OJO AVIZOR

Hace bastante tiempo que mi amiga Monika Poliwka tenía el proyecto de traer a Madrid una exposición dedicada a la obra plástica del escritor judío polaco Bruno Schultz, asesinado por los nazis en 1942. La empresa no era fácil, pero el conocimiento y la perseverancia de Monika han conseguido lo que parecía imposible y el Círculo de Bellas Artes ha inaugurado en la sala Goya una magnífica retrospectiva de este vanguardista centroeuropeo tan original, de un universo literario tan extraño como trastornante.

Fue a principio de la década de los 70 cuando descubrí su libro Las tiendas de color canela, publicado por Carlos Barral, muy interesado también en la obra de sus compatriotas contemporáneos Witold Gombrowicz e Ignacy Witkiewicz. Más tarde pude leer El sanatorio de la clepsidra en traducción de Juan Carlos Vidal, quien años después tradujo la Obra completa para la editorial Siruela.

Su literatura no ha tenido una difusión masiva en castellano, pero está considerado como un gran fabulador, admirado como un autor de culto, raro, morboso y sufriente. De ahí que sea acertada la denominación dada a la exposición: El país tenebroso. Esa «penumbra iluminada por las velas» que es la imagen recurrente de su infancia presente en su prosa y en sus dibujos.

Los espectadores españoles tienen referencias propias para entender la obra pictórica de Schultz, y ellas están en muchos de los grabados de Goya y en el mundo esperpéntico de Solana. Ejemplos de Goya están presentes en un apartado de la muestra en la que se subrayan coincidencias con artistas como Weiss, Wojktkiewicz, Witkiewicz, Jan Lebenstein, Félicien Rops, Max Klinger, Grosz o Beardsley.

Se ha logrado reunir grabados de El libro idólatra, en los que Schultz hace alarde de su peculiar erotismo, con sus mujeres sádicas y sus hombres humillándose, siempre con una ironía a veces demasiado amarga, y una violencia sorda que no logra ocultar el sometimiento. Los dibujos que sirvieron de ilustraciones a sus libros de narraciones son el grueso de la obra expuesta, entre la que destaca una sola pintura sobre cartón de 1920 titulada Encuentro, en la que vemos dos siluetas de mujer y un joven rabino en una calle de la ciudad.

Al contemplar las imágenes, los libros, las cartas y fotografías, tenemos un sentimiento arqueológico, de ser testigos de los restos supervivientes de una obra mucho más extensa pero que fue destruida o perdida por la guerra, como la novela Mesías que se la tragó la Historia. Sabemos que Schultz trató de salvar muchas de las piezas que hoy contemplamos, pero que también tuvo que pintar retratos realistas para los soviéticos que ocuparon primero su ciudad, y luego para los alemanes que llegaron después y exterminaron a los judíos de Droh-bicz. Un mural suyo, que pintó para la habitación de los niños de un oficial de la Gestapo, ha sido trasladado hace unos meses al Museo del Holocausto de Jerusalén. Se conoce el nombre de su asesino; un tal Karl Günter le disparó dos tiros.

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