La Coctelera

Reggio

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16 Septiembre 2007

Sin ilusión, de Cristina Sánchez Miret en La Vanguardia

Llevamos días oyendo decir -a los que han disfrutado de vacaciones, claro- que no hay ganas de ir a trabajar. Nosotros mismos en algún momento lo hemos expresado. Se hace cuesta arriba volver a la rutina, tanto a la del trabajo como, en general, a la de la vida diaria, sea ésta del tipo que sea.

A veces uno no es consciente de lo que dice, otras veces se dice porque parece que toca o se hace para empezar una conversación, como aquel que habla del tiempo.

Es significativo que aunque no todo el mundo se queja - hay quien agradece mucho volver a la normalidad-, cada vez es más habitual que antes de las vacaciones se hable muy a menudo de ellas y que cuando se acaban el tema de conversación recurrente - aparte de contar todo lo que se ha hecho y lo bien o lo mal que han ido- sea hablar de nuestro pesar por tener que volver a trabajar.

Piensen por un momento cuántas veces lo han oído estos días o lo han dicho, o lo han pensado más o menos insistentemente. Fíjense también en que este pesar ha sido expresado por gente muy distinta tanto en edad, sexo o procedencia, como en tipo de trabajo. Incluso puede ser que lo hayan oído de alguien que parecía imposible - conocemos bien a la persona y sabemos no sólo lo trabajadora que es sino lo que le llega a gustar su trabajo- que se expresara en esos términos.

Algo está pasando. Quizás el aumento del fenómeno sólo responde al efecto de saber que existe algo llamado síndrome posvacacional, del que leemos recurrentemente cada año por estas fechas. ¿Nos identificamos con la dolencia que antes pasábamos sin nombrar ni reconocer para estar - consciente o inconscientemente- a la moda? O quizás no, y lo que pasa es que realmente nuestra sociedad en este sentido ha cambiado; ya no tiene como uno de sus valores principales el trabajo y por ello cada vez es más difícil dejar de estar de vacaciones y enfrentarse a las tareas diarias.

Cuesta ir a trabajar, y se entiende: casi nadie trabaja por gusto, necesitamos trabajar para poder mantenernos y además - aunque parezca lo contrario- no elegimos mayoritariamente el trabajo que tenemos. En cualquier caso, incluso cuando estamos contentos con él, es difícil que sea perfecto y que no haya algún aspecto de él que no nos satisfaga. Siempre ha sido así, aunque parece que a cada generación que pasa esta carga es efectivamente más difícil de sobrellevar.

Pero ¿y nuestra vida en general? Ha de haber algo más aparte del peso del trabajo para que el número de depresiones y otras clases de dolencias psicológicas hayan aumentado tanto y sigan haciéndolo sin parar. La prevalencia de este tipo de trastornos es actualmente una de las grandes preocupaciones de las autoridades sanitarias. Su incremento es especialmente nocivo por los efectos negativos que tienen para nuestra vida, tanto desde el punto de vista individual como colectivo, puesto que son enfermedades que hacen que tanto nuestra salud como nuestro bienestar se empobrezcan sobremanera.

A cada año que pasa damos más la impresión de ser una sociedad cansada y sin ilusión. Las cifras de casos de trastornos psíquicos aumentan sin parar y ponen de manifiesto que no estamos bien, que algo no funciona y que no somos capaces de encontrar salida a aquello que nos hace sentir mal. No nos podemos conformar y hay que encontrar soluciones porque es especialmente alarmante pensar que todo ello puede hacer peligrar nuestra capacidad para disfrutar de la vida.

CRISTINA SÁNCHEZ MIRET. Socióloga.

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Lector de artículos de opinión, fundamentalmente de política y economía, que pretende divulgar trabajos publicados por diferentes autores en otros medios digitales.

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