EL MIRÓN PERPLEJO

El caso de la desaparición de Madeleine McCann en el sur de Portugal se está convirtiendo, si no lo ha hecho ya por completo, en un guión cinematográfico del género más negro y sórdido, que está sacando a la luz lo peor de la condición humana. No entro en si la que se pinta como protagonista de la historia, Kate, o su marido, Gerry, suponen lo más oscuro de la trama. No tengo ni idea. Pero en el guión aparecen un par de personajes que muy a su pesar llevarán siempre sobre sus espaldas una losa que no buscaron nunca y cuyos rostros, por culpa de los medios de comunicación y fundamentalmente de sus padres, serán reconocidos en cualquier lugar del mundo. Son Sean y Amelie McCann, los hermanos gemelos de Madeleine, que están siendo utilizados por sus propios progenitores del modo más descarado para la estrategia de imagen que ellos mismos dirigen.

El vocal del Consejo General del Poder Judicial, Félix Pantoja, fiscal de profesión y especializado en menores me habló días atrás del concepto de patrimonio personalísimo del niño, como un bien del individuo, tenga la edad que tenga, y del que no son poseedores ni sus propios padres, ni por supuesto los medios de comunicación. Se trata de un derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen del menor, que está por encima, incluso, de la decisión gratuita y estratégica de los progenitores. Así al menos consta en la legislación española.

¿Qué está ocurriendo en los medios de comunicación occidentales que sacamos sin rubor alguno las caras de ese par de gemelos como si fueran protagonistas voluntarios y pagados de un guión cinematográfico? ¿Nadie ha reparado en que sobre todas las circunstancias de la negra trama de la desaparición de su hermana, Sean y Amelie son ante todo menores, muy menores de edad? ¿No existe ningún tipo de autocontrol para la vergonzante exhibición de esos rostros?

Cierto es que en España hemos avanzado mucho y bien en los últimos años hasta el punto de que en los programas basura de la televisión ya se honran con difuminar a los menores para no reconocerles, pero sinceramente, ¿por qué somos tan cínicos que emitimos las caras de los gemelos McCann y quizás no lo hiciésemos si fueran españoles? ¿No será que somos reglamentistas para lo que queremos y que descartamos la globalización de la información en función del espectáculo si nos interesa? Y llegando al absurdo, ¿es que Sean y Amelie son menores distintos a los españoles por el mero hecho de ser británicos?

Según la legislación española, el fiscal puede actuar de oficio por encima de unos padres, con tal de defender el patrimonio personalísimo de la imagen de un hijo. Pues bien, desde los medios, asistimos a una buena ocasión para dar una lección periodística y ética a nuestros colegas británicos y al resto de medios europeos. Sin que sirva de precedente, en cuanto a la protección de la intimidad de la infancia se refiere, parece que estamos a la cabeza.

Sería éste un momento fantástico para difuminar los rostros de Sean y Amelie, porque ya que no lo hacen sus padres, compungidos ellos, deberíamos hacerlo nosotros, no vaya a ser que cuando los gemelos visiten España dentro de 10, 15 o 20 años, sigamos reconociéndoles.

El hijo de la tonadillera

El asunto sucedió hace 20 años. A mí me marcó profesionalmente y a aquel niño, seguro, que también le marcó humanamente. En la valla del colegio al que acudía aquel chavalín, hijo de una conocida artista, un grupo de paparazzis llamaron a gritos a los compañeros de clase del muchacho: "Os damos 20 duros a cada uno si nos traéis a Fulanito hasta aquí". Dicho y hecho en un par de minutos. El reportaje se publicó en una revista del corazón. Aparecía el chico, literalmente estampado contra la verja, a medio metro de los fotógrafos que aguardaban al otro lado. Una docena de compañeros le aplastaban gritando, riendo a carcajadas y con 100 pelas cada uno en el bolsillo. El pie de foto decía: "Fulanito jugando con sus amiguitos en el patio del colegio".

El juez experto en medios

Si un magistrado ha sabido últimamente compaginar su dificilísima labor con la presencia mediática, ha sido el juez Javier Gómez Bermúdez, presidente del tribunal que juzga los atentados del 11-M. Entre las numerosas citas y ponencias que tiene comprometidas más allá de la actividad jurisdiccional, destaca una para los próximos meses. Los organizadores de unas jornadas han invitado al magistrado para que exponga sus tesis sobre la necesidad de intercalar el interés mediático y la justicia en sí misma. Todo un reto.