TRANSBORDO, MONCLOA
Qué destaca usted del comienzo de la temporada política? Es una de las preguntas habituales que nos hacen a los comentaristas. Personalmente, no tengo dudas: la integración de los hijos del cayuco en el sistema educativo. La historia recordará estas fechas como el comienzo de un cambio sociológico sin precedentes. En este país hemos tenido expulsiones y exilios, pero pocos procesos de integración ordenada y pacífica. Relativamente ordenada. Disimulada y esforzadamente pacífica.
¿Y en el ámbito político?, insisten. Alguna anécdota pasajera, como la sensación de caos que con gran esfuerzo logra transmitir el Gobierno; el trabajo de los sociólogos, que estudian con imaginación y denuedo cómo ganar algún voto; los cálculos de probabilidades de que Gallardón pase de Madrid al cielo, o los ministros que ponen ajos en sus ventanas para ahuyentar los malos espíritus de la recesión.
De esa entretenida hojarasca surgió el martes el último tsunami que agitó los sismógrafos: lo dicho en el entorno de la Diada. El miércoles, los micrófonos se encendían de autodeterminación, Estado catalán, referéndum, independencia. La alcaldesa vasca que hizo ondear la bandera española alcanzaba el heroísmo patrio. Se incitó al Gobierno a mandar los guardias, quizá los soldados, a poner esa enseña en ayuntamientos y otros lugares expropiados a la nación.
La guerra de las banderas se desbordó y empezaron a caer mástiles sobre Zapatero. Para un moderado que había en Catalunya, llamado Mas, se dijo de él que se iba a hacer independentista. Y para un sosegado que había en Euskadi, llamado Imaz, se despide con una carta.
Sumado todo, el dibujo que sale es que no hemos avanzado nada en la solución del carajal territorial. Al revés: si las palabras significan algo, el curso comenzó con un rebrote del problema. En un plazo de siete años, dos comunidades, Catalunya y Euskadi, decidirán si desean seguir en España. Bueno, eso anuncian Carod e Ibarretxe. Los que hace meses defendían el Estatut y pedían el voto afirmativo para él ahora ya no caben en su articulado. Y no ha pasado ni la vigésima parte de los 20-25 años de vigencia que le pronosticaban. ¡Qué depresión para Zapatero, que casi se jugó su mandato por esta operación histórica! ¡Qué soplo de vida para los restos incandescentes del "España se rompe", que ahora pueden calentar las urnas!
En el caso del señor Josu Jon Imaz, añadamos un detalle: el gran debate no es si cayó un partidario de que Euskadi siga en España. El gran debate es si será sucedido por un partidario de irse pronto y por las bravas, o un cauteloso que busca el mismo resultado, pero despacio, con buena cara y sin romper las porcelanas del hall.
En todo esto hay tanto desparpajo como desafío al Estado. Cada año que pasa, se pierde miedo a las palabras, y al siguiente se dice una más sonora, como tentando a ver qué pasa. Y así, seguimos reinventando el Estado español, haciendo provisional lo que creíamos estable y efímero lo provisional. Algunos dirigentes, españolistas y soberanistas, recuerdan a los presidentes de fútbol que calientan a la hinchada. Y después aparecen unos mozalbetes que queman la foto del Rey. Un partido de alto riesgo.
El apeadero
Pregunta para adivinos: ¿a quién quitará votos el nuevo partido de Rosa Díez? Respuesta llena de sentido común: su gran vivero está en los votantes socialistas del 2004 desencantados por la política territorial y el diálogo con ETA de Zapatero, pero tienen algún escrúpulo para votar al Partido Popular, excesivamente reaccionario para ellos. Entre el desencanto y la falta de atractivo, Rosa Díez les ofrece un apeadero. Sin él, terminarían en la abstención.
El Gobierno
Entre los 2.500 euros y los dentistas gratuitos, el Gobierno español ha demostrado algo: que su fuerte no está en la coordinación de ministros. ¿Es que no hay debate interno? Pues lo siento, pero no. Los grandes asuntos de la legislatura (Estatut, terrorismo) los gestionó personalmente Zapatero. Y los pequeños pasan por Consejo sin discusión. El 90% de los acuerdos ni siquiera se citan en las reuniones. Dicho sea hasta donde el juramento de secreto se lo permite a mi informador.
Lo que parece
Gobernantes, instituciones y grandes empresarios han iniciado una cruzada: que no cunda el pesimismo económico. ¿Habrán llegado tarde? Es posible. En abril del 2004, con Zapatero en el poder, la situación económica era buena o muy buena para el 44,2% de los españoles. En julio del 2007, sólo es buena o muy buena para el 27,1. La encuesta no es del PP. Es el barómetro del CIS.

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