ANÁLISIS
Para que un evento acabe suscitando morbosidad ha de contener elementos muy primarios de supervivencia porque sólo éstos son capaces de activar el cerebro emocional.El amor, la enfermedad, la muerte, el sexo, el asco, el dolor, el miedo, el desamparo, la culpa, la vergüenza, el éxito social... tienen que ver directamente con las probabilidades de sobrevivir, y por eso disparan incondicionalmente el engranaje emocional, el morbo.
El morbo no es más que la necesidad imperiosa de comprender a fondo un comportamiento individual o colectivo que toca de lleno con cuestiones primordiales para la vida, para poder actuar después de manera adecuada. Visto así, es necesario y hasta aconsejable. ¿Qué más puede interesar a un cerebro humano que la desaparición de una niña pequeña? A una especie que antepone el cuidado de los hijos a todo lo demás, deben preocuparle todos los detalles que conciernen a un caso como el de Madeleine para poder encontrarla y evitar que desaparezcan otros niños. De esta manera lo "computa" automáticamente e irreflexivamente nuestro cerebro. Más tarde, por asociación, otros elementos del contexto no tan relevantes adquieren también poderosos reclamos de morbosidad: todo lo que en algún momento ha ido unido a alguna emoción básica acaba cobrando también fuerza emocional (el cerebro graba así señales importantes para usarlas en el futuro). Una emoción siempre será mucho más interesante en captar la atención que un simple acto locomotor por muy complejo que sea. Por eso, nunca una noticia como la del descubrimiento de un nuevo planeta producirá más interés que la de la boda de unos famosos, por mucho que la primera sea objetivamente más importante. Nuestro cerebro no ha cambiado demasiado en los últimos cien mil años y en nuestra cabeza sigue computado todavía que ver quién se casa con quién, o sospechar de la madre de Madeleine es más importante que la geología planetaria. A corto plazo es más provechoso.
Interesarse por la vida de los otros está escrito en nuestros genes e interpretado de forma innata por nuestras redes neurales desde los primeros años de vida. No olvidemos que somos una especie social y que, como tal, dependemos de las interacciones recíprocas con otras personas. Vivir en sociedad es beneficioso pero incluye tener cierto conocimiento de los congéneres, más cuanto más cercanos, por que según quién se tenga al lado puede resultar sano o traer consigo graves consecuencias. Todos sucumbimos al morbo, aunque hay diferencias entre las personas basadas en motivos tanto culturales como de temperamento biológico.
El único morbo detestable es aquel que no se hace en beneficio del objetivo primordial y natural: comprender qué ha pasado para decidir el comportamiento que mejor asegure la supervivencia propia y la de la especie.El morbo desproporcionado y el exiguo son poco efectivos. Y nutrirse, como lo hacen algunos medios, de la alarma social, haciendo que el grupo se interese obsesivamente y pierda el propio criterio tampoco es aconsejable por inútil e impropio.
Los descubrimientos recientes sobre las neuronas espejo y su implicación en la empatía emocional ya intuida anteriormente por la psicología experimental pueden explicar la fuerza de la curiosidad emocional morbosa.El cerebro busca entender pragmáticamente el comportamiento de los otros recogiendo sus señales emocionales y sus actos, para experimentarlos irreflexiva e inconscientemente como si fueran propios. Las neuronas espejo lo hacen, provocando en el cerebro del observador un estado motor y visceral parecido al de las personas protagonistas del evento emocional, como si se tratara más que de una imitación, de una especie de estado de resonancia o eco neural que se transmite desde el que tiene la emoción primera a quien la observa. Yes más, también la evocación imaginada de los hechos se da mediante un mecanismo espejo.Así, aunque en diversos grados de empatía, las neuronas espejo miran de comprender para orientar las relaciones interpersonales.
Los padres de Madeleine consiguieron transmitir la emoción de pena y de necesidad de ayuda en la gente. Pero ahora todo el mundo debe reorientar por empatía la nueva situación y entender la ambigüedad de las señales recientes del caso. Nuevas resonancias cerebrales deben activarse y el morbo,más que acabarse, no ha hecho más que comenzar.
XARO SÁNCHEZ, Doctora en Medicina, especialista en Psiquiatría. Hospital de Mataró -Consorci Hospitalari del Mare.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados