EN LA COLUMNA DE UMBRAL / 19

Vivimos en un país lleno de demócratas. Hasta ETA justifica en sus comunicados los asesinatos y la extorsión como una forma de alcanzar una «solución democrática».

Sin embargo, no siempre ha sido así. Los valores democráticos, que en España han estado unidos al liberalismo y a la Ilustración, se toparon durante más de un siglo con el absolutismo, con los fueros, con los espadones y con una Iglesia aferrada a sus privilegios (y propiedades).

Los totalitarismos que emergieron en los años 30 se disputaron el mérito de haber dado la puntilla al liberalismo. Hitler y, por supuesto, Stalin, eran enemigos acérrimos del parlamentarismo burgués. Nuestra II República nació en medio de ese vendaval antidemocrático que recorría Europa. En los manuscritos de Azaña, así como en los escritos más serios sobre esa dolorosa época histórica (El colapso de la República, de Payne) se percibe con claridad que la causa fundamental de su fracaso fue la escasez de demócratas. La derecha veía la República como mal menor y la izquierda como un mero tránsito hacia la revolución.

Desde la Constitución de Cádiz a la Transición pasó siglo y medio. El experimento auspiciado por Suárez y respaldado por el Rey Juan Carlos ha sido el intento de implantación democrática más exitoso de nuestra Historia. Y eso, a pesar de que cierta derecha tembló tras la muerte del dictador y de que cierta izquierda soñaba con la dictadura del proletariado.

Afortunadamente, la cultura y el bienestar económico han hecho el milagro de la multiplicación de los demócratas. La democracia se ha convertido en un fetiche, en nuestro cielo protector.

Lo chusco es que haya todavía quien se cree capaz de canonizar demócratas.

Zapatero, al mitificar a su abuelo republicano, ha envenenado el estanque donde chapoteaban alegremente los demócratas. La patente democrática ha pasado a ser patrimonio de la izquierda.

¡Resulta tan ridícula la mutilación de datos que sus hagiógrafos han perpetrado en las biografías de algunos de los iconos progres! Haro Tecglen no escribió loas a Franco, ni Jesús Polanco estuvo en el Frente de Juventudes (¡Dios los tenga a los dos en su gloria!). Como el caso de Cebrián, del que sólo se dice que ejerció la dirección de informativos de la televisión franquista para argumentar que dimitió por motivos políticos. ¡Pero, hombre!, para dimitir, antes tienen que nombrarle a uno.

En fin. No se trata de hacer ajustes de cuentas. Su paso por TVE no inhabilita a Cebrián para nada. Como tampoco a Polanco el haber sido de mozo activista de la Falange. De hecho, el Gran Timonel fue un hábil empresario que supo sacarle jugo a su alianza con el PSOE. Pero, evidentemente, no era de izquierdas. Polanco a quien admira de verdad era a Eduardo Barreiros, que fue el emblema del crecimiento autárquico de los 60. ¿Ideología? No. Simplemente, negocio.

El sectarismo que anida en la progresía oficial (Umbral la llamaría progresona) es un síntoma de su debilidad, de su amoralidad, y, en cierto sentido, de su cobardía. Y fue la causa inconfesable de que muchos de los que Paco hizo importantes sólo con citarlos, ni siquiera se atrevieran a pasarse por el tanatorio o a acudir a su entierro... por si acaso. Ya saben que EL MUNDO es una de las tentaciones del diablo.

© Mundinteractivos, S.A.