PRISMA

En la bella historia de tradición judeo-cristiana que nos narra la creación del primer hombre y de la primera mujer, el mayor de los dones que ese dios omnipotente, que no quería súbditos, les otorga sólo a ellos, criaturas elegidas, dis-tinguidas por ese don, es el del libre albe-drío, la libertad. El ser humano puede elegir. Incluso su propia destrucción, como bien saben los que han estudiado lo que es el pecado original. Dios les quitó la inmortalidad y las comodidades a sus criaturas desobedientes, pero no les arrebató el libre albedrío, la libertad de seguir eligiendo. Menos va a poder arrebatársela ninguna institución, ni siquiera eclesiástica. La autonomía de la conciencia, la libre elección en todos los ámbitos de la vida de una persona, es doctrina moral de la Iglesia Católica.

La institución, por lo tanto, está obligada a defenderla a capa y espada para sus fieles, incluso para todos los seres humanos, puesto que según su doctrina, todos somos hijos de Dios. El libre albedrío, la libertad de elegir, nos hace responsables y no consiste en acatar lo que unos cuantos juzgan correcto, eludiendo así toda responsabilidad.

La asignatura de educación para la ciudadanía, puesto que sus contenidos no atentan contra los derechos humanos, no debería ser un problema moral. No debería ser un problema de ningún tipo.Se oponen a ella los que querrían que en lugar de adultos responsables, más libres, la ciudadanía siguiera formada por menores de edad, moviéndose por las calles, a los que llevar bien sujetos por las riendas. Enseñar a los futuros ciudadanos el respeto por los demás seres humanos no puede ser más que beneficioso para la sociedad. El respeto es la base de la convivencia. De la falta de respeto procede el desinterés y la consiguiente ignorancia de la realidad del otro. Y de la ignorancia, el miedo. De la falta de respeto surge el desprecio por la identidad del otro y la necesidad de creer que sólo lo propio es «bueno y respetable», exportable e imponible.

En una sociedad plural como la nuestra, aprender el respeto es fundamental, no sólo en el sentido constitucional, sino también para que la cohesión social no se tambalee. Nadie está capacitado ni autorizado para juzgar la vida, ni la moralidad de nadie.La falta de respeto obedece al miedo. Miedo a lo desconocido, a lo ajeno, a lo distinto, a lo que nos cuesta entender. El miedo engendra violencia.

Los ciudadanos libres de este Estado, respaldados por las autoridades elegidas democráticamente, tienen derecho a ser educados en el respeto a los demás, ya sea en su consideración de seres humanos o en la de hijos de Dios. Los demás somos cada uno. Y cada uno tiene su particular visión de las cosas, ya que todo es opinable y no hay dos personas iguales. Aprender el respeto no es fácil.Ni practicarlo. Nos ciegan las pasiones. Y puesto que es un ejercicio difícil, aunque esencial, una asignatura que aporte su granito de arena a esta tarea, que es de todos, que cree un espacio donde aprenderlo y enseñarlo, sólo debería ser motivo de celebración.Al parecer lo más denostado es lo relacionado con el obsesivo tabú del sexo: los modelos de convivencia y la sexualidad. Detrás de los tabús también está el miedo y la falta de confianza, otra hija de la falta de respeto, que nos hace recelar de la capacidad de decisión del otro. ¿Qué se puede objetar a la educación de los jóvenes para que puedan decidir con un poco más de responsabilidad y de respeto por los demás? Sólo el miedo a eso, a que puedan decidir de manera autónoma, libres de toda tutela o manipulación.

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