AQUI NO HAY PLAYA

Esa efigie del buitre en los altos de Madrid trae una soflama de ideas inquietantes. No sabemos si acecha a un banquero o a una panterita de la Pasarela Cibeles, párvulas que hacen de la calle un serengueti de gacelas con pata larga y caño estrecho. El caso es que el bicho está ahí, contando su carroña. Y ésa quizá seamos nosotros, carne vieja adelantada, vendimia de insomnes con corbata. Ha llegado el buitre a la hora justa, cuando no se le esperaba. Viene a recordarnos lo que en verdad somos en la ciudad cosmopolita, en la urbe subterránea, en esta corte de vicios y traiciones. Y ha hecho de nuestro cielo tibio su pasacalle de plumas, su alboroto de alas. Mientras abajo estamos en la quiniela absurda de la precampaña.

En este mogollón de las banderas y otros trapos inútiles, el buitre ha venido a proponerse símbolo o divisa, bestiario heráldico. Algo así como La vaquilla de Berlanga, que se dejó caer entre dos trincheras para hacerse imagen de rapiña, retrato putrefacto de un viejo país ineficiente. Para ser emblema como quiere el buitre es necesario dibujarse imperial en la Castellana, dejarse ver en el fascismo quieto de la altura, proponerse animal mitológico. Madrid no se conquista desde Valdemingómez, eso lo saben los pájaros salvajes, sino okupando el alerón de Torre Picasso; y si el animal es algo hortera, haciendo nido en la azotea del Bernabéu, como es el caso.

La gresca jacobina atrae mucho al carroñero. Este otoño/invierno va a venir con una sangre derramada de hipotecas de las que no habla nadie, porque en los despachos se está más por la conspiración y el tocomocho sucesorio, bien regado de ambipur el armario del crimen. Eso le tira más al buitre que el rollo de Monfragüe. Se ha dado cuenta de que en las grandes ciudades sobran cadáveres exquisitos, vivos o muertos. Y no sólo me refiero a los políticos. El buitre, alguien tiene que decirlo, nos está haciendo la capilla ardiente desde un rascacielos de Costa Fleming. En unas horas se ha enterado de que Madrid es un coñazo muy divertido. A fuerza de verlo todo, casi nada importa mucho. Digamos que es la anestesia de la sobreinformación mal digerida. Ahora queda ver de quién es el buitre en verdad, si del Ayuntamiento de Gallardón o de la Comunidad de Esperanza Aguirre. En uno de los dos se agazapa un fiambre político. Yo tengo mi candidato/a. Pero mola más observar al buitre impávido haciendo cetrería con el vecindario, hecho de hombres disueltos en generaciones de hombres que yerran, desde el travestón con nitrógeno en las tetas hasta el subsecretario de traje gris.

La realidad nos llega con un asma de noticias sin cumplir, sin concretar, sin remate. Medio país tiene la esperanza puesta en el Monte de Piedad por culpa de los que han enfangado la democracia con el complot de la corrupción (políticos, jueces, sarasas, maderos...). Y el buitre está aquí, ráfaga de cementerio, por lo que pueda caer. No se ha perdido.

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