Se avecinen fuertes turbulencias sobre la economía o simplemente una suave desaceleración, no parece que sea el mejor ejercicio dedicarse a mirar de romper sin desparpajo alguno la hucha del superávit de la economía española. Vienen elecciones, cierto, y esa situación casa siempre mal con las pretensiones de amarrarse el cinturón cuando lo que desean los estrategas de campaña es poder tirar la casa por la ventana con promesas electorales. Lo hará el Gobierno, que juega con ventaja, pero en esta subasta electoral se sumarán todos con ahínco pensando, quizás, que el que no promete nada tiene un futuro muy negro y además no está en el núcleo de aquellos que deciden las cosas. El último en lanzarse al ruedo de la aventura de las promesas ha sido el ministro de Sanidad, Bernat Soria, prometiendo dentista gratis para los niños. Sin negar el siempre loable deseo de potenciar la asistencia sanitaria gratuita, el planteamiento del ministro no deja, además, de ser peculiar: la cofinanciación con las administraciones autonómicas. Máxime sabiendo que algunas, como Navarra y Euskadi, con un sistema de financiación claramente mejor que las demás autonomías, ya realizan la propuesta de Soria. Y la que no lo pueda pagar, ¿cómo queda ante sus ciudadanos tras la iniciativa del ministro? ¿No hubiera sido mejor pactarlo antes, dado que muchas competencias en Sanidad están transferidas?
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