Hace años que a Josu Jon Imaz le atrae Catalunya. Aquí siempre encontró amigos. Con Odón Elorza, otro de los valientes, compartió predilección por el inolvidable Ernest Lluch; la tiene hoy por Artur Mas y Duran Lleida. Manteniéndose tan vasco como el que más, a Imaz le cautiva la manera de ser catalana, su modo de tratar y entenderse en política, su práctica del pactismo, cuando menos hasta ahora. La repulsa de la violencia, desde el primer día de la recuperación de la Generalitat por la que se pronunciaron Tarradellas y Pujol, sin concesiones por mucho que los terroristas aleguen objetivos superiores. Comportamiento que benefició a la estabilidad gubernamental. central y autonómica.
Imaz es consciente del tiempo ganado por los catalanes merced a esa voluntad de convivencia pacífica. Político de entera buena fe, también eligió esa vía. A sabiendas de que a la moderación le cuesta más abrirse un lugar frente a los radicalismos, aunque se apoye sobre una amplia base popular, harta de demagogias y chantajes pistoleros.
Pero Imaz tiene la convicción de que la razón va con él. Tiene un corazón limpio y noble, una mente lúcida y el don de una palabra justa que se explica con claridad. Su renuncia al cargo vino acompañada de una carta antológica, de amor a su país y a sus paisanos, en quienes doy por seguro que ha de calar muy hondo. Él pierde un cargo muy honorable en la presidencia de un partido histórico y secular. Pero Euskadi gana en moral, en una hora de la historia democrática y plural que pide un "suplemento de alma".
Ahora es aquí, en Barcelona y en Madrid, donde debe tomarse nota y seguir el ejemplo del patriota vasco serio y realista: cerrar el paso a las tentaciones involucionistas o al simple aventurismo de los que no vivieron tiempos pasados en que las libertades se reducían a la categoría de mito y esperanza.
Los tiempos están cambiando en el mundo, enfermo de globalización, en el que Europa sufre presiones inéditas e invasiones, hasta ahora pacíficas. Barcelona, la Nueva York del Mediterráneo, según dijo Miravitlles, es un exponente de los nuevos asentamientos de diversos orígenes. La sociedad civil sigue su marcha y ritmo. Su civismo ayuda a una admirable capacidad de absorción. Pero las administraciones y muchos dirigentes políticos fían demasiado en tales virtudes ciudadanas. En contraste con otras metrópolis europeas, empezando por Francia, en la que están alerta agentes de seguridad con metralleta al brazo, aquí sorprende a los visitantes la ausencia de vigilancia a la vista, cuando todos saben que nuestro territorio, como los demás, siguen chantajeados. Los políticos están más pendientes de sus rencillas internas. No sé si Imaz, que ha demostrado estar al quite, ha detectado el exceso de confianza en que se mueve nuestro pequeño mundo.
Lo cierto es que en esta hora de cambios en las finanzas se sigue fiando en los cálculos de Castells aquí y de Solbes en Madrid.

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