VICIOS DE LA CORTE

Nos esperan seis meses de duros cojos, duros sevillanos, duros a cuatro pesetas, cheques bebés, piños regalados. Ha estallado la retórica para mover la aritmética. Un diluvio en miniatura, tralla en los telediarios, trapiche en los mítines y toda suerte de embelecos. Nos van a intentar convencer de que les votemos cuando aparezcan los lirios. Movilizarán a los poetas, a los banqueros, a los puretas y a los niños, y al final, como casi siempre, las bisagras nacionalistas se convertirán en ganzúas; gane quien gane tendrá que formar mayoría con ellos. Los políticos, entre el narcisismo y el masoquismo, cuentan los escaños en el aire como el que coge mercurio con el tenedor; repasan los restos, tiemblan ante la abstención y van regalando ozono, que es gratis. Dicen que el pronóstico es de empate, pero ellos ponen el 2 en la casilla de sus siglas.

José Blanco le dice a 'ZP': Ganaremos por cuatro escaños. Arias Cañete le cuenta a Mariano Rajoy: Perderemos por número de votos y sacaremos siete escaños más que ellos. Cada uno hace su cuenta y Zapatero hace la suya: cree que ganará por cerca de 180 escaños.

ZP, a la izquierda de IU, más feminista que las feministas, con más pluma que los propios moños, más nacionalista que los bolivarianos, más español que Cascorro, con superávit en las cuentas públicas, se paseará por España con el bolsillo lleno de dinero, como los tratantes de ganado y los apoderados de toreros, para darle una pasta a los que nacen con el culo al aire y el puño cerrado, y ponerles cera a los pollos que buscan piso. Si no le vuelan el tenderete, hoy parece imbatible.

De cuántas infamias se componga la victoria no se echan cuentas después. Crece, embargo, la evocación y reproche del nuevo clientelismo, de un burgo podrido de manos muertas y voto untado.

El clientelismo, ahora caciquismo periférico, es el pie del que cojea la democracia española. Tuvo su apoteosis cuando Romanones, renco y sordo, que compraba votos y así llegó a ser 17 veces ministro y tres veces presidente. Siempre que dejaba el cargo, volvían de Madrid a Guadalajara los vagones repletos de cesantes. Le acusaron de ser uno de los enterradores de la Monarquía, pero salvó el pellejo a Alfonso XIII cuando pactó la salida por el Campo del Moro. El Rey ahora no está acosado como leproso en lazareto, aunque, vez primera, los nacionalistas radicales queman su efigie.

Cuenta Pla que iba el conde en coche a Guadalajara, como un pájaro de lujo disecado, y tuvo una avería; descubrió a un cabrero y le pidieron que fuera al pueblo a por unos bidones de gasolina. El chicote no podía y sugirió la posibilidad de llamar a un labrador llamado Romanones. «¿Y por qué le llamáis Romanones?», preguntó el conde. «¿Que por qué?, pues porque es un hijo de puta».

Aquel renco teniente y astuto inventó los duros falsos.

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