LOS TRILEROS FILOLOGOS
No deja de ser sorprendente el constante goteo en prensa, día sí, día no, de crónicas, artículos y cartas al director que manifiestan, como mínimo, una abierta simpatía por Hugo Chávez y su desmantelamiento, en ningún momento oculto o disimulado, de las instituciones democráticas venezolanas.
Lo interesante del hecho es que, aparentemente, los defensores del líder venezolano, cuando se detienen a argumentar, ya no justifican el talante totalitario del líder bolivariano exactamente en nombre de la ortodoxia comunista (o castrista), sino tan sólo o más bien como lógica consecuencia de la corrupción política y del fracaso social de las democracias en Latinoamérica. Creo que éste es, por ejemplo, el registro en que se dirige a sus lectores el profesor Manuel Castells, cuando mantiene la tesis (no hace mucho desarrollada en su Observatorio Global de La Vanguardia, bajo el significativo título de La dictadura del subproletariado) de que las masas de los desposeídos seguirán apoyando a su providencial «salvador», pues «anteponen la mejora de sus condiciones de vida al mantenimiento de la democracia tal como ellos la perciben». La constatación es irrefutable.Y escasa o nula la simpatía de los lectores sensatos por las burguesías locales, incapaces de generar auténtica riqueza y de impulsar, en la más moderada tradición socialdemócrata, las reformas necesarias para convertir a los «pobres» en escolarizados y abastecidos ciudadanos, que es a lo que aspira la inmensa mayoría de las poblaciones.
Hay, sin embargo, en estas argumentaciones, incluso cuando se dan de buena fe, un cierto dejà vu: todo un eco de algunas de las reacciones que se dieron en Europa en los años 30 y durante la Guerra Fría del pasado siglo. Frente al genocida veneno de los fascismos muchos intelectuales entendieron que sólo existía el contrapoder ideológico del comunismo, incluso reconociéndole con la boca pequeña tremebundos errores. En esta trágica polarización, la cultura de valores laicos, ilustrados y democráticos dejaba de existir, incluso como anhelo socialdemócrata de futuro. Por fortuna fue el futuro el que demostró que la realidad no coincidía en absoluto con la prevista por algunos de sus analistas de París o de Cambridge.
¿Latinoamérica -debemos preguntarnos- está condenada a elegir entre «los políticos corruptos» (o las más crueles dictaduras militares) y el populismo totalitario de los «salvadores» del «subproletariado»? ¿Está condenada a ser asfixiada entre Bush (y su grupo de «renacidos» defensores del Bien) y los defensores del totalitarismo populista (portavoces de otra versión del Bien igualmente mesiánica)? ¿Nadie apuesta por la vía que ha convertido a la Europa democrática, a la chita callando, en una sociedad sencillamente habitable?
¿Tanta fe en su competencia para generar riqueza productiva (con total olvido del infierno moral que encarnan) tienen los defensores de los totalitarismos propugnados por Castro, Chávez o López Obrador?
¿Hemos olvidado los años 30?
© Mundinteractivos, S.A.

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