Siempre me ha interesado el hecho de que algunas personas alcancen una edad avanzada con gran brillantez y juventud mental. He estudiado esto con gente de mi mundo académico a quienes he tratado en sus avanzados ochenta e incluso noventa, como los premios Nobel Robert Solow y Paul Samuelson, capaces de mantener hoy un debate actualizado con un auditorio sofisticado, o intelectuales de la potencia de Peter Drucker y Kenneth Galbraith, que publicaron superventas globales después de cumplir los 90 años. Pero lo que me está ocurriendo ahora es insólito. Andrew Towl se graduó en la universidad en 1928 y fue profesor de la escuela de negocios de Harvard hasta su jubilación en los primeros años setenta. Andrew Towl debe tener por lo tanto unos 100 años. No fue profesor mío ni lo he tratado nunca. Pues bien, ahora se ha metido en mi vida y creo que me está dando órdenes. Andrew Towl trabajó con los genios del método del caso, que diferenciaron a la escuela de negocios de Harvard. En su forma pura, el método consiste en escribir un problema real de un empresario, recogiendo de él toda la información relevante que maneja, para lidiar con ese problema. Los alumnos se tienen que estudiar ese caso y la clase se plantea como si todos fuesen el empresario en cuestión y tuviesen que decidir en esas circunstancias. Por ejemplo, el último caso que he escrito con ayuda de Alejandro Rodríguez, porque la praxis dice que es bueno que un caso se escriba entre dos, es sobre Rafael del Pino, que, habiendo comprado los aeropuertos de Londres, se pregunta: ¿y ahora qué hacemos? El caso demuestra, entre otras cosas, que él es un empresario como la copa de un pino, valga la redundancia.

Pues Andrew Towl, con sus cien años, no sé cómo se enteró de que yo andaba luchando para sacar adelante la escuela de negocios más importante de Asia, en Shanghai, y me escribió una carta manuscrita con una seria advertencia de que no olvidase basar mi escuela en el método del caso si quería llegar a algún sitio. Sigue defendiendo sus ideas. Sorprendido por su enérgica recomendación, le escribí para tranquilizarle y en mi descargo le envié un caso reciente, escrito también con ayuda de Alejandro, sobre Geely, un fabricante de coches chino que se quiere comer el mundo, a cuyo presidente, el señor Li Shufu, estuvimos medio día escuchando y descubriendo que era otro empresario como la copa de otro pino. Pues a los pocos días recibo otra carta manuscrita del centenario Andrew, que me he leído veinte veces porque está repleta de mensajes. Por un lado me tranquiliza diciéndome que hice lo correcto entrevistando al señor Li Shufu, por otro me dice que se ha metido en la página web de mi escuela, o sea, que me vigila. Pero luego destaca algunas cosas de mi trabajo que no se me habían ocurrido. Y acaba diciendo que cuando vaya a Boston, vaya a verle. No las tengo todas de que no sea para pegarme una bronca por algo que se me escapa. El estilo de Towl y sus compañeros de la Harvard de los años cuarenta y cincuenta, McNair, Copeland, Culliton, va al alza en nuestros días.

Pero ¿qué puede llevar a una persona de 100 años a desplegar esa energía global más de treinta años después de su jubilación? Los que yo he conocido no se han quedado en casa delante de la televisión. Han buscado la forma de relacionarse con sus mayores pero también sobre todo con gente más joven. Se han mantenido al día leyendo, escuchando o navegando. Han buscado la manera de agruparse, de estar en los circuitos. o los han creado. Han mostrado interés por el trabajo de otros y en algún caso parece ser que pegar broncas también les funciona. Pero no han esperado a los cien años para todo esto. Empezaron a hacer estas cosas cuando eran jóvenes. Hemos de pensar cómo mantener el coco ilusionado y con inquietudes cada día.