¡Aquí ya no repite nadie! Ésa es la consigna del Ministerio de Educación. Si estos cabrones de críos no quieren aprender, que por lo menos no nos jodan las estadísticas. ¿Que la media europea de fracaso escolar está en un 10% y nosotros buceamos en un 30%? Pues nada, nada, se le da a la manivela de la tolerancia y aquí aprueba todo el mundo; y si estos retrasados no aprueban ni aun así, pues a pasar de curso y a seguir integrándose. Todo menos fracasar o abandonar. Eso nunca. Porque si abandonas, nene, la calle sólo te puede ofrecer empleos basura, drogas, violencia, marginación y embarazos no deseados. Pero si permaneces escolarizado hasta los dieciséis, podrás disfrutar de la violencia, la droga y las píldoras abortivas a tus anchas, protegido y mimado por las autoridades educativas, y entonces lo mejor es que los marginados serán tus profesores. ¿A qué es chachi?
Me siento estafado por haber nacido tan tarde. Yo hubiese querido ser libre cual pájaro educado en la ciudadanía, hablar catalán en los segmentos recreativos, gozar de hiperprotección legal y poder delinquir a mis anchas sin más riesgo que la reprimenda de algún juez de menores bien aleccionado de ideología progresista. Contemplo con envidia esta jauja educacional llena de itinerarios, transversales, optativas, créditos, segmentos lúdicos, grupos de apoyo, psicólogos y tolerancia total con los más cenutrios y los más refractarios al esfuerzo y al estudio, esos latazos carcas que los del búnker quieren imponer a los pobrecitos críos del piercing y el tatuaje.
Pero, por lo menos, me resarzo contemplando cómo el mérito y la capacidad son hoy justamente repudiados. Ha llegado el momento de sacudirse el yugo de la inteligencia. La inteligencia ya no sirve de nada. Está amortizada. Muerta. Ya sólo es valorado lo de verdad importante: el dinero, la belleza y el berrido demagógico. Nuestros políticos son la luminosa vanguardia de este fenómeno. Ser inteligente es nefasto para ellos. Al político no se lo perdona ser inteligente porque la inteligencia no se aprecia, pero tampoco se desprecia; la inteligencia se odia. Y, si no, fíjense en lo que le ha pasado al bueno de Josu Jon Imaz.
De origen humilde, Imaz se pagó los estudios sirviendo mesas. Doctor en Ciencias Químicas, obtuvo premio extraordinario fin de carrera. Entre tanto, aprendió inglés y francés. Luego trabajó en la empresa privada con éxito. En fin, demostró que podía vivir bien sin mamar del Presupuesto. Evidentemente, con semejantes credenciales, era un cadáver político, un estorbo, un bicho raro a eliminar, sobre todo si tenemos en cuenta que su antagonista directo, Joseba Egibar, es un merluzo indocumentado que, contaminado por la mentalidad burguesa heredada de su familia bien, mintió en su currículum, afirmando tener una licenciatura en Derecho inexistente. La confrontación entre un tipo académicamente brillante y un oscuro burócrata de partido que no es capaz de terminar ni la licenciatura comodín, y encima jugando en casa, sólo se podía resolver a favor de la necedad y la estulticia. Lo contrario hubiera supuesto una amenaza para el resto de memos municipales.
Y es que nuestros políticos con menos luces son los que más alto llegan. Pepiño Blanco, ese gallego peleado con las consonantes oclusivas, quizá sea el paradigma del cretino consagrado. Y yo me alegro. Ya está bien de sentirnos acomplejados por esos malditos empollones que aprobaban todo. Blanco creará escuela, ya lo verán. Pronto tendremos un ejército de curitas relamidos dándonos lecciones de oratoria electoral y sensatez política. Los pepiños del futuro serán los pastores ideales de la nueva y pequeñita nación de indiscutibles zotes que surgirá de las cenizas de ésta. El resto ya se la habrán merendado los egibares analfabetos que hemos educado con nuestro dinero. Saludo, pues, a los líderes del mañana.

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