LA NUEVA AGENDA
Husein ibn Ali y Abdul Aziz ibn Saud son dos personajes, uno perdedor y otro ganador, que explican el siglo XX árabe. La única provincia árabe del imperio otomano que obtuvo la independencia después de la Primera Guerra Mundial fue Arabia, que entonces se la disputaban Husein ibn Ali, rey de Hiyaz, y Abdul Aziz ibn Saud, que mandaba en el resto. Hoy, a los descendientes de Husein (hachemíes), que soñaron con un Estado árabe que se extendiera desde Palestina hasta Iraq, sólo les queda Jordania. Arabia Saudí, fundada por Saud después de derrotar a los hachemíes, cumple este domingo setenta y cinco años.
Husein fue una figura controvertida y trascendental para los árabes. Se sublevó contra los otomanos y el islam para aliarse con una potencia occidental, pero, como afirma Milton Viorst, autor de Tormenta en Oriente Próximo (Debate, 2006), se le puede considerar el padre del nacionalismo árabe moderno. En 1915, Husein negoció con Londres por medio de un intercambio epistolar con sir Henry MacMahon. Husein pidió, a cambio de levantarse contra el imperio otomano, que Gran Bretaña aceptara la creación de un Estado árabe que abarcara Iraq, Siria, Líbano, Jordania y Palestina. Pero McMahon se mostró engañoso, y británicos y franceses se repartieron después Oriente Medio.
Saud tuvo más fortuna que Husein. Cuando los saudíes atacaron Hiyaz en 1924, los británicos ignoraron las súplicas de Husein, que cayó ante los guerreros wahabíes. Los saudíes tomaron La Meca y Medina, los lugares más sagrados del islam, y Arabia se unificó bajo la casa de Saud, que fundó su reino en 1932, lo que significó la victoria del puritanismo wahabí (suní) y el final de más de un milenio de dominio hachemí sobre la península Arábiga. Y una vez ocuparon el suelo, los Saud se preocuparon del subsuelo.
El mundo cambió a primeros del siglo XX, cuando Gran Bretaña decidió que sus buques no quemarían carbón y se alimentaran de petróleo. Londres quiso entonces asegurarse el suministro de petróleo, pero fracasó en Arabia Saudí. Uno de los protagonistas de esta historia fue John Philby, un arabista inglés converso al islam. Él fue quien primero llamó la atención de Saud, que hasta entonces se ganaba la vida con el impuesto a los peregrinos que visitaban La Meca, sobre la riqueza que pisaban sus pies. Y Philby se mostró engañoso con los británicos: convenció a Saud para que la explotación del crudo corriera a cargo de la compañía estadounidense Aramco. De tal palo, tal astilla: su hijo, Kim Philby, fue agente soviético.
La casa de Saud ha tenido la habilidad diplomática que no tuvo Husein. Ha sabido mantener buenas relaciones con el mundo occidental y, al mismo tiempo, con los movimientos islámicos antioccidentales. Arabia Saudí es prooccidental por el petróleo (tiene las mayores reservas), pero también ha financiado movimientos antioccidentales, entre otros el talibán. ¿Cómo alcanzaron los Saud este equilibrio? A través de dos pactos, uno para legitimarse y otro para defenderse. Primero sellaron un compromiso en 1745 con el wahabismo, corriente fundada por el puritano Ibn Abd al Wahab, a cambio de que se respetara lo que es del césar. Y después pactaron con Franklin D. Roosevelt que Estados Unidos se comprometiera a defender el reino a cambio del suministro de petróleo.
Desde entonces, Estados Unidos y Arabia Saudí se han intercambiado grandes favores. En la década de 1950, los saudíes respaldaron a Washington frente al nacionalismo laico de Naser. Y los saudíes financiaron en los años ochenta a la guerrilla musulmana que, con el apoyo de Estados Unidos y Pakistán, expulsó a los soviéticos de Afganistán. No todo, sin embargo, han sido favores. La familia real saudí también ha gastado ingentes sumas de dinero en mezquitas y madrazas que fomentan una versión del islam fundamentalmente hostil a Occidente.
El equilibrio comenzó a ser inestable cuando los puritanos denunciaron el estilo de vida extravagante de la familia real saudí. El primer aviso fue la ocupación de la Gran Mezquita de La Meca, en 1979, que se saldó con la decapitación de 63 rebeldes. Y el segundo aviso ha sido Osama bin Laden, que condenó a la monarquía por la presencia estadounidense en suelo saudí. Los equilibristas saudíes, sin embargo, aún siguen de pie, incluso después de los atentados del 11 de septiembre, cuando quince de los diecinueve terroristas procedieron de Arabia Saudí.
¿Todo, pues, sigue igual? Ahora, para tener buena prensa en Estados Unidos, los Saud deben pagar religiosamente costosas campañas publicitarias. ¿Ha cambiado, entonces, Washington? A finales del año pasado, el vicepresidente Dick Cheney, tras reunirse con el rey Abdulah, afirmó que la manera de evitar que Irán, miembro del eje del mal, se convierta en la potencia dominante en la región es que los saudíes le planten cara. Es decir, la Arabia de los Saud, como el Egipto de Mubarak y el Marruecos de Mohamed VI, es parte de un eje del mal menor.

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