CANELA FINA

El Estatuto antesala de la independencia de Cataluña, el proceso de rendición ante Eta, preámbulo de la independencia de las Vascongadas, la alianza con el BNG, el partido independentista gallego, repercutió en las municipales que Zapatero, entre la indignación de los suyos, perdió con sonrojo. El think tank monclovita reaccionó enseguida y ha lanzado al presidente por accidente, con el fin de difuminar su estrategia de trocear a España, a manifestarse como el máximo patriota que los siglos han contemplado. Da grima, la verdad, escuchar a Zapatero sus proclamas españolistas en los mismos escenarios en que vendió la unidad de España por los treinta escaños que necesitaba para afianzarse en su poltrona del palacio de la Moncloa.

Ante el clamor de la opinión pública empujando al equipo de baloncesto, campeón del mundo, para que se alzara con una nueva victoria en Europa, Zapatero y sus cómplices creyeron que había que chupar cámara y asistir a la apoteosis española en la final del campeonato de Europa.

Menuda faena. España había derrotado holgadamente a Rusia y habría repetido la hazaña si hubiera luchado sólo contra los jugadores eslavos y no contra los elementos. El gafe de Zapatero se ha hecho célebre en el mundo entero. Los políticos internacionales le temen. Allí donde acude para apoyar a un candidato se puede afirmar que perderá las elecciones. Ni Yañez tenía semejante capacidad para gafarlo todo con su presencia. Sarkozy, por ejemplo, que conoce la jettatura de Zapatero movió Roma con Santiago para que el presidente español abrazara a Ségolène y la dejara para el arrastre. Antes Chirac, en el referéndum europeo, había probado la misma medicina gafatoria. El entusiasta apoyo zapateril a los rivales de Bush y Blair condujo a ambos políticos al triunfo. Merkel se benefició también del gafe Zapatero. Los socialistas alemanes, por ejemplo, gobernaban en Renania desde hacía cuatro décadas. Zapatero, Mona Lisa sonriente, se desplazó a la región para apoyar a Schröder y su partido. Y, claro, los conservadores, los democristianos, que no olían poder desde hacía 39 años, ganaron arrolladoramente.

El tiro de la victoria lo ejecutó muy bien el españolísimo catalán Pau Gasol, premio Príncipe de Asturias, pero lo que no podía imaginar el gran jugador es que Zapatero iba a gafar la proeza y el balón resultaría repelido por el aro. Una lástima, porque no sólo el equipo y su bravo entrenador se merecían la victoria. También el público de toda España, entregado a la gente del baloncesto, tras las tristezas del mediocre fútbol que hace nuestra selección nacional.

Ni el Príncipe ni la Princesa ni Almódovar ni Pedro J. Ramírez ni Serrat ni Raúl ni Nadal ni Aznar ni Ana Botella ni Rajoy ni siquiera Cayetana Alvarez de Toledo, la rubia melena al viento, tuvieron fuerza para contrarrestar el poderoso gafe del líder socialista. Y el partido se perdió para desencanto de todos, mientras Zapatero se retiraba con el oro de Moscú entre las manos tartamudas.

Luis María Anson es miembro de la Real Academia Española.

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