia perdiese frente a Irlanda. Desde que se celebra la Copa del Mundo, ninguna selección cuyo país acoge el campeonato se ha retirado tras un tercer partido. Es un muy buen resultado 25 a 3 para los franceses de Bernard Laporte, el seleccionador, el cual, haga lo que haga Francia a partir de ahora, ya tiene asegurado su nuevo cargo como secretario de Estado para el deporte en el Gobierno francés. De haber perdido Francia frente a Irlanda, el señor Laporte hubiera tenido, dicen, que presentar la dimisión. En el Michael Collins, el pub irlandés donde sigo el campeonato, hubo muy buen rollo. Se aplaudieron cortésmente las jugadas de los franceses, alguna espectacular, y se lo tomaron con mucha resignación. Al fin y al cabo, Irlanda sigue en el campeonato.
Hoy torea José Tomás. Allí estaré yo, si el tiempo lo permite, a las seis de la tarde, sentadito en la fila 10 del tendido número 1, con un cigarro en los labios, a ver al maestro. Le deseo toda la suerte del mundo, y a fe mía que la necesita, porque últimamente nos ha dado más de un susto. Si he empezado hablando de la Mercè y de los gigantes que mi padre me llevaba a ver de niño, me complace terminar esta crónica mercedaria hablando de José Tomás y de los toros. Porque los toros, como los gigantes, son, en mi memoria, otra imagen emblemática de la fiesta mayor. Fue por la Mercè cuando vi mi primera corrida de toros, siendo un crío, en la Monumental. Dicen que las ciudades cambian, como cambian las costumbres y las personas. Yo estoy convencido de que llegará un día, no muy lejano, en el que las corridas de toros desaparecerán del mapa, al menos tal y como se desarrollan ahora; desaparecerán como han desaparecido tantas otras cosas. Y, en cierto modo, me parecerá bien. Pero mientras eso no ocurra, permítanme que hoy, domingo, vigilia de la festividad de la Mercè, les diga que poder ir a la Monumental a ver torear a José Tomás me hace sentir barcelonés, un barcelonés contento y orgulloso, lo cual no siempre es fácil.

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