LA TERRAZA

Les gusta el rugby? A mí me encanta, y como estamos en pleno Campeonato Mundial -el sexto que se celebra desde que fue creado en 1987-, mucho me temo que tendrán que zamparse ustedes como mínimo una crónica oval, o parte de ella. El anfitrión es la República Francesa, de modo que la mayoría de los partidos se celebra en los estadios del país vecino, lo que me habría permitido asistir a alguno de ellos siempre y cuando me hubiese despertado a tiempo, es decir, que hubiese pedido las localidades con la suficiente antelación. Porque quince días antes de inaugurarse el campeonato -el 7 de septiembre, en París- ya estaba todo vendido, al menos en lo que se refiere a los partidos que a mí me interesaba ver, en Toulouse, en Burdeos, Nantes, Marsella y ya no digamos la final del próximo 20 de octubre, en la capital de Francia. Así que, a falta de poderlos ver en directo, he de conformarme con verlos en un pub que hay a cuatro cuadras de mi casa, en la plaza de la Sagrada Família, lo cual no deja de ser un sitio la mar de agradable.

El pub en cuestión no es otro que el Michael Collins, un pub irlandés, como su nombre -y qué nombre- indica; un pub donde iba a hacer el aperitivo con mi amigo Juan Marsé cuando éste vivía en la calle Sicília, junto a la plaza de la Sagrada Família, donde, por cierto, también tuvo un pisito durante unos años. El viernes, anteayer, jugaba Inglaterra contra Sudáfrica, a las 21 horas.

"Le match de la peur", como escribía Benoît Hopquin en la edición de Le Monde de aquel mismo día. Salí de casa diez minutos antes de las ocho y a esa hora ya me hallaba cómodamente sentado en un mesita situada al fondo del pub, en la parte habilitada para los fumadores, frente al televisor. Suelo ir una hora antes porque, siempre y cuando no juegue Irlanda, es la única manera de encontrar una mesa. En cuanto al ritual, es muy sencillo. Si juega Francia, voy siempre con la camiseta del equipo francés, y si juega otro equipo... depende de las simpatías que sienta por él en aquel momento: unas veces me pongo su camiseta -las tengo casi todas- y otras no. Este año, si la final fuese entre Australia y Nueva Zelanda (o Sudáfrica o Argentina), me gustaría ponerme la camiseta de los Wallabies que mi amigo y colega John William Wilkinson me trajo de su país, Australia. En cuanto al viernes, ese día no me puse la camiseta de ninguno de los dos equipos. Luego está la bebida. Durante los partidos, en el Michael Collins se consume mucha cerveza, mucha Guinness, pero yo me mantengo fiel a mi whiskey: tres Jameson, uno durante la hora que precede al partido, y dos más durante el transcurso de éste (cuando juega Irlanda sustituyo el Jameson por el Connemara, un malta irlandés, que me lo tomo, faltaría más, sin hielo, a palo seco). Por lo que respecta al tabaco, dos buenos habanos, robustos, de Partagás (el viernes) o de otra marca.

El partido del viernes era, como dijo Hopquin, el partido del miedo. ¿Miedo a qué? Pues a perder, así de sencillo. Inglaterra, la campeona de los Mundiales del 2003 -en la final ganó a Australia por 20 a 17-, muy tocada -Vickery, suspendido por dos semanas; Wilkinson, dudoso, recuperándose de sus lesiones (se quedó en el banquillo); con un Barkley incierto-, se enfrentaba a los Springboks, un equipo mucho más entero, al que muchos (yo entre ellos) daban como vencedor antes de comenzar el partido. Pero el miedo -el miedo de los ingleses- puede ser un buen consejero y a veces saca fuerzas de donde no las hay. Pero el viernes ese miedo no funcionó y los ingleses, lo campeones del mundo, se vieron vencidos y humillados (¡0 a 36!) por los Springboks.

En mi mesita se sentó, a mi derecha, un chico inglés, mira por dónde de Rugby, esa mítica población situada a unos 120 kilómetros al noroeste de Londres, entre Oxford y Cambridge, tal vez un erasmus, la mar de educado, que fumaba Camel y bebía Guinness conteniendo las lágrimas mientras aplaudía, cortés, las jugadas de los Springboks; y a mi izquierda ( "què puc seure, senyor Sagarra?"), el señor Ripol, padre de Oriol Ripol, un chico que juega en el Sale Sharks, un equipo inglés, junto a Cueto y a Seb Chabal, un gigante (1,92 de estatura y 115 kilos de peso) de Beaumont-lès-Valence; un gigante al que los All Blacks, los neozelandeses, le tienen mucho respeto -los periódicos de allí lo llaman, por su barba y su cabellera, el Hombre de las Cavernas-, y al que en el partido inaugural de la Copa del Mundo (el pasado 7 de septiembre, entre Argentina y Francia), el seleccionador francés sacó en la segunda parte, en plan impact player, y si bien no causó ningún estropicio y no marcó ningún ensayo, no dejó de producir un cierto efecto, para aplacar, en parte, la decepción del señor Sarkozy y de la parroquia (entre la que me incluyo) por el mal juego de la selección francesa.

Pues bien, durante el partido del viernes, el señor Ripol no paró de lamentar la serie de oportunidades que habían desaprovechado los ingleses. ¿Dónde estaba el miedo, el fructífero miedo? Yo, la verdad, no lo vi por ninguna parte. Salvo alguna escapada del alero inglés, Jason Robinson, el mejor de su equipo, que se lesionó, apenas vi nada en el equipo de Inglaterra. En cuanto a los Springboks, sometieron al enemigo a un placaje brutal y nos ofrecieron, gracias a Bryan Habana (Bryan, en homenaje a Bryan Robson, el jugador del Manchester United), algunos de los momentos más espectaculares del encuentro. Ese Habana es un chico estupendo: 26 ensayos en 29 partidos internacionales, los cuales, con el de ayer, deben ya superar la marca del también mítico springbok Breyton Paulse.

No fue un gran partido, ni de lejos. Los ingleses lo tienen crudo, pero, al margen de ello, el partido del viernes en el estadio de Saint-Denis quedará como el partido en el que el ciervo sudafricano humilló (0 a 36, y podrían haber llegado a 50) y se zampó a la rosa inglesa. Los Springboks, en cambio, lo tienen bien para llegar, cuando menos, a las semifinales. Y dicho esto, permítanme que me saque el sombrero ante Joël Jutge, el único árbitro francés del mundial, que arbitró ese Inglaterra-Sudáfrica con gran elegancia, sin dejarles pasar ni una, sobre todo a los ingleses.

Un lector de este diario se dolía la pasada semana de que La Vanguardia no ofrezca en sus páginas deportivas una crónica o una información, por pequeña que fuese, sobre el Mundial de rugby. Todo se andará. El rugby, mal que nos pese a algunos, se ha convertido en un espectáculo y desde que se creó la Copa del Mundo ha entrado descaradamente en lo que se conoce como el sport business, vamos, como el Barça. España no juega en la Copa del Mundo, de acuerdo. El rugby todavía es aquí un deporte minoritario, con reglas desconocidas para la amplia mayoría, de acuerdo. Pero un Sébastien Chabal, como antaño un Jonah Lomu, el bulldozer maorí, pueden hacer milagros. Sobre todo entre el público femenino, las nietas de aquellas santas mujeres que desgranaban el rosario en las tardes más bien tristes de la Barcelona eucarística mientras soñaban con los cuixots de Kubala. Cuando empezó, en 1987, la Copa del Mundo de rugby, los beneficios (el negoci) pasaron de un millón y medio de euros (para la Internacional Rugby Board) a 133 millones en el presente año. Y eso lo sabe el señor Roures y el hijo del señor Polanco. ¿El rugby en lugar de los toros en nuestra televisión? Y por qué no. Hay jugadores en los All Blacks, en los Springboks, en los Wallabies, en los Pumas, entre los franceses, los escoceses, los irlandeses, los italianos, los hijos de Samoa, de Tonga y de las islas Fiyi (sin olvidar a los catalanes y los vascos) que nada tienen que envidiar a un Mihura.

Todo se andará. Pero antes de que esta monstruosidad inunde las pantallas de nuestros televisores, les invito a que me acompañen, el próximo viernes, 21 de septiembre, a las 21.00 horas, en el Michael Collins, a ver el Francia-Irlanda, con camiseta y Connemara. ¡Allez, les bleus!... Pobrets...

Al tiempo que les invito a la lectura de Canvi de peu, de Jordi Homs (Mar Blava-Llibres de l´Índex, 2002), una excelente novela, la mejor novela que jamás se haya escrito aquí... sobre el rugby català.