La Coctelera

Reggio

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17 Septiembre 2007

Cuando un mes es domingo, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España

Se puede ver cómo va el mundo sin tener ojos. Mira con las orejas. Ve allí cómo un juez enjuicia a un ladrón sincero. Presta el oído. Cámbialos de sitio por arte del birlibirloque ¿Quién es el juez? ¿Quién es el ladrón?(... ) El usurero hace prender al ratero; los vicios pequeños se ven a través de los andrajos; pero la púrpura y el armiño lo ocultan todo (... ) Escucha, amigo mío, te lo digo yo que tengo el poder de cerrar la boca del acusador. Ponte anteojos y, como un político rastrero, aparenta ver lo que no ves.

Shakespeare. «El Rey Lear».

Acaso el domingo sea a la semana lo que el mes en curso es al resto del año. Puede que, a pesar de los dos meses añadidos en su momento que hacen que septiembre no sea el séptimo en el calendario como le corresponde etimológicamente, algo quede de aquella manera de fechar y datar. Es posible que siendo septiembre el reinicio de la mayoría de las actividades, en jornadas como éstas vivamos algo similar a esa melancolía que se apodera de nosotros las tardes de cualquier domingo; o, que más crudo aún, estemos atravesando las primeras horas de un lunes tras un aprovechado y grato fin de semana.

Cuando un mes es domingo. Cuando lo que queda por delante, en su más declarada inmediatez, abruma. Pensemos por un momento en el curso político que va arrancando a golpes declarativos, cuya mayor singularidad consistirá en que va a ser forzosamente entre cuatrimestral y semestral. En la segunda quincena de febrero, los partidos concurrentes se examinarán antes sus electores, mientras que éstos pondrán a prueba, con independencia de su voluntad, la paciencia que es obligada en tales lides, en las que cada vez se sienten menos implicados.

Curso político con carácter cuatrimestral/ semestral en el que se barrunta mucho abstencionismo por parte del electorado. Por tanto, el programa a seguir hasta entonces, salvo sorpresas, no parece contar con demasiado atractivo. Y hay constancia también de que el período que se abrirá tras la cita con las urnas será acaso demasiado largo. De aquí a marzo, el tiempo político se contrae. De entonces en adelante, puede que se dilate demasiado.

Y no se pierda de vista que este contraído curso político que está echando a andar tendrá en sus inicios una efeméride reciente en términos históricos muy importante, como es el 25 aniversario de la irrepetible victoria que cosechó González en octubre del 82. No podría ser de otra forma: la España del 82 es muy distinta a ésta. Los sesentayochistas que entonces asumían el poder político sentirán inevitables nostalgias. La generación anterior posiblemente sufra también su particular añoranza: la de haber creído entonces que aquel vuelco electoral iba a transformar el país, al menos en una dirección muy distinta a la que en verdad se produjo.

Seguro que habrá evocaciones desde muchas de las instancias oficiales y oficiosas de la vida pública. Pero en realidad todo ello no irá más lejos de lo que constituirá un alto en el camino, rumbo a las elecciones de marzo, en las que es seguro que las esperanzas de la sociedad serán de mucho menor intensidad que entonces. El paso por esa conmemoración también dejará en muchos el rescate de un sabor agridulce de una alejada tarde de domingo que a día de hoy vivimos por anticipado.

Se asegura, por ejemplo, que los recursos más importantes ante el Tribunal Constitucional no se resolverán hasta después de la próxima cita con las urnas. Si bien se piensa, las reformas de los estatutos de autonomía no irán en serio hasta que el país se pronuncie en marzo de 2008. Si bien se piensa, las políticas municipales no se desplegarán de forma significativa hasta que transcurra la jornada electoral de la que venimos hablando. Y esos despliegues en algunos casos dan miedo.

Cuando un mes es domingo, cuando lo inmediatamente venidero no ilusiona, cuando se sabe que estamos en vísperas de muchos ruidos y furias que quedarán en mero alboroto, lo que apodera el ánimo es el deseo de que la travesía inmediata transcurra veloz, de manera que lleguemos cuanto antes al escenario que vendrá después, al menos más pausado.

Cuando un mes es domingo, los síndromes son tan esperables como indeseados. Para combatirlos, los remedios más eficaces son los de siempre: refugiarse en los paisajes, que pueden estar a la vista, o que también pueden recrearse, inventarse, hasta inventariarse, y en el ensimismamiento que va al encuentro de lo mejor que hay en nosotros mismos.

Cuando un mes es domingo. Cuando septiembre se aleja tanto y tanto de los séptimos cielos que hemos ido dejando atrás, y que tiran de nosotros como las vivencias más memorables que hemos tenido en días tan cercanos como irrepetibles.

Cuando un mes es como esas tardes de domingo en las que las que la languidez invade.

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Lector de artículos de opinión, fundamentalmente de política y economía, que pretende divulgar trabajos publicados por diferentes autores en otros medios digitales.

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