A CONTRAPELO
Es muy difícil saber qué efecto tiene sobre nosotros el dolor del mundo. Cada telediario y el periódico de cada día contienen una dosis de sufrimiento tan fuerte que sería suficiente para sumirnos en una depresión. Para desquiciarnos. O para convertirnos en redentores, santos o revolucionarios, motivados por un afán incontenible de hacer cesar la injusticia por cualquier procedimiento radical y tajante.
En términos generales, no es eso lo que sucede. Decimos sentirnos afectados, pero nos sobreponemos poco después. Una tristeza leve y una incomodidad moderada nos afligen, pero no hacemos nada. Tenemos que ocuparnos de nuestra felicidad y también del dolor más cercano. Todos tenemos cerca, en la familia o en el entorno, alguna miseria que paliar.
Otros, sí, se movilizan, se activan, se comprometen. Pero tampoco pueden con todo el dolor del mundo. Se tienen que especializar, deben elegir una parcela, una causa. No es posible echarse encima de la espalda todas las causas. Dicen, sin embargo, con buen criterio, que si cada uno se ocupara de un pequeño campo de dolor, entre todos conseguiríamos paliar el extenso mal del mundo.
Hay otros que, con sinceridad o hipocresía, responden con muecas de pena al muerto, explotado, desaparecido o asesinado que se hace un hueco entre los platos de la comida cuando vemos los noticiarios. Pero es verdad que su malestar termina siendo retórico. Se sienten mal porque no es posible ni estaría bien visto sentirse bien o indiferente, pero, aunque quizás den a entender para satisfacerse que tienen una conciencia recta -aunque nos interpelen como si los demás estuviéramos en las nubes-, no pasan de ahí.
El dolor del mundo, los sucesos trágicos, son un melodrama que no acaba, un folletón duradero. Vivimos con él desde niños. Estamos, sin querer o queriendo, acostumbrados. Incluso la tremenda e inabarcable inflación de dolor contribuye a ello.
Los medios de comunicación modernos han borrado las fronteras entre la realidad y la ficción. La muerte forma parte del telediario y de la película que viene a continuación. Aunque lo creamos posible, no es fácil ya distinguir. La información sobre lo real y los productos de la imaginación forman un continuo confuso de sentimientos y emociones que, muchas veces, obstaculizan el brote de las ideas movilizadoras.
Dicen los psicólogos que asomarnos al dolor, real o ficticio, nos libera. Nos recompensa. Nos refuerza. Eso tan terrible no nos está pasando a nosotros. Nosotros no somos los protagonistas de esa desgracia. O bien, al contrario: el dolor no nos golpea en exclusiva, también golpea a otros. Un consuelo. Cabe -entre otras- una reacción más. Tirar la toalla de cualquier voluntad de reforma y arreglo. Todo es demasiado. Nada se puede hacer con tanto dolor salvo buscar una salida individual. Carpe diem. Aprovechemos lo que la vida nos da. Intentemos ser felices, pues mañana moriremos. Es muy difícil saber qué efecto tiene sobre nosotros el dolor del mundo.
© Mundinteractivos, S.A.

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