EN LA COLUMNA DE UMBRAL / 22
Antiguamente las viudas vestían de negro hasta que doblaban el cabo de año de la muerte del marido. Después podían ponerse el alivio de luto. Blusas y faldas negras con lunares blancos. Ahora ya nadie lleva luto por nadie. Sólo esta columna se ha vestido durante 21 días de negro riguroso por la muerte de su autor. Así que va siendo hora de enfundarse el alivio de luto para poner negro sobre blanco algunos secretos de esa especie protegida que son -somos, con perdón- los columnistas. Este periódico fue un adelantado. Nada más nacer, EL MUNDO ya era el monumento más famoso del mundo por sus columnas, después del Partenón de Atenas. Luego los demás han ido copiándonos. Ya se habrán dado cuenta a estas alturas de que los columnistas no practicamos la modestia. Y ni falta que hace, ya dijo Schopenhauer que la modestia «en los grandes genios es hipocresía». La humildad nos parece cosa de pobres de espíritu y catolicismo de sacristía.
Los columnistas se creen -nos creemos- que todos los que compran el periódico nos leen, aunque sea en el momento de envolver el pescado. Por eso no comprenden -no comprendemos- por qué los directores, de repente y con alevosía, deciden prescindir de nuestros servicios. Cuando un columnista dice «mis lectores», ya está perdido para la vida civil y atado de pies y manos a la columna.
El columnismo engancha, como el poder o la droga, y no se conocen métodos de desintoxicación. Los columnistas se creen -nos creemos- líderes de opinión y ya nos pueden decir misa que no hay quien nos saque del error. Los columnistas se consideran -nos consideramos- la cúspide de la cadena alimentaria del periodismo y ni por todo el oro del mundo admitiríamos que nos pusieran el nombre en letra más pequeña que a otros.
Tengo compañeros que creen que los columnistas sólo buscan -sólo buscamos- el epitafio de la tumba de Maquiavelo en la Iglesia de la Santa Croce de Florencia. «Tanto nomine nullum par elogium». O sea, «no hay suficientes elogios para tan gran hombre» Discrepo. Después de casi 20 años tratando con toda clase de líderes, coincido plenamente con las últimas tendencias del psicoanálisis. Los columnistas, como todas las personas, se pasan -nos pasamos- la vida buscando el cariño de nuestra madre.
Así que te voy a quitar un peso de encima, director, y bien que lo siento. No quiero la columna de Umbral, que en paz descanse si se lo permiten las toneladas de incienso. No sabría qué hacer con ella. Podría imitar el estilo de su creador, pero resultaría un poco patético. Podría someterme a un lavado de cerebro para reconvertirme al machismo, pero mis amigas me retirarían el saludo. Podría ir al Café Gijón, pero me han dicho que es un sitio donde no te dejan ni sentarte. Podría trasladarme a vivir en una dacha en el campo, pero no me da el sueldo. Podría tener la suerte de vivir con una persona tan buena y generosa como María España, pero no es el caso. Podría estudiarme el guión de memoria y nunca sería capaz de convertirme en un personaje de teatro. Ni siquiera soy capaz de imaginar cómo se puede vivir después de enterrar a un hijo.
Lo único que podría hacer es ir a comprar el pan porque ya lo hago. Pero con esto no vamos a ninguna parte.
Así que no insistas, director. No soy digna de que entres en mi casa, aunque una palabra tuya bastará para sanarme.
© Mundinteractivos, S.A.

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