En dos domingos consecutivos de septimbre se han celebrado en Donostia dos actos diversos de significativa trascendencia social. El pasado 16, con la excusa de la existencia desde hace 30 años de El Peine del Viento se celebró un descarado acto político.

Resulta socialmente insultante, culturalmente vergonzoso y éticamente repelente que aquel magistral espacio público, que en su día ya fue inaugurado, además de ”por mar y el viento”, colectiva y progresivamente por la ciudadanía donostiarra y posteriormente conocido y reconocido por la humanidad sea ahora, aprovechando un circunstancia temporal, manipulado políticamente.

Ha sido tan ridículo sino esperpéntico, que a muchos nos quitaron las ganas de asistir al descarado y absurdo protagonismo de una estirpe de personajes que, con las excusa de un desagravio por una omisión de hace tres décadas, se arroguen tanta vanidad. Allí sobraban todos, desde la consejera de Cultura Azkarate, el diputado Olano, la juntera Romero y el alcalde Elorza. Hace cinco años también era aniversario, el 25 y muy reciente al fallecimiento de su coautor Eduardo Chillida, el 19 de agosto, pero no interesó. Estos figurantes nada tenían que aportar o decir, todo es ya conocido y está dicho. Hicieron un ridículo semejante al de los dirigentes de1977. Parece como si hubiese sido un festejo político comercial organizado por el Diario Vasco.

Si se quería homenajear al lugar y sus artífices eran estos y solamente ellos los que merecían un reconocimiento popular: el arquitecto Peña Ganchegui, el ingeniero Elosegui, la familia Chillida y los trabajadores de Patricio Echeverria. Los políticos si les interesaba, ya se vio que no, entre los asistentes como cuando van al cine.

El alcalde de Donostia mejor ejercería su función si el anterior domingo de Estropadak se hubiese preocupado por haber evitado el terror urbano y social provocado por la bestialidad policial de una legión de ertzainas dispuestos a masacrar impunemente para reprimir una manifestación a favor de los prisioneros políticos vascos. Es inaceptable que unos individuos enmascarados, armados y embriagados de violencia apaleen, como repugnante exhibición de violencia pública, con la garantía de la absoluta impunidad política, judicial y la habitual mentira como argumento, a personas que caminan sin autorización con una pancarta. Con semejante razonamiento quien circulase en sentido contrario por una calle debería ser agredido y su vehículo destrozado, porque siempre se podrá alegar que pretendía atropellar a todos los que estuviesen de frente.

El hecho no es nuevo tiene demasiados antecedentes. Afortunadamente las imágenes se difunden con inmediatez. La denigrante estampa de Euskal Herria que han creado estos asalariados para la represión, por su pésima reputación, tiene un enorme costo. Donostia pierde muchísimo por su culpa. ¿Al alcalde le preocupa esta vejación policial de disparar y la percepción de una ciudad donde unos uniformes rellenos de individuos exentos de racionalidad son capaces de todo? Tiene el deber moral de impedir tanta barbarie, esta “caza al manifestante”. Nada, absolutamente nada justifica esta delirante crueldad ¿Qué tipo de adoctrinamiento se les inocula para actuar con semejante brutalidad? ¿Que situación mental permite a ocho tipos apalear sin cesar hasta el agotamiento, con más ritmo que las paladas de los remos arraunlariak de las traineras, a una persona indefensa, acurrucada en el suelo? ¿Esta turba, irracional peligrosísima, está incapacitada para de convivir en una sociedad civilizada?

Además de solidarizarme con los manifestantes heridos y detenidos debe elogiarse la sensata actitud de los hosteleros de Alde Zahara, quienes en un comunicado que les honra han exigido una elemental sensatez política ante el reiterado hostigamiento policial.

Si en El Peine del Viento el lugar quedó contaminado por una virulencia política, el Boulevard quedó envenenado por una violencia policial, cuyo negro viento (Baltza) expandió un desesperado PNV.