La frase apareció, como quien no quiere la cosa, en las memorias de Jean-François Revel, esas que llevan por título «El ladrón en la casa vacía» y que es uno de los mejores retratos de la vida cultural francesa de la segunda mitad del siglo XX. Las releo a menudo cuando noto que el olor a «bullshit», a palabrería barata, me deja sin resuello. Hace referencia el liberal Revel a su adolescencia en una escuela de pueblo donde no tuvo acceso a aprendizajes sofisticados ni al trato con docentes laureados, pero donde un humilde profesor de Filosofía le transmitió «la importancia de la profesionalidad, de la probidad y de la competencia para opinar gravemente sobre cuestiones trascendentales de la vida en común».

Parece que ahí, en esa docencia, nació lo que Vargas Llosa llama la «enfermiza integridad intelectual de Revel» (se ve que hay gente que cree que hacer bien las cosas cae cerca de lo patológico). Y parece que Harry Frankfurt también hubiera leído a Revel cuando sentenció que el mayor enemigo de la verdad no es la mentira, sino la palabrería.

Asisto entre ensimismado y acobardado al cotidiano despliegue de paseantes que toman internet, prensa, radio y televisión para opinar de todo aunque les sea ajeno, desde el «caso Madeleine» a la reforma psiquiátrica o al virus del papiloma. Yo había pensado que entre las mayores ocupaciones de los periodistas debiera estar la mediación entre los protagonistas de un suceso y los lectores o los oyentes. Pero nada de eso. La masa ha tomado los medios. El periodismo sale de najas y, como nos contó hace tiempo la escritora Teresa Jiménez, la denotación le cede el sitio a la connotación, pura víscera, arco reflejo. La información es entonces una oleada del bajo vientre, un reino de incapaces sin escrúpulos.

Tal vez no escribiría este despeño de rabia si no hubiese leído las afligidas confesiones que Richard Smith hace sobre los científicos médicos en su libro «The trouble with medical journals» (2006). Smith ha sido durante quince años director del «British Medical Journal», una de las más importantes revistas científicas. Smith concluye su libro, su triste blues y su mandato escriturando que el mundo de la comunicación científica médica necesita importantes y profundas reformas. Que el valor que los científicos médicos conceden a la verdad tampoco es que sea desmesurado y que muchos investigadores apenas si tienen relación con los temas sobre los que publican estudios.

Hay varias razones que justifican el declive del imperio: la presión de las farmacéuticas, conflictos de intereses... Pero ningún capítulo es tan peliagudo como el que trata sobre la relación entre científicos y periodistas. Smith aconseja sobre los peligros que acechan al médico a quien requieran los medios de comunicación y sobre el maltrato de las informaciones técnicas a manos de los plumillas. También se esfuerza en transmitir su experiencia como damnificado ya que fue doctor televisivo en la BBC durante los desayunos de cinco años.

Dice Smith que cuidado con los halagos de los periodistas, que son como lemmings, pero que tienen mucho poder y que sólo les interesan las noticias raras, el sexo y las drogas. Smith puede tener razón en algunos de sus mandamientos, pero de lo que no tienen ninguna culpa los mass-media, aunque Smith no lo diga, es de que algunos médicos hayan descubierto que quince segundos en televisión pueden mover más público, dinero y poder que varios meses de trabajo en un laboratorio. Así que mejor me vuelvo con Revel.