Cuenta el profesor Josep Fontana* que en 1818 el rey Fernando VII encargó a una comisión de jefes militares la elaboración de una historia oficial sobre la guerra de la Independencia. El informe describía la situación de España de esta forma tan llamativa: “En mayo de 1808 ni teníamos naves, ni ejército, ni armas, ni tesoro, ni crédito, ni fronteras, ni gobierno, ni existencia política”. A veces, escuchando a algunos líderes de la oposición da la sensación de España ha vuelto a abrazar una situación histórica similar.

El catastrofismo más descabellado se ha instalado en cierta clase política, hasta el punto de que el portavoz del Partido Popular en el Congreso, Eduardo Zaplana, ha llegado a proclamar que España está iniciando una 'etapa de incertidumbre y recesión'. Toma ya análisis económico fino y depurado. Otros dirigentes de su partido no le han ido a la zaga y han anunciado que las siete plagas de Egipto caerán sobre este país si las urnas no liberan a los españoles en marzo de 2008. Si hasta antesdeayer España vivía de la herencia de Rodrigo Rato, ahora resulta que, en pocas semanas, el castillo de naipes se ha desmoronado. Caminamos, por decirlo de una manera gráfica, hacia el diluvio universal. Una especie de castigo divino por lo mal que lo han hecho los socialistas.

El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, ha contestado a las críticas con una boutade. Ha sugerido que, gracias a su buen quehacer -supongo que los ciudadanos han colaborado algo en ello pagando sus impuestos y yendo a trabajar cada mañana-, España se ha colocado en la Champions League de la economía mundial. El comentario no hubiera estado mal si lo hubiera realizado en un mitin electoral, pero resulta que lo ha expresado en el Congreso de los Diputados, donde se supone que un dirigente político se prepara las intervenciones para hacerlas más matizadas y precisas. Aunque sólo sea por estar más cerca de aquella manca fineza que reclamaba Andreotti para la política española.

Una opinión pública desorientada

Ante tan abrumadora lucidez intelectual de unos y de otros, no es extraño que la opinión pública se sienta confundida -y lo que es peor, desinformada- sobre lo que está sucediendo en términos de coyuntura económica. No se trata de un problema menor. Este país, por si alguien no lo recuerda, destina cada año el 30% de su Producto Interior Bruto (PIB) a inversión, tanto pública como privada, por lo que un súbito empeoramiento de las expectativas económicas y empresariales puede afectar de manera determinante a la actividad económica y, por lo tanto, al nivel de empleo. Nadie invierte cuando el futuro aparece cubierto de sombras, y no precisamente chinescas. No estamos, por lo tanto, ante un asunto baladí, y de ahí la irresponsabilidad de la oposición cuando intenta demostrar -sin pruebas- que el barco se hunde. Nada más lejos de la realidad. Al menos en este momento histórico. La economía tiene mucha inercia, y ni siquiera la inactividad y hasta tancredismo del Ministerio de Economía a la hora de hacer reformas estructurales es capaz de hacer encallar la nave.

Como es de sobra conocido, la economía española crece desde hace más de una docena de años (con gobiernos del PP y del PSOE) por encima del 2%, lo que ha permitido crear en ese largo periodo más de ocho millones de empleos. Han leído bien. Lo nunca vista en la historia de España. El último trimestre, sin ir más lejos, el PIB creció en el entorno del 4% con una tasa de desempleo que ronda el 8%, todavía por encima de la media de la Unión Europea (UE), pero muy lejos de los insoportables niveles de los años 80 y 90. La inflación está controlada, el Estado gasta menos de lo ingresa (lo que permite presentar superávit presupuestarios) y la deuda pública se sitúa por debajo del 40% del PIB. Un cuadro macroeconómico, en definitiva, que para sí quisieran muchos países del entorno económico de España. Es, incluso, mejor del que había cuando España aprobó el examen de Maastricht.

Los problemas también existen

¿Quiere decir esto que la economía española no tiene problemas? Todo lo contrario. Los tiene, y muchos. Buena parte del empleo es precario, el acceso a la vivienda es una quimera para la inmensa mayoría de los jóvenes, la universidad española (pública y privada) es una auténtica calamidad, la productividad está por los suelos -por la falta de competitividad- y el alto nivel de endeudamiento de los hogares está estrechando la renta disponible hasta niveles incompatibles con la dignidad ciudadana en un país que presume de ser la octava potencial del mundo. Y todo ello sin contar la baja cuantía de las pensiones públicas, los problemas medioambientales o los daños colaterales generados por un sistema educativo y sanitario manifiestamente mejorables.

Es decir, problemas hay, y muchos, pero de ahí a decir que España se hunde hay un trecho. Y largo. Parece obvio que la economía se está desacelerando de una forma relevante, pero, incluso en el peor de los casos, el hecho de que la economía vaya a crecer entre un 2,5% y un 3% en 2008 no parece que sea para cortarse las venas. Peor anda media Europa y que se sepa nadie habla de recesión con tanta alegría.

Es verdad que este país es un tanto ciclotímico. Se pasa de la euforia a la depresión con una rapidez pasmosa, lo que puede explicar que de la noche a la mañana la solvente economía española -como le gustaba decir a Aznar- haya pasado, según algunos de sus correligionarios, del edén a formar parte del despojo universal. Ni tanto ni tan calvo.

Es indudable que buena parte de los éxitos económicos de los últimos años hubieran sido impensables sin las reformas económicas aprobadas durante la primera legislatura del Partido Popular. Gracias a esas reformas,

entendidas desde el primer día por la opinión pública por la labor pedagógica del Gobierno, (a lo que, sin duda, ayudó la experiencia traumática de la recesión de los años 92 y 93), la economía rompió muchos tópicos macroeconómicos (como que España era incapaz de crear empleo suficiente). Los éxitos posteriores están a la vista. España es el país que más puestos de trabajo ha generado en la UE (es evidente que se partía de niveles muy bajos). Y España es, igualmente, el país que más invierte en infraestructuras y el que puede presentar un mejor expediente académico durante los últimos 13 años (salvo Irlanda).

Por eso, sorprende el pesimismo que se ha instalado en buena parte de la opinión pública en los últimos tiempos, a lo que no es ajena la clase política. No es que el Gobierno sea incapaz de ‘vender’ los logros económicos (algo que es irrelevante siempre que uno no tenga el carné del Partido Socialista), sino que es incapaz de hacer pedagogía, de explicar cómo están las cosas. Que a estas alturas de la película ni el vicepresidente económico ni ninguno de sus secretarios de Estado haya comparecido en el Parlamento para explicar el nuevo escenario económico es de aurora boreal. No basta con acudir a la Ser o a otra emisora amiga. Ni siquiera con echar por delante al gobernador para que dé explicaciones. La democracia tiene unos cauces de participación, y eso es lo que se le ha olvidado al Gobierno: hacer pedagogía a través de las tribunas públicas, explicando los problemas pero también las posibles soluciones.

¿Y qué decir de la oposición? Agarrada a ese letal principio -como se pone de manifiesto en la renovación del Poder Judicial- de que cuanto peor (para el país y para el Gobierno), mejor para ella.

Estamos ante un verdadero dislate que es todavía mayor si se tiene en cuenta que, en economía, las expectativas juegan un papel cada vez más relevante en las decisiones de los agentes económicos. Por lo que, si al final la opinión pública entiende que vamos hacia el desastre, es algo más que probable que todos acabemos en el matadero.

*La España del Liberalismo Crítica/Marcial Pons