No conocemos demasiado a nuestros jóvenes porque el resultado de la encuesta del Instituto de Juventud ha causado general sorpresa. Esos jóvenes a los que les hemos enseñado que España es el país donde en menos tiempo se puede ser rico (lo dijo un ministro socialista) o famoso (lo demuestra la televisión pública y privada) resulta que ni valoran la opulencia ni tampoco el éxito. Los jóvenes de nuestro país consideran que para ser feliz es más importante tener la familia que desean o un trabajo que les guste que ganar mucho dinero o ser famosos. Es más, de acuerdo con el estudio Bienestar y felicidad de la juventud,los jóvenes de entre 15 y 29 años incluso dan más valor a contar con buenos amigos o ser útil a los demás que a tener una gran cuenta corriente o ser muy popular.
El concepto de la felicidad ha ido cambiando con el paso del tiempo. Los antiguos griegos consideraban que la felicidad era un regalo de los dioses y a partir de la Ilustración la consideramos un derecho natural al que aspiran todos los seres humanos, hasta el punto de que figura en la Constitución de Estados Unidos o el Estatut de Catalunya. En cualquier caso, ha habido una evolución de lo divino a lo humano de la propia concepción de la felicidad, pasando por el cristianismo, que se situó en un punto intermedio al contemplar que si no alcanzamos la felicidad en la Tierra siempre nos quedará el cielo.
Más complejo es definir a qué llamamos felicidad, pues todo un sabio como Aristóteles se salió por la tangente al definirla "como el máximo bien que se puede conseguir", reconociendo que nadie sabía exactamente en qué consistía. Alo largo de la historia se ha creído que la felicidad podía ser el placer, la riqueza o los honores. Madame de Châtelet, la gran amiga de Voltaire, sostenía que no tenemos otra cosa que hacer en este mundo que procurarnos sensaciones y sentimientos agradables. Pero pocos años después Napoleón, que consiguió un montón se sensaciones placenteras en el tálamo o en el campo de batalla, reconoció perplejo a los 28 años que la grandeza y la gloria le resultaban insípidas.
Curiosamente, nuestros jóvenes se sitúan en las antípodas de Châtelet o Napoleón y prefieren la solidaridad de las ONG a las riquezas materiales, y la familia o los amigos a firmar autógrafos por las esquinas. Mientras, la televisión nos muestra la corte de los milagros de Gran Hermano o los estafadores de Marbella. Por suerte, esta generación tiene a Stuart Mill como icono, aquel filósofo inglés que escribió: "Es mejor ser un Sócrates desgraciado que un cerdo satisfecho".

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