Mi amigo Mauricio es uno de esos empresarios de circunstancias, típico “conseguidor” de su partido político, hombre dinámico, jocundo, hecho a sí mismo, una especie de Dionisos euskaldún, amante de una buena mesa y mejores caldos, razón por la cual ha entrado en carnes antes de entrar en años.

Sube resoplando por las escaleras hasta el primer piso de Gran Vía 85, donde se encuentran las oficinas de su consultora. Le sigo de cerca. En estos momentos tiene el agua al cuello. Acaba de regresar apresuradamente de sus vacaciones en Puerto Rico, al enterarse de que sobre su empresa ha caído la peor de las plagas: un inspector de la Hacienda Foral de Bizkaia.

Entramos en su despacho, él sin arreglar, calzando náuticos y vistiendo una camisa tropical. Yo, con pantalones cortos, por ser un caluroso día de septiembre. Mauricio toma asiento tras su pabellón de caoba, extrae un puro del cajón -no me ofrece porque sabe que no fumo-, lo enciende y se relaja durante unos momentos. Luego mira por el ventanal interno hacia la zona donde trabajan sus empleados. Vemos a dos o tres administrativos cincuentones y encorbatados frente a sus ordenadores. En estos días el resto del personal se encuentra oportunamente de vacaciones, o de misión comercial en Puerto Rico -coincidiendo con la visita oficial del Lehendakari-, o las dos cosas al mismo tiempo.

El intruso se ha hecho fuerte en el puesto de trabajo del contable. Es un hombre joven de aspecto gris pero muy correcto, que entra y sale de los ordenadores a discreción. Encima de la mesa tiene varios archivadores abiertos. Edurne, la secretaria de Mauricio, no se despega de su lado desde hace dos días. Fue ella la que llamó al jefe para que regresara.

“¿No puedes hacer nada?” le pregunto, “Siempre has tenido mucha mano izquierda con Hacienda”.

“Esta vez es distinto” me responde con frialdad, envolviéndose en una nube de oloroso humo azul tras haber propinado al habano una chupada vigorosa. “Los tiempos han cambiado. Esos ya no son nuestros amigos: con los años se han burocratizado, adquiriendo la mentalidad típica de un colegio profesional. Chico, las nuevas generaciones dan asco. La mayor parte son un rebaño de inútiles conformistas, acostumbrados a que se les dé todo hecho. No piensan más que en su despedida de soltero y en tener un piso en Górliz: pero entre ellos hay algunos que son auténticos lobos con piel de cordero, como ese de ahí.” señalando despectivamente con el puro al alienígena, ”Permanecen ocultos dentro del rebaño a la espera de una ocasión propicia para cazarte. ¡Qué asco de época nos ha tocado vivir! Antes no pasaba lo mismo”.

“¿Y si hablas con uno de sus superiores?” le sugiero.

“No serviría de nada. Mírale a la cara. Es un hombre metódico, ambicioso. No se mueve como los bueyes que hacen el tour aleatorio de costumbre, cotejando facturas aquí y allá. Avanza seguro de sí mismo, economizando fuerzas, siempre en línea recta como los coyotes: ha venido a alimentarse con mis menudillos...”

Es un predador: Mauricio tiene razón. Sin embargo se le ve tranquilo, con la misma actitud flemática y resignada que una res en Parque Jurásico, mientras espera que la bajen hasta la jaula de los velocirraptores. Esta pachorra tiene un componente épico. Seguramente -conociéndole como le conozco- lo que hay más allá de esos archivos encriptados que el inspector acaba de descubrir en la red es algo más que una simple Caja B: algo que tiene que ver con gente importante, con asuntos pecuniarios del partido, y que por lo tanto trasciende a las circunstancias personales. Mauricio se mueve con pies de plomo. No puede permitirse el lujo de ponerse nervioso.

“No es la primera vez que tienes problemas con Hacienda, Mauricio”. Realmente debo sonar muy poco convincente en mi intento por infundirle ánimos. “Acuérdate de otros asuntos en los que tu nombre se vio implicado, y de los que saliste airoso pese al revuelo que se montó en el Parlamento Vasco: el caso de las máquinas de vending, el bingo por internet, las farolas de la autopista, Bilbao capital mundial del vino... En aquella época te pasabas la vida entrando y saliendo de los juzgados, y no pasó nada. Hasta te vino bien para probar tu lealtad.”

“¡Que no es lo mismo, hombre!¡Eran otros tiempos!”

Mauricio siempre habla con afectación de los viejos tiempos, sin tener en cuenta que es precisamente a los nuevos a los que debe su éxito empresarial.

“¿Qué más te da una batalla más contra todos esos buitres de El Correo Español?” le pregunto.

Entonces me da a conocer la verdadera razón de sus cuitas:

“La niña se casa dentro de tres semanas... Ya sabes, una boda por todo lo alto, en Santa María de Getxo, con gente del partido, amigos, y Txema Soria para hacer la crónica de sociedad. No quiero darle ese disgusto.”

De repente se vuelve a mí, me mira fijamente y me dice:

“Igandekoa, tienes qué ayudarme”

No veo qué pueda hacer por él. Jamás he tenido problemas con Hacienda. Ni siquiera sé cómo funciona. Todos mis asuntos los lleva una gestoría. Pero él insiste:

“Eres mi última esperanza. Por favor, piensa algo... He oído contar cómo os las areglásteis Ramiro Cardona y tú para sacar de Irak aquellas máquinas para soldar oleoductos.”

Se refiere a un negocio de prospecciones que se vino abajo en 2004 cuando la súbita retirada de las tropas españolas por orden del Presidente Zapatero. El contrato fue rescindido por la administración militar EEUU. Un aguerrido patriota vasco que de vez en cuando escribe en Izaronews y yo nos hicimos pasar por ejecutivos de una empresa alemana para conseguir la autorización oficial que posibilitaba el reembarque de las máquinas rumbo a un nuevo destino en Bolivia. No se ganó nada, pero al menos logramos recuperamos los costes.

“Se me ocurre una idea”, le digo, “¿Puedo utilizar uno de tus ordenadores?”

Cogiéndome del brazo, Mauricio me lleva hasta un cubículo donde trabaja una joven secretaria, a la que desaloja sin ceremonias. “Gurutze, ahora no la necesito. ¿Le importaría tomarse el resto de la mañana libre?”

Me siento frente al teclado y comienzo a escribir. El, de pie, observa, chupando el puro con expectante lentitud. Al leer las primeras líneas frunce el ceño, pero según voy escribiendo su faz comienza a iluminarse con una sonrisa perversa. Muerde con energía el veguero y me da unas palmadas en el hombro. “Sí señor”, murmura, “Como en los viejos tiempos...”

Al volver al despacho nos encontramos al inspector sentado frente a la mesa. Quiere las claves que permiten acceder a los archivos recién descubiertos. Más que nada por educación, porque teniendo en cuenta lo endeble de los sistemas de seguridad utilizados por Mauricio, esas claves ya deben estar en su poder desde hace por lo menos una hora. Mauricio se encarga de las presentaciones formales, haciéndome pasar por el responsable de seguridad informática de su empresa.

Comunico al inspector que estamos contrariados, ya que a pesar de que su intervención ha sido muy correcta y en todo conforme a la ley, algunos procedimientos aplicados en ausencia del administrador de la empresa suponen una intromisión intolerable en el funcionamiento de nuestro sistema de gestión de datos. Por este motivo hemos decidido presentar una queja ante sus superiores, mediante una carta de reclamación que paso a leerle.

El velocirraptor responde con la más cortés de sus sonrisas, se acomoda en su butaca y hace un airoso gesto con su mano, como dando permiso para que comience la función. Y realmente tiene gracia la escena: un funcionario bien trajeado delante de un individuo mal afeitado, fumando un puro, y con la camisa por fuera del cinto. Pero poco a poco comienza a cambiarle el semblante cuando el otro personaje -es decir, yo-, un adulto con shorts y aspecto de boy-scout, comienza a recitar su parte del guión. Primero perplejidad, acto seguido asombro, después lividez y finalmente cólera.

La carta es una exhibición descarada de los méritos del Subinspector K. En ella un empleado de la empresa, que por razones obvias prefiere mantenerse en el anonimato, da testimonio de la eficacia, la minuciosidad y la honradez desplegadas por aquel honrado funcionario de la Diputación Foral durante el examen de unos registros contables que, lamentablemente, no se encontraban puestos al día como hubiera sido de desear.

“El Subinspector K. no solo conoce al dedillo la práctica contable, sino que además posee una vasta experiencia en el tratamiento informático de todo tipo de datos de interés tributario. No ha sido por azar, sino fruto de sus conocimientos técnicos y su perspicacia, el que hayan aparecido las zonas ocultas del disco duro donde el contable de la empresa había guardado celosamente la información que ha originado el reciente escándalo en los medios. Sirva la presente para dar particular testimonio de los méritos del Subinspector K. ante sus superiores. Hombres como él son los que la Administración necesita para mantener esa merecida reputación de honradez y eficacia que redunda en beneficio de las instituciones asi como de todos los ciudadanos y ciudadanas de Bizkaia.”

El inspector se levantó de la butaca y me dijo, fulminándome con la mirada: “¡Usted no puede hacer eso!”. “¡No voy a poder!”, le respondo, “La pienso enviar a sus domicilios particulares. Y, ¿quién sabe? Puede que incluso antes de que la reciban salga publicada en el Correo Español.” No hacía falta decir el resto: que en tal caso, y conociendo la forma en que las jerarquías de nuestro país premian los méritos de aquellos funcionarios inteligentes y trabajadores que algún día pueden llegar a disputarles el poder, todos los años que a aquel probo inspector le quedaban hasta jubilarse los pasaría haciendo inspecciones en talleres mecánicos y cafeterías.

Finalmente el marciano decide transigir, pero Mauricio le permite llevarse un premio de consolación: unos cuantos atrasos en los pagos del IVA, acompañados de sus intereses de demora. Una suma muy por debajo de los límites que definen el delito fiscal, pero lo suficientemente cuantiosa para permitir que el subinspector salve el tipo y quede justificado el coste administrativo de su intervención.

Pocos días más tarde los integrantes de la trama fueron descubiertos por otros medios y se armó un escándalo monumental, no solo en Euskadi, sino en todo el area informativa cubierta por el Grupo Vocento. Durante meses se estuvo hablando del asunto en lugares tan remotos como Valladolid y Torrevieja, donde la reciente avalancha de pisos en venta se debe en parte a los hechos que aquí se narran. El nombre de Mauricio no salió a relucir. Salvó su reputación, la boda de su hija y a él mismo de un bochorno considerable y de volver a ser un asiduo de los juzgados.

Después de invitarme a comer en el Guría nos despedimos con un abrazo. No he vuelto a saber de él en meses. Parece que está haciendo negocios en Puerto Rico, un país al que Lehendakaritza observa atentamente por el tema de sus relaciones bilaterales con Estados Unidos.