LOS ESCENARIOS QUE RECUERDAN LA BARBARIE DE LA GUERRA Y LA DICTADURA

Las ruinas del viejo Belchite tienen una elocuencia incomparable. Hablan de la violencia insensata e inútil

El premio Príncipe de Asturias al Museo del Holocausto de Jerusalén coincide con la recta final de la ley sobre la memoria histórica, dos acontecimientos que ponen sobre la mesa la importancia de la memoria y, también, sus complicaciones. El museo se funda en 1953 y hasta ese momento el Estado de Israel, obligado a defenderse, tiene sus dudas sobre cómo habérselas con esos judíos que fueron llevados al matadero como corderos. Los judíos de Palestina no se reconocían en los judíos de Auschwitz.

Hoy empero es un lugar de la memoria con proyección mundial y algo puede decirnos a los españoles sobre el significado de la memoria de la guerra civil.

AUNQUE lo que el proyecto de ley pretende es el "reconocimiento de los derechos de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra y la dictadura", la intención del Gobierno era, al parecer, mucho más modesta: ampliar la ayuda material a colectivos no contemplados en medidas anteriores. Pero la sola mención a los derechos de los vencidos disparó las expectativas. Pronto se vio que era más importante el reconocimiento de esos derechos que la reparación material. A los derrotados se les condenó en la posguerra por lealtad al orden democráticamente establecido; se les difamó en el franquismo y se les olvidó en la transición porque complicaban el proceso democrático en marcha.

Un reconocimiento ahora de sus derechos tenía que pasar por la revisión rigurosa del pasado. El proyecto de ley tiene por objetivo "contribuir a cerrar heridas todavía abiertas (...) profundizando en el espíritu de la transición". Ahora bien, si la transición se hizo bajo el signo del olvido, es preferible "cerrar las heridas abiertas" con el espíritu del Museo del Holocausto, cuyo santo y seña es: recordar para hacer justicia a las víctimas y para que la barbarie no se repita.

Para que la memoria sirva de antídoto contra nuevas barbaries, la ley tendría que plantearse con mayor decisión el papel de los lugares de la memoria, es decir, de esos espacios cargados de experiencia que dicen más que lo que puedan contar los libros.

Los lugares de la memoria pueden ser locales o regionales y, también, nacionales. En España hay al menos tres que tienen esa vocación: Belchite, el Valle de los Caídos y Gernika.

La ruinas del viejo Belchite tienen una elocuencia incomparable. Hablan de la violencia insensata e inútil de unos golpistas que quisieron resolver los muchos problemas de aquella España a tiros; también de la injusticia de las sucesivas represiones, unas veces contra republicanos y otras contra los sublevados, que tenían en común producir con frecuencia víctimas inocentes; no falta la manipulación de la memoria por los vencedores empeñados en hacernos creer que los rojos destruyeron el pueblo; y, luego, la venganza política, obligando a los vencidos, reunidos en un campo de concentración, a construir un pueblo nuevo, en condiciones inhumanas. Ese lugar nos interpela a todos: a los sublevados que desencadenaron la barbarie; a los republicanos que también produjeron víctimas, aunque no era esa la orden recibida; a las generaciones posteriores por el olvido culpable; a los políticos de la democracia por su falta de coraje. Es el lugar del abandono, de un "héme aquí" cuya desnudez cuestiona todas nuestras certezas.

El Valle de los Caídos puede ser otro gran lugar de la memoria nacional. Allí el olvido no tiene forma de abandono sino la de un descomunal templo católico. Sus frías piedras ocultan, sin embargo, un par de historias que no se pueden perder.

Por un lado, el lugar de la religión durante la República, la guerra civil y el franquismo. Cuelgamuros podría ofrecer una información ajustada y respetuosa sobre cómo la Iglesia católica vivió esos tiempos, qué posiciones tomó, la violencia que sufrió y la que luego causó, su papel en el franquismo, sin olvidar los conflictos que tuvo y su papel determinante en el ocaso de la dictadura.

En segundo lugar, no se puede hablar de ese lugar sin tener en cuenta cómo se construyó, quién lo hizo y cómo se enriqueció. Tenemos que saber lo que fueron los campos de trabajo y la reducción del prisionero de guerra a esclavo moderno. Ese inquietante templo del franquismo es impensable sin el campo de concentración, y esta complicidad entre religión y violencia, tan frecuente en nuestra historia, no puede pasarse por alto.

GERNIKA, primer caso de bombardeo a la población civil, ataca a una de las condiciones mayores para una guerra justa (la distinción entre beligerante y población civil). Las guerras pasarán a ser, desde ahora, sospechosas para la conciencia moral. Desde Gernika el terrorismo es un sarcasmo.

Los lugares de la memoria darán que pensar a las nuevas generaciones. Cuando los afectos de los protagonistas hayan desaparecido, quedará un pasado sobre el que se ha construido nuestro presente. Para que el futuro no sea más de lo mismo es capital que lo olvidado o dormido en esas piedras o ruinas despierte para decir en unos casos lo que no se puede y en otros, lo que se debe hacer.

Reyes Mate es profesor en el Instituto de Filosofía del CSIC.