Sexo en Madrid
Jorge llevaba meses soñando con el curso de inglés que la empresa iba a pagarle. Así que cuando le mandaron el mail con los detalles del curso y le dijeron que era en Pittsburg no se lo podía creer. A él le parecía que era como si le dices a un sueco que va a ir a estudiar a España y él, claro, piensa en playa, calor, sol, y le mandas a Burgos. Por muy bonito que sea, pues no es lo que uno se imagina. Pero Jorge no sabía lo que Pittsburg podía dar de sí. Después de una semana de visitar todo lo visitable leyó un reportaje en una revista local sobre una convención relacionada con el Furry Fandom. Jorge era aficionado a los cómics y sabía que había un movimiento de gente a la que le gustaban los TBOs en los que los personajes eran animales antropomorfos. Pero, según explicaba el artículo, en Estados Unidos era una moda extendidísima y que había derivado también en una especie de tendencia sexual por la que se organizaban orgías de gente vestida de peluche. Aquello le parecía interesante, así que apuntó la dirección y se fue a la reunión Anthrocon. Cuando llegó, se acordó de la película de Ang Lee Tormenta de Hielo, que tanto le había excitado.
Después de dar una vuelta y de sentirse como si fuera desnudo, se acercó a uno de los puestos donde vendían disfraces y se compró uno de una especie de zorro vestido de mecánico y empezó a pasear por allí. El ambiente era distendido y en absoluto sexual. De hecho, uno de los mandamientos de la convención exigía que el comportamiento en público fuera decoroso y quedaba claro que no todo el mundo que iba vestido lo hacía porque le gustaba practicar el sexo de esa guisa. Pero en el tablón de anuncios vio algunas notas que sugerían fiestas nocturnas donde había propuestas de yiff (descubrió que así se denomina el sexo entre peluches).
Acudió a una de las convocatorias y descubrió que era todo aparentemente más inocente de lo que él había imaginado, pero en el fondo le resultaba más perverso. Una docena de peluches de tamaño humano se frotaba simplemente, en grupo, todos a la vez. El, que había ido a Pittsburg a aprender, se unió a ver qué pasaba. Se dejó llevar y tuvo la sensación de que era otro, que estaba en otro cuerpo. Aquello le pareció toda una revelación y descubrió que la mayoría de los aficionados al yiff y a disfrazarse de peluches sentían lo mismo. Era «como chatear por internet, pero en vivo, te inventas una identidad», le explicó una vaca que a él le parecía de lo más sexy. Al llegar a Madrid vio que no había una comunidad Furry establecida, pero no pierde la esperanza. Desde entonces, tiene una orejas de gata y una cola de tigre guardadas por si encuentra a alguien que se la quiera poner para frotarse un rato.
© Mundinteractivos, S.A.

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