Resumo la visión de Francisco Umbral que avancé a su muerte. Fue acaso la última gran figura de la literatura española actual, aunque lo hayan negligido ésos de la coloración en gris, sorbida en las romas traducciones literarias e intelectuales al castellano que alimentan el mundete nacional; y los latinoamericanos a los que fustigó, fueran del brío o la pacotilla. Léanse de Umbral, al menos, Mortal y rosa,desolada y dulce meditación sobre la muerte de un ser querido; La noche en que llegué al café Gijón, feroz y entrañable galería de retratos culturales madrileños, y Diario político y sentimental,descarnado y veraz autorretrato de madurez...

Y muchos artículos, prodigio de adjetivación sensorial, aunque la rechutara manierista. Atento a la jugosidad idiomática de Valle, Rubén, Gómez de la Serna, Cela, Lorca, cuando les dedicó ensayos fueron mediocres. Y detestaba al deslavazado Baroja y al pulcro Azorín, para reivindicar al rebelde Larra sugiriendo que fue su antecesor, sin ser así. Yle fallaban la novela, la objetivada vida del otro en relato, y el acervo de ideas, aunque fuera pescándolas por ahí. Luego, en su etapa definitiva anduvo de comunistoide a derechón, olvidando su posibilismo en la situación caudillista.

Era subjetivo y arbitrario, con prontos genialoides, y por naturaleza y educación muy español, o sea, tan fantasmón y navajero como emotivo y anticatalanista, no leyó una línea en catalán aunque le gustaran el personaje Pla y la glosa orsiana. Yo debo agradecerle dos espléndidos textos sobre Caballos hacia la noche y Mediterráneo - que reedito ahora ampliado-.

Y venciendo Paco el complejo de haber nacido en la inclusa, de apellidarse en verdad Pérez Martínez, de ser un niño provinciano, batalló en la peor precariedad madrileña hasta triunfar en su máxima altura cultural, periodística, social e institucional, llevando con insolencia o arribismo el agua a su molino. Un tan formidable salto en Barcelona es imposible. Aunque fracasara él en su mayor empeño convencional: ingresar en la Academia Española, con la de pencos que hay allí. Pero le otorgaron los premios Nadal, Cervantes, etcétera. Y fue un metódico trabajador, no obstante le diera por los fármacos y al fin por la bebida; y obviando galanterías mantuvo una hincada lealtad hacia su mujer, María España.

Deseo reflejar un Umbral cierto, hasta orgiástico, más allá de la hiperbólica apoteosis fúnebre que le han dedicado, también a la madrileña. Fuimos camaradas, nos quisimos aceptando las mutuas divergencias, y nuestra última noche sublime fue con Cela, poco antes de su fin, con nuestras divertidas esposas y una espectacular señora Oriol.