Parece que ya nadie duda de que los próximos meses, o años –dependiendo de la obcecación de los implicados-, podemos llegar a ver algo así como un acuerdo “transversal” en Euskadi que traiga por fin la estabilidad política que tanto deseamos. Variables como el resultado de las próximas elecciones españolas o lo que haga ETA serán de gran importancia para la evolución de los acontecimientos, pero también hay otras que son, cuando menos, tan importantes como ellas y cuya importancia sólo podrá valorarse cuando llegue el momento, su momento.

Por ejemplo, a pesar de que la continuidad o no del PSOE en el gobierno central -y con Zapatero al frente, claro- o la voluntad resolutiva de ETA son hechos de una gran importancia en el futuro cercano, será la voluntad resolutiva de un hipotético nuevo gobierno socialista o el compromiso de los partidos abertzales con una solución verdadera, y no con otro parche, las que realmente nos indicarán si estamos en el comienzo del fin de un conflicto que dura ya más de ciento cincuenta años, o si seguiremos con esta cargante pugna por más tiempo.

Al día de hoy, a pesar de que el término “transversal” se ha convertido en la estrella, el hecho ineludible es que cuando Patxi López, por un lado, y Joseba Egibar, por otro, lo pronuncian, en realidad no están hablando de lo mismo. Por lo demás, lo que significa este término cuando lo pronuncia Josu Jon Imaz sigue siendo un misterio, y en este momento nadie sabe lo que significará cuando lo pronuncie el próximo presidente del EBB del PNV. Mientras no se pongan de acuerdo, entre ambos partidos y con los demás del espectro político vasco, no habrá nada que hacer.

¿Qué significa, pues, “transversal”? Pues básicamente, viene a ser un término que hace referencia a un acuerdo que rompa la dinámica de frentes, algo así como la búsqueda de una fórmula que haga imposible una victoria de una de las partes sobre la otra. Supongo que hasta aquí, tanto el PSOE como los partidos abertzales estarían de acuerdo. El problema aparece cuando intentamos desbrozar los contenidos de esa fórmula, de ese acuerdo.

Lo lógico es pensar que si hay dos partes con un conflicto bien definido, la solución, como decía Aristóteles, estará en el punto medio. Por tanto, si en nuestro caso tenemos dos identidades nacionales que hasta ahora pugnaban por conseguir un reconocimiento exclusivo y excluyente a través de la consecución igualmente exclusiva de la capacidad de decisión sobre los asuntos que son de su incumbencia –conocido habitualmente como “soberanía”, y que para el caso que nos ocupa se traduciría en la consecución de la independencia por una de las partes, y por mantener la situación actual para la otra-, la solución solo puede encontrarse en el acuerdo sobre esos dos puntos clave: el reconocimiento en el ordenamiento jurídico, en igualdad de condiciones, de ambos sentimientos identitarios, y el hallazgo de una fórmula correspondiente que otorgue a ambas partes el mismo poder de decisión sobre el marco jurídico y político que comparten.

Esto es lo que viene a decir el sentido común, pero, desde luego, esto no es lo que mantiene el PSOE de Zapatero y Patxi López. Y no digamos nada de los neofranquistas del Partido Popular.

La transversalidad, tal y como la entienden los socialistas españoles, hace referencia a un “acuerdo entre diferentes” de validez, únicamente, en el ámbito en que tales diferentes pugnan, o sea, en la Comunidad Autónoma Vasca, de modo que el ámbito inmediatamente superior, o sea el “estatal” o “nacional”, no tendría que verse afectado por tal acuerdo. Esto significa, en román paladino, que en ese acuerdo transversal entre diferentes jamás podrían tratarse cuestiones tales como la existencia de una identidad nacional distinta de la española, el diseño de fórmulas de limitación mutua de soberanía o la admisión de símbolos nacionales distintos de los unitarios españoles, como pudieran ser la cuestión de las banderas o las selecciones deportivas oficiales.

Tradicionalmente, el PNV no sólo se ha mostrado favorable a un acuerdo transversal, sino que lo ha buscado con determinación. Ahí está el gobierno compartido con los socialistas en la CAV durante tanto tiempo o los apoyos del PNV del “soberanista” Arzalluz a los gobiernos de Felipe González o Jose María Aznar, hasta el punto de que ambos líderes llegaron a calificar al entonces presidente del EBB como “gran estadista”. Por lo demás, el tan vilipendiado Plan Ibarretxe, ¿qué era? Pues, simplemente, una propuesta de acuerdo transversal que se redactó como un planteamiento de máximos porque nació para ser negociado o, en palabras de Alfonso Guerra, “convenientemente cepillado”. Por qué entonces Zapatero se negó a buscar un acuerdo transversal, y por qué ahora dice defenderlo con tanta determinación, es algo que tendrán que explicar el propio Zapatero y su partido. Lo que sí sabemos es que su rechazo de entonces a esa transversalidad que hoy defiende provocó un cisma entre el PNV y el PSOE que le ha costado la cabeza, ahora, a Josu Jon Imaz y que ha condicionado negativamente los esfuerzos para acabar con la violencia de ETA.

Por todo esto, no creo que pueda acusarse al PNV, hoy, de haberse instalado en la radicalidad, o de haberse echado al monte, como gustan decir los líderes españoles. El PNV siempre ha buscado un acuerdo transversal como forma pragmática de acción política, sin renunciar a sus objetivos fundacionales.

El problema, desde el punto de vista de los partidos españoles, y lo que motiva su constante acusación de radicalidad contra los jeltzales, es que busca un acuerdo “verdaderamente” transversal, no una simple fórmula de descentralización administrativa, que es lo que aquéllos están dispuestos a negociar, sabedores de que detentando la soberanía –la capacidad de decisión y acción sobre el marco jurídico-político en el que han de convivir los vascos- de forma exclusiva y excluyente, sólo es cuestión de tiempo que dicha descentralización administrativa vaya diluyéndose con habilidad y paciencia desde Madrid, hasta conseguir que la capacidad de decisión de los vascos sobre sí mismos sea igual a cero. El vigente Estatuto de Gernika, unilateralmente incumplido y “cepillado” por la vía de los hechos consumados, ha quedado ahí, clavado, como un icono que nos recordará siempre a los vascos las verdaderas intenciones de los “demócratas” españoles.

Por tanto, ahora que tanto se habla de conseguir un acuerdo transversal que ponga fin al conflicto político, y ahora que incluso la Izquierda Abertzale ha abierto la puerta a esta posibilidad con su propuesta de Anoeta, podemos decir que hay una luz al final del túnel de la inestabilidad. Sin embargo, creo que es obvio que el camino presenta todavía obstáculos insalvables, empezando por la misma voluntad de todas las partes de alcanzar un acuerdo realmente resolutivo. El PNV, EA, EB y Aralar ya han mostrado esa voluntad, pero el MLNV y los partidos españoles, no. Estos siguen pensando en la victoria, no en el acuerdo.

Quizá tenga razón el Lehendakari Ibarretxe cuando dice que lo importante en este momento es movilizar a la ciudadanía vasca para que empuje a los agentes políticos en la dirección de la resolución, porque, en definitiva, es una cuestión de voluntad entre las élites con capacidad de decisión y acción. La ciudadanía vasca hace ya mucho que dio el paso en favor del acuerdo, pero de un acuerdo que merezca tal nombre.