LAS CARTAS BOCA ARRIBA
La temporada comienza con una separación, provocada por la imposibilidad de Cayetana Alvarez de Toledo (jefa de gabinete del secretario general del PP) de mantener esta relación epistolar debido a la cercanía de la campaña electoral. Esto obliga a Anson a poner sus cartas boca arriba. El retorno al teatro de Ana Belén y las lecciones de magia taurina que José Tomás ha brindado este verano son las primeras.
CAYETANA ALVAREZ DE TOLEDO
Rajoy acierta al exigir al partido que se dedique a ganar las elecciones
Querida Cayetana...
Eres que no sé cómo eres de tan estupenda que eres. Tienes la inteligencia rubia, la cintura gris, el corazón en calma. Se escucha en los artículos que escribes tu voz suelta y delgada y te pareces a un verso de Neruda, niña dorada y ágil. Durante un año hemos viajado juntos -dos en la carretera- por el periódico de Pedro J., sorteando escollos, badenes y rubalcabas. La verdad es que nos ha leído mucha gente, sobre todo tu amigo Zapatero, domingo tras domingo, sin un desfallecimiento. También Pepiño Blanco, claro. Hemos elogiado el mérito allí donde se producía. Hemos criticado sin tapujos los errores y los deslices. Hemos denunciado los abusos y las tropelías.
Estoy satisfecho del trabajo periodístico que, juntos, hemos amasado, con el asombro que siempre me ha producido tu cultura extensa, la belleza de tu escritura, la sagacidad de tus juicios. Aunque no comparto yo algunos entusiasmos tuyos, la verdad es que me ha dejado triste saber que no puedes continuar el viaje conmigo porque esa vieja zorra que es la política te reclama. Ojalá Rajoy te presente en Madrid o en un lugar cercano para que no perdamos el contacto habitual. Me encantaría poder votarte. Tú sabes mejor que nadie desde esa burocracia anquilosada de Génova, lo que nos jugamos los españoles en las elecciones generales. Si Zapatero gana dedicará el segundo tiempo del partido con Eta a rendirse ante la banda y a otorgarle las mercedes que exige: Navarra y la autodeterminación.
No me puedo sumar a tu optimismo. Pero todavía está el PP a tiempo de amarrar algunas alianzas sin las cuales, aunque gane, no podrá gobernar. Estoy seguro de que tu mano izquierda, a ver si se entera Acebes, puede contribuir decisivamente a despejar las frondas del camino. Rajoy no se ha equivocado al exigir al partido que se deje de remilgos y veladuras, de reyertas internas, y se dedique intensamente, abiertamente, a derrotar al PSOE en las elecciones.
Suerte, Cayetana, en tus nuevas funciones en el Partido Popular. Echarás de menos enseguida, ya lo verás, a ese demonio del periodismo que te brinca en las venas. Los lectores de EL MUNDO se acordarán de ti. Yo más que nadie.
JOSE TOMAS
Protagonizó en Barcelona el acontecimiento taurino del año
Querido maestro...
Eres el torero del silencio. Haces el toreo del silencio. Te expresas con el silencio, con la quietud, con el temple, enhiesto ante «la noble cabeza, negra pena, que en dos furias se encuentra rematada». Vicente Zabala, el mejor crítico taurino del siglo XX, me llamó un día a mi despacho del ABC verdadero. «No dejes de ver a un novillero nuevo, de Galapagar, creo. Tiene personalidad. Será figura», me dijo. Lo que son las cosas. Tras el accidente que segó la vida del inolvidado crítico sabio, presidí yo el Jurado que te otorgó el «Premio Vicente Zabala». Fue en Málaga, hiciste una faena erizante, incendiaste los tendidos, y durante la cena mantuvimos una larga conversación que no he olvidado. No sólo haces lo que sabes sino que sabes lo que haces. «Es todo un personaje», me había dicho Luis Abril. Y tenía razón.
No hay cáliz lorquiano que contenga la sangre que has derramado sobre la arena. No hay escarcha de luz que la enfríe ni cristal que la cubra de plata. Javier Villán escribió un libro como un poema sobre tu sangre y el toreo para que no se haga nunca verdad la frase del temor y el temblor taurinos: «El toro que ha de matarle está ya comiendo yerba».
Te fuiste, José Tomás, con un par a Barcelona desafiando a Carod Rovira y le coronaste de espinas. La plaza a reventar era la respuesta que diste a ese político menor que, en su obsesión antiespañola, quiere prohibir las corridas de toros en Cataluña. Protagonizaste así el acontecimiento taurino del año. Después te ha seguido el reguero de pólvora de los éxitos. Te vi en Avila en una tarde en que triunfaste aunque te ganó la partida El Juli que es un gran maestro. Y fui a Salamanca acompañado por Daría, la niña que sonríe, y por Belén, la belleza de la serenidad absoluta. Y por Carmen, una médica excepcional y su marido el doctor Abarca a cuyos desvelos y sabiduría le debe la literatura española que Paco Umbral prorrogara unos años su vida. Su viuda, España, con la que acabo de hablar, sigue desolada y está agradecidísima a los cuidados y atenciones que el escritor recibió en el Hospital Montepríncipe hasta su muerte.
La apoteosis salmantina de tu toreo, con un ganado desigual y seco, doró aún más las piedras de la Universidad. Convertiste el ruedo en una cátedra y se rindió el gentío. Sé muy bien los defectos que tiene tu toreo pero dejo a la crítica especializada que los subraye.
Yo, querido José Tomás, rindo hoy mi pluma ante el arte que derramas en la plaza y que es una explosión de la cultura profunda y popular.
ANA BELEN
Has tomado del brazo a Fedra y te la has traído para asombro del público de Madrid
Querida Ana...
Mira, la luna es de plata sobre los geranios rosas, mira, Ana, la luna es de plata melancólica... Es la luna... es el jazmín, aún los geranios son rosas. Mira, el jazmín está triste y la luna melancólica. Tu corazón y mi alma yerran solos por las sombras de esta larga noche azul, noche doliente de aromas». Los versos del poeta, con variaciones, se desgranaban como una fuga de Bach sobre el Teatro Romano de Mérida. Allí regresaba Fedra, en el mismo escenario que conoció la obra de Eurípides hace dos mil años. Me fui en pleno mes de agosto, a la hermosa ciudad extremeña, porque la niña Pilar Cuesta a la que conocí en 1966 en la Numancia de Cervantes retornaba una vez más, a la busca del tiempo perdido, a los escenarios teatrales.
Ahora, Ana, has tomado del brazo a Fedra y te la has traído al teatro Bellas Artes para asombro del público de Madrid. Excelente tu interpretación del personaje, también la de Alicia Hermida. Este muchacho, Fran Perea, a lo mejor no es tan malo como parece. Quiere darte la réplica, no puede, claro, y vocifera, gesticula, sobreactúa. A muchos veteranos les hubiera pasado lo mismo. Habrá que verle en empeños menos arriesgados. Si le jugara un partido de tenis a Nadal seguramente perdería 6-0, 6-0, 6-0. Como contigo.
Cuando hiciste el monólogo de Gabo García Márquez, hay que echarle valor niña, Diatriba de amor contra un hombre sentado, yo escribí: «Durante dos horas, Ana Belén gime, canta, que la sombra le enturbia la garganta, y susurra, se encrespa, grita, se entumece, se hace felina, se viste, se desnuda, se entristece, se alegra, ríe sarcástica, rezuma mieles y hiel, golpea, hiere, corre con la frente enhiesta, se deshabita, porque «nada se parece más al infierno que un matrimonio feliz».
Triunfas ahora con Fedra en Madrid, querida Ana Belén, y te recuerdo cuando eras una niña en tus clásicos de adolescencia hasta la explosión junto a Narros en Sabor a miel, cuatro o cinco años después de la Numancia. Te visité en el camerino. Eras la zozobra en carne viva con los ojos como carbones de Picasso y la nieve recién caída sobre los dientes. Te he seguido siempre en todo lo que has hecho: tu espléndida Antígona, el Tío Vania, La casa de Bernarda Alba, aquel prodigio de Hamlet, La bella Helena, en el teatro de Mérida también, y tantas otras obras. Y La Gallarda, ¿te acuerdas Ana?, con Rafael Albertien silla de ruedas y el público derrumbado ante Resplandores que fue toro de estrellas en el llanto sin fin de la Gallarda.
Y la canción, la televisión, el éxito constante, también en el cine, aquellos Amores del capitán Brando, dirigida por Armiñán, que vi en compañía de un Manolo Summers asombrado.
Y de pronto, cuando tengo llenos los recuerdos de tu vida, aparece Marina San José, en El cartero de Neruda y resulta que es hija tuya y que volvemos otra vez a Pilar Cuesta y yo recuerdo ya, para terminar esta carta, los versos del poeta: «Es tu hija, verdad, lo he adivinado por la estrella fugaz que hay en sus ojos, la cabeza inclinada y la manera tan tuya de mirar llena de asombro. Es tu hija, verdad, lo han presentido desde tan hondo unos vientos callados que dormían bajo las aguas quietas, en el pozo de los tiempos perdidos, donde guardo las hojas que cayeron de los sauces remotos. Tiene luz en la frente, tu misma luz, y el gesto melancólico. Tiene el cuello tan frágil como tú lo tenías y en el pelo los mismos pájaros locos. Tiene un viento de ayer entre los dedos y en el rostro tu firma escrita con otra sangre que no conozco».
© Mundinteractivos, S.A.

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