¿El catalán medio se enfada con facilidad? ¿O es tan dócil como a veces semeja?
El català emprenyat es el paciente ciudadano anónimo que paga sus impuestos y lleva una vida más o menos ordenada hasta que un buen día, insatisfecho por la atención que recibe, comienza a tocar el claxon cuando pasa por el peaje de la autopista, bloquea las vías de cercanías para protestar por la mala calidad del servicio o reclama una compensación económica por el último apagón eléctrico. El término que resume este estado de ánimo, acuñado por el periodista de La Vanguardia Enric Juliana, ha hecho fortuna. En los últimos meses numerosas personas se han identificado, a través de emisoras de radio o de cartas al director, con esta figura.
El emprenyat, ¿forma parte del carácter catalán, en el supuesto de que exista un carácter específicamente catalán? ¿El catalán medio se enfada con facilidad? ¿O es tan dócil como a veces semeja? ¿Hay precedentes históricos de enfados similares? ¿Cómo acabaron? ¿Sirvieron para algo?
"El catalán experimenta cambios de carácter súbitos -cuenta el historiador Francesc Cabana, autor de numerosos libros sobre la burguesía y la industrialización de Catalunya-. Durante largos períodos, el ciudadano es capaz de ir aguantando, hasta que de repente, ante la acumulación de agravios, experimenta una explosión difícil de controlar y fuera de medida. Sucedió a menudo en el siglo XIX, pero también en el XX, con la Semana Trágica, que los historiadores todavía no se explican, o la huelga de La Canadiense. Cuando la explosión fue violenta, las cosas acabaron mal porque propiciaron la intervención represora del Estado. Pero a veces las explosiones son pacíficas, como en las multidinarias Diada de 1976 y 1977".
El historiador Josep Maria Solé i Sabater dice que el catalán pasa "sin fases previas del seny a la rauxa, de la placidez al Dragon Khan. Es una disfunción que tenemos. Es como un tifón o un volcán que surge de la nada, estalla sin control y desaparece. Actuamos sin moderación. Como un péndulo, vamos de un extremo al opuesto. Quizá sea debido a lo abrupto de nuestra geografía o a nuestra historia. Hace poco un profesor italiano me comentaba que a los catalanes no nos acababa de entender. ´No te preocupes´, le dije. Yo tampoco".
El sociólogo Salvador Giner, presidente del Institut d´Estudis Catalans, sostiene que el catalán es somiatruites. "Es algo endémico: nunca está contento con la situación de su país. Somos una nación enferma desde la Guerra dels Segadors. Nos desagrada nuestra situación en el mundo, y hemos acabado por interiorizarla en nuestra forma de ser. Vivimos en un país pequeño que primero no encajó con Aragón y luego con Castilla. Siempre ha habido catalanes emprenyats, y reaparecen cuando nos damos cuenta de que las cosas no funcionan. Tenemos momentos de euforia, pero son breves porque somos infantiles".
Salvador Giner opina, de todas formas, que este deje rondinaire tiene una vertiente positiva. Porque inmediatamente después de expresar su protesta, en lugar de caer en el fatalismo, el catalán se pone a trabajar.
Giner cree que se pasa con suma facilidad de vivir en el oasis catalán al català emprenyat. Jordi Sànchez, director de la Fundació Jaume Bofill y aficionado a la gastronomía, prefiere hablar de una Catalunya "al baño maría. Se va cociendo con lentitud, va haciendo chup chup a pesar de todos los agravios, y nunca hierve de forma espectacular. Los políticos hablan mucho, pero es simple retórica. Ninguno está dispuesto a subir el fogón".
Jordi Sànchez considera que "la gente se emprenya cuando se encuentra ante un déficit prolongado de servicios, pero una vez el problema no le afecta, vuelve a la normalidad. La cultura política de los catalanes es de no generar conflictos, sino de interiorizarlos e ir aguantando. La rauxa no forma parte de nuestro comportamiento colectivo a excepción de estallidos puntuales. La rebelión es propia de gente que no tiene nada que perder. Nuestra disposición a asumir riesgos es más bien baja porque vivimos bien. Somos acomodaticios, buscamos elementos de conciliación. Nuestros cabreos son de tertulia de café. ¡Ni siquiera ha aparecido alguien que proponga dejar de pagar el billete de tren ante la prolongada ineficiencia del servicio de Renfe!".
Manuel Delgado, profesor de Antropología de la Universitat de Barcelona, niega que Catalunya sea una sociedad sumisa. "Barcelona es una de las ciudades más bombardeadas de Europa. ´Para gobernar España hay que bombardear Barcelona cada 50 años´, decía Espartero".
Delgado reivindica el derecho a la rebelión como un valor democrático. "La educación en la ciudadanía implica entre cosas cabrearse. Es una obligación. La sumisión, el conformismo, la amabilidad compulsiva, dar pruebas de nuestra avidez por colaborar está en las antípodas de cualquier sentido democrático. Nos tenemos que pronunciar ante situaciones de las que nos podamos sentir víctimas. ¿Cuál es la alternativa, sino, limitarnos a votar cada cuatro años y contemplar los fuegos artificiales que paga el ayuntamiento? Esto son mecanismos para apaciguar el conflicto. La capacidad para cabrearnos por razones morales nos diferencia de los animales".
Una de las últimas ocasiones eu que los barceloneses alzaron la voz fue en 1951, en plena dictadura. Se anunció que el billete de tranvía subiría a 70 céntimos, mientras que en Madrid seguía a 40, y surgió una protesta que propugnaba que durante un día los barceloneses dejasen de usar el transporte público. La respuesta fue unánime y, a pesar de la lluvia, los vagones circularon vacíos.
La situación no es extrapolable a la actual, sostiene Fèlix Fanés, que en 1978 escribió el libro La vaga de tramvies de 1951. "Habían pasado 12 años desde el fin de la guerra civil y las cosas no mejoraban. Además existía cierta irritación política y la protesta tomó una dimensión antirrégimen que acabó en huelga general, la destitución del gobernador civil y una dura represión. Eso sí, las tarifas bajaron. Hoy existen mecanismos para paliar el descontento. La situación de cabreo actual no pasa del nivel 1". En un sentido parecido se manifiestan las otras personas consultadas.
El escritor y periodista Valentí Puig y el historiador Jaume Fabre se niegan a entrar en el juego de las generalizaciones. Ambos creen que Catalunya no es una realidad homogénea. "El seny i la rauxa forman parte de la psicología colectiva que se ha popularizado y que, en lugar de aclarar, confunde. Permite ir tirando sin afrontar la situación real, que no es otra que la existencia de muchas Catalunya", afirma Puig. Jaume Fabre, por su lado, opina que "el déficit de infraestructuras es una realidad objetiva, pero a mí esto de hablar de los catalanes son así o asá me da miedo, conduce a enfrentamientos. Creo más en buscar lo que nos une, la solidaridad".
Las opiniones e interpretaciones sobre el fenómeno son diversas. Mientras tanto, muchos ciudadanos siguen emprenyats. "¿Cuántos?", se pregunta Valentí Puig.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados