No se puede seguir siendo joven en términos sociales, por mucho que se alargue la juventud física y mental, cuando se dobla la edad de los que salen del túnel de la adolescencia para estrenar la edad dorada. Existen mil conceptos de juventud y otras tantas maneras de entenderla, pero como grupo social, sólo puede definirse por la edad. Desde los dieciocho o incluso un poco antes hasta los treinta y pocos. Ya es mucho conceder que después de los treinta se siga perteneciendo a la categoría social de joven, pero como los consensos y maneras de entender la existencia tienden a alargar la juventud, es mejor subirse al carro, pero no iremos más allá.

A los treinta, la formación para inserirse en la sociedad se ha completado de sobra - y en caso contrario, a quien no la posea le toca apechugar-. A esa edad se debe tener experiencia laboral y vital suficiente como para asumir la propia existencia con plenitud. No siempre sucede así. Todos conocemos personas que han sobrepasado la barrera biológica y siguen en prórrogas de juventud. Cuando se toca este tipo de problemas, suele tenderse a enfocar las dificultades por salir de la juventud.

Dejar de ser joven no es fácil, de acuerdo, pero lo sería mucho más si buscamos el remedio en la otra punta. Si la sociedad facilita el ingreso en la juventud a su debido tiempo, entonces desaparecería la preocupación sobre cómo abandonarla de una vez. Aquí sí tenemos un largo recorrido, para cambiar la mentalidad pública y privada a favor de la asunción de sus propias vidas a cargo de los jóvenes. Mientras sean tan dependientes de sus progenitores, mientras resulte tan dificultoso independizarse, disponer de ingresos propios y techo aparte, los mayores estaremos minorizando a las nuevas generaciones. A menudo, el deseo de los padres es ambivalente. Por un lado, quisieran que sus hijos abandonaran el nido, pero por otro temen el momento en que empiecen a volar con sus propias alas. La consecuencia suele ser que no pocos jóvenes viven en casa de sus padres como si estuvieran en un hotel y ya sería mucho si tuvieran informados a los propietarios de la vivienda de sus movimientos, entradas y salidas - no digamos andanzas- como informarían al conserje.

Pero lo que acabo de describir, lo que muchos padres viven con angustia, es un síntoma y no el problema. Ysi podemos detectar como causa la educación en exceso permisiva y agasajadora que han recibido los hijos de los influenciados por las tendencias del sesenta y ocho, que son los que ahora estrenan juventud, tampoco eso ayuda mucho. El pasado no puede rectificarse, pero sí es útil admitir los errores para enfocar el futuro de otra manera.

Si fuera necesario sintetizar este reenfoque con dos palabras consigna, escogería independencia y apoyo.Que cada cual las combine como le plazca, apoyando la independencia o independizando a sus hijos del apoyo que les prestan, del modo actual de hacerlo. La cuestión es que, de forma individual y social, vayamos adquiriendo el nuevo parámetro y consideremos que, al lado de la formación en el sentido de enseñanza de conocimientos, deberíamos invertir mucho más en esa otra prioridad que es la asunción de sus propias riendas por parte de los jóvenes. No sólo de los que trabajan sino también de los que estudian.

La estancia en el domicilio parental más allá del tiempo que señalan la biología, la psicología y hasta el propio sentido común es, en términos generales, perjudicial para las personas y la sociedad. Nada enseña más que equivocarse solo. Para poder hacerlo de veras, uno tiene que empuñar las riendas de su propia existencia. No vale que el joven lleve una rienda y los padres la otra, porque así no se funciona. Primero, los padres las dos. Luego, las dos al joven en cuanto se vea capacitado, GALLARDO que es muy pronto, siempre antes de lo que parece a los mayores. Entonces sí que nada de ayuda más que contar con apoyo familiar incondicional en caso de necesidad. Pero con eso no basta, pues esta receta, suponiendo que sea acertada o compartida, sólo puede ser aplicada por familias con altos niveles de ingresos y un patrimonio consolidado. Existe por lo tanto una obligación pública.

¿De veras en España y Catalunya se derrocha el dinero de todos para ayudar a los necesitados? Ni de lejos. Nuestra riqueza permite desarrollar el Estado asistencial, no a los niveles europeos más avanzados, pero sí mucho más allá de los actuales. No por demagogia o electoralismo, sino porque es mejor invertir así una parte de los excedentes. Recordemos, por poner un único ejemplo y no hablar de los países nórdicos, que más de setecientos mil estudiantes franceses reciben ayudas públicas a la vivienda, de manera especial los menores de veintiún años. Convendrán que andamos todavía muy lejos. Pero no nos acercaremos de verdad hasta que adoptemos una actitud de mayor confianza hacia los jóvenes y su capacidad de llevar sus propias riendas. Lo contrario, considerarlos incapacitados, es incapacitarles.