LOS PARTIDOS ENCARAN EL FINAL DE LA LEGISLATURA
El 11 de septiembre ha marcado el inicio de un curso político que las tres grandes fuerzas -CiU, ERC y PSC- afrontan con nerviosismo. La gran batalla se centra en las elecciones españolas de marzo y sus consecuencias sobre el Gobierno de la Generalitat.
CiU, que tal como hemos vuelto a ver no es un partido, sino una coalición cada día más agrietada, es la más nerviosa. Por primera vez en muchos años no tiene el poder y marzo es su gran oportunidad. La apuesta es que si el PSOE gana por poco, CiU sea imprescindible. Entonces un pacto estable PSOE-CiU en Madrid podría cambiar cosas en Catalunya. Hasta aquí CiU va unida. Pero después los objetivos de Mas y de Duran divergen. Mas exige la inmediata ruptura del tripartito y la presidencia de la Generalitat. Por el contrario, Duran cree prioritario participar en el Gobierno de Rodríguez Zapatero (y su cartera de Exteriores), y da por hecho que, a medio plazo, el pacto PSOE-CiU radicalizaría a ERC y el tripartito saltaría por los aires.
La estrategia electoral también es opuesta. Duran quiere que -liquidado Piqué- CiU sea un gran bloque catalanista y moderado que encarne el deseo de orden. Y ello exige marcar distancias con el soberanismo radical. Mas cree que el centro-derecha no tiene mayoría y que la bandera de CiU ha sido siempre el catalanismo inclusivo. La fórmula Pujol seducía al catalanismo burgués de la Vía Augusta y a los jóvenes independentistas del Berguedà. Sería un error abandonar a ERC el voto soberanista.
De ahí la idea de refundar el catalanismo. Su guiño moderado es hablar más de catalanismo que de nacionalismo. Pero quiere incluir a los sectores más radicales -de dentro y fuera de CiU- que reivindican el Estatut del 30 de septiembre y coquetean con la independencia. El problema de Mas es que la conjunción catalanista solo la logró Pujol cuando ERC no era relevante. El ejecutivo Mas no es el patriarca Pujol y CiU perdió prestigio al mancharse con los excesos de Aznar. Artur Mas no lo tiene fácil, pero se ha lanzado a la batalla con ardor.
Pero también hay nerviosismo en ERC. La apuesta por la estabilidad del tripartito sigue. ERC ha aprendido del pujolismo que el poder hace partido. Pero tiene pánico a que el pacto con el PSC y con el PSOE la perjudique. La reacción de los electores está por ver, pero los militantes tienden al alarmismo. Y ahí están los Carreteros y Bertranes, con barra libre en alguna prensa, para acompañar a CiU en el relato de la traición.
ADEMÁS, LA coexistencia de dos líderes no es, tampoco aquí, un camino de rosas. Carod no renuncia al 2010 y a Puigcercós le quema el tiempo. ERC busca pues un discurso esencialista (o dos) que conserve las esencias y satisfaga a los militantes. Y la fórmula para este 11 de septiembre la encontró Carod con el desafío -radical, pero lejano- de un referendo en el 2014. Es posible que el vals entre Montilla y el 2014, y entre Carod y Puigcercós, continúe los próximos meses. Pero ERC tiene una asignatura pendiente. Puede ser un partido radical independentista, como lo era Estat Català, lo que dificulta la ambición mayoritaria. Pero puede también enterrar -como hizo Macià- a Estat Català y hacer de ERC un partido catalanista e izquierdista atrapa-todo. Y tiene que decidir si, como hizo Macià con Companys, Ridao será ministro de Marina. ERC va pues nerviosa a las elecciones españolas -en el 2004, con ayuda de Aznar tuvo unos resultados irrepetibles- y quiere mantener posiciones y seguir gobernando.
Y el PSC tampoco es una balsa de aceite. Montilla manda e inspira confianza a los agentes económicos y sociales. El 11 de setiembre ha acertado con las medallas de oro a Pujol y Maragall. Pero los fallos en los servicios públicos del Estado (Cercanías, gran apagón) o los atascos en las autopistas han hecho daño. Estos fallos no son culpa de Montilla. Ni de Zapatero. Son consecuencia de la escasa inversión pública durante muchos años. Pero el ciudadano no va a pedir cuentas al pasado. Exige soluciones ahora. Sin ellas, una parte del electorado socialista desanimado puede emigrar a la abstención.
El PSC necesita movilizar a sus votantes recuperando credibilidad. Ello exige como primera condición, imprescindible, pero en ningún caso suficiente, que los presupuestos del Estado cumplan la disposición del Estatut que garantiza un porcentaje de las inversiones en infraestructuras en Catalunya igual al peso de la economía catalana: el 18,9%. El año pasado este compromiso no se cumplió porque Solbes -reticente con el Estatut- optó por una definición estrecha de las infraestructuras.
AHORA VEREMOS si Castells es escuchado en Hacienda (su dureza la semana pasada sobre la contabilización de inmigrantes indica que planta cara), y si Montilla ha convencido a Rodríguez Zapatero. A la hora de escribir este artículo hay un cauto optimismo, pero "no diguis blat fins que sigui al sac i ben lligat". Si se cumple el Estatut, el PSC empezará a corregir el pesimismo dominante, recuperará moral y ERC no aplaudirá (necesita perfil propio), pero no romperá el discurso. Pero será solo el inicio de un camino difícil. La crisis de los servicios públicos ha sido muy grave, pero además ha habido pescadores en río revuelto porque la izquierda no tiene (quizá no sabe tener) el control social que tuvo el pujolismo. Y tampoco es fácil imponerse a las reticencias de los Solbes, Bono, Chaves... Por eso hay nervios en el PSC. Pero los socialistas catalanes tienen un arma: si los electores les castigan, le propinarán una gran patada, pero en el trasero del presidente del Gobierno (el PSC le saca al PP en Catalunya 15 diputados, la diferencia existente entre el PSOE y el PP en el Parlamento español).
Joan Tapia. Periodista.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados