Lo que está en juego en el próximo congreso del PNV (diciembre 2007-enero 2008, aproximadamente) no es sólo la elección del nuevo EBB (órgano de dirección máximo del PNV). No es un congreso más.
Probablemente el viejo Partido Nacionalista Vasco se enfrente a una definición estratégica capital para su proyecto y, por ende, igualmente fundamental para los vascos y para España. El famoso artículo de Imaz del domingo 15 de julio, “No imponer, no impedir”, constituyó un auténtico envite ideológico a sus rivales, además de un gesto de autoridad y de convicción en sus creencias. Como se sabe, Imaz salió así al paso de la iniciativa del lendakari y de sus socios de gobierno, EA e IU, e torno a una consulta popular relacionada con la autodeterminación (o algo parecido).
Para contextualizar este debate, debemos recordar algunos episodios claves de la historia reciente del PNV y del País Vasco. En primer lugar, conviene tener en cuenta que toda la historia de ese partido ha estado atravesada por esa dicotomía que caracteriza el debate actual entre estatutistas pragmáticos y soberanistas independentistas.
Aunque los términos son demasiado esquemáticos y caricaturizan un debate más complejo, en el fondo, y como es natural en un partido nacionalista, la ambición estatal, es decir, la aspiración última de otorgar un Estado a una nación que se considera tal, y que no lo tiene, abre un abanico de posiciones estratégicas que definen el pragmatismo de unas o la radicalidad de otras. Así ocurrió con el propio Sabino Arana, fundador del PNV, al que se atribuyen posiciones mucho más moderadas al final de su vida y siguió después con tensiones constantes, incluidas las escisiones, entre esas dos almas que caracterizan el llamado “péndulo patriótico” del PNV.
Pero ese viejo dilema se envenena, en el caso vasco, por la aparición en los años sesenta de ETA, al fin y al cabo, una escisión más del mundo nacionalista, que, en pleno franquismo, optan por la vía violenta para defender su vieja causa. Desde entonces, el PNV ha estado condicionado por una organización y un entorno político a los que siempre han mirado de reojo por competencias electorales e ideológicas, aunque siempre conscientes de que, aun representando un ideal identitario semejante, su rechazo y tajante condena de la violencia no les permiten compartir ni método, ni fines.
Proceso de paz
Por eso, el actual debate estratégico del PNV no puede entenderse sin una referencia, aunque breve, a las posiciones de este partido en relación con el proceso de paz. En 1988, Ardanza lideró el Pacto de Ajuria-Enea. Diez años después, Ibarretxe fue elegido sobre los efectos del Pacto de Estella. Las diferencias entre ambos son antagónicas. El primero, el Pacto de Ajuria-Enea, era la unidad de los demócratas frente a los violentos liderado por el lendakari y el PNV en un gobierno de coalición con el PSE.
El segundo, el Pacto de Lizana, era la unidad de los nacionalistas frente a quienes no lo somos, con un gobierno vasco de nacionalistas apoyado en Batasuna. En el primero se negaba legitimidad alguna a la violencia y, en el segundo, ésta se explicaba en base al conflicto vasco (expresión ambigua donde las haya pero perfectamente reconocible por el nacionalismo como el imaginario milenarista de esa ideología). En el primero se negaba cualquier diálogo político con los violentos y en el segundo se establece en el reconocimiento de la autodeterminación y en la territorialidad, la pócima milagrosa que resolvería el conflicto y la violencia.
El Pacto de Lizarra o de Estella fracasó porque ETA volvió a matar en enero de 2000, pero Ibarretxe, vencedor de las elecciones autonómicas de 2001, persistió en sus postulados y se inventó un plan pretendiendo un propósito tan ingenioso como ingenuo. Incorporó a su Nuevo Estatuto las reivindicaciones soberanistas de ETA para deslegitimar su violencia, haciéndola inútil y contraria a su lógica política de mayoría nacionalista vasca que se impone en Euskadi a los no nacionalistas y consigue sus objetivos, con la ingenua intención de que eso obligaría a ETA a abandonar la violencia.
Ibarretxe, Eguibar, Arzallus, y otros dirigentes del PNV siguen en esto. EA los sigue, naturalmente, porque su único empeño político es ser más nacionalistas que el PNV, e IU y Aralar se dejan querer al calor de los puestos que ocupan en el poder. Todos ellos siguen empeñados en una política con estos parámetros, ajenos incluso a las recientes y esclarecedoras lecciones que ha dejado el proceso de paz de estos últimos años (2004-2007). Entre otras, conviene recordarlo, que ETA es ajena a un proceso político que ellos no protagonicen y rentabilicen y que sus pretensiones son tan antidemocráticas como imposibles en términos políticos.
Por eso anuncian la convocatoria de una consulta, por eso censuran el “inmovilismo” del Gobierno de Zapatero en ese proceso, por eso se oponen a la política antiterrorista del Gobierno, por eso reproducen el tripartito nacionalista en ayuntamientos y diputaciones como una alianza intocable; por eso siguen reivindicando un acuerdo entre nacionalistas en torno a la autodeterminación y Navarra para imponérselo a los no nacionalistas vascos, a los navarros, a España y a ETA. A todos, para de paso seguir liderando el país y ostentando todo su poder institucional, político y económico.
Imaz se ha plantado y ha dicho NO a ese intento suicida de fracturar la sociedad vasca en dos mitades identitarias que al mismo tiempo significa renunciar a vertebrar un país, un pueblo, y una ciudadanía plural. Ha dicho no a esa ingenuidad de creer que ETA va a renunciar a su historia y a sus pretensiones siguiendo al PNV en su liderazgo radicalizado. Ha dicho no a ese error estratégico de sumarse a las reivindicaciones de los violentos como forma de aplacarlos. Ha dicho no a esa pretensión antidemocrática de obtener ganancias para su ideario, como precio político de la paz.
Imaz ha dicho no a todas esas cosas y a otras muchas y ha planteado a su partido otra estrategia, otros objetivos, otros tiempos, otros principios. Imaz no ha renunciado a ser nacionalista. No se equivoquen. Su documento y su propuesta están llenas de ambiciones nacionalistas y, también, por ende, llena de dificultades políticas e incluso de dudas constitucionales bastante evidentes. Pero sus principios democráticos respecto a ETA son irreprochables y sus objetivos políticos responden a exigencias democráticas ineludibles. Por eso es tan importante esta elección.
El PNV ya tuvo la escisión de EA en 1984-1985 por una cuestión ideológicamente menor, la Ley de Territorios Históricos y el papel de las diputaciones forales, aunque en aquella ocasión había también un conflicto orgánico de liderazgos entre Sabin Etxea y Ajuria Enea, entre partido e institución (recuérdese la pugna Arzallus-Garaikoetxea). Ahora la naturaleza política del debate es, para mí, sensiblemente mayor y no cabe despreciar tampoco el enfrentamiento entre ambos liderazgos.
Sin embargo, no creo que el partido se divida. Ganará uno u otro (Imaz o Eguibar) pero el PNV seguirá siendo un partido grande, fundamental para los vascos y para España. Pero, de uno a otro proyecto, se perciben diferencias abismales para todos.
Ramón Jáuregui Atondo. Portavoz del PSOE en la Comisión Constitucional.

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