Comienza el Ramadán, en cuya mágica Noche del Destino -Leilat al Qadar- se conmemora la revelación del Corán a través del ángel Gabriel al profeta Mahoma en los pueblos del islam. En este tiempo de ayuno pero también de vespertina alegría -el poeta Josep Carner escribió durante su estancia como cónsul en Beirut que el Ramadán era dura Cuaresma con Pascua nocturna- el mando militar estadounidense en Bagdad ha prometido liberar cada día a entre 50 y 80 iraquíes de los 20.000 que hay en sus cárceles, para expresar su voluntad de reconciliación. En el Ramadán, noveno mes del calendario lunar musulmán, los creyentes del islam tratan de cumplir aquel hadiz o dicho del profeta que reza que "el esfuerzo del ayuno no tiene valor ante los ojos de Dios si no va acompañado de limosnas", y se esmeran en las obras de caridad -además del obligatorio azaque, proporcional según ciertas propiedades- siendo más generosos, ofreciendo, por ejemplo, las acostumbradas comidas callejeras a los menesterosos y más necesitados. Fiesta religiosa, popular, tiene un acusado carácter social y político aunque su pregonado espíritu de concordia, de paz, haya sido muchas veces ensombrecido por guerras y violentos conflictos, como en el desahuciado Iraq donde, a menudo, se convierte en un tiempo de sangre y de dolor. En algunos países tienen que reforzarse las medidas de seguridad durante este mes celebrado con distinta intensidad en sus diversos pueblos.

Con salvas de cañón suele anunciarse el principio del Ramadán cuando los jeques musulmanes pueden columbrar en el cielo el creciente sutil de la media luna. Desde la aurora, cuando se distinga "un hilo blanco de otro negro", hasta el crepúsculo, hombres y mujeres deben cumplir con este precepto, uno de los cinco pilares del islam, que les prohíbe probar toda suerte de alimentos, beber, fumar, perfumarse y tener trato carnal. Tan sólo los niños, los ancianos, los enfermos, los viajeros y soldados en campaña están dispensados de este ayuno que según Algazel es la "puerta de Alá".

No es Beirut donde el Ramadán se celebra con más fervor y vitalidad. Este país habitado por cristianos y musulmanes no tiene la vibración popular de Arabia Saudí, Egipto, Marruecos, Argelia... En Egipto sus noches se convierten en una fiesta gozosa, con calles engalanadas de multicolores gallardetes, llenas de gente, los cafés y restaurantes abarrotados... En las televisiones árabes se difunden programas especiales, seriales de variedades musicales, muy populares. En la austera Argel los jóvenes se entregan al rai, el baile magrebí que hizo furor hace años, o se distraen con conciertos de música tradicional, organizados en sus plazas. En muchas calles de localidades del Magreb y del Mashreq, casas y lugares públicos están alegremente iluminados, a veces con tradicionales linternas multicolores, y por todas partes hay vendedores ambulantes de zumos de fruta, dulces, dátiles, bocadillos... Los niños se divierten en improvisados columpios armados en plazas y descampados. El iftar,o comida vespertina con que se rompe el ayuno, es ocasión de reunirse y regocijarse. Los preceptos coránicos establecen que en las noches pueden practicarse las relaciones sexuales.

Cuando el Ramadán coincide con el tiempo del verano, su cumplimiento se hace más penoso, sobre todo en el calor de los países desérticos. En las sociedades musulmanas rigurosas, como la saudí, el Ramadán perturba la vida cotidiana, hace cambiar los horarios de la administración pública y del comercio. El ayuno deja, a veces, a la gente extenuada, en un estado de somnolencia y de torpeza. Hay asuntos que se aplazan, pero también hay muchos tenderos que aprovechan este vespertino consumo febril para hacer su agosto.

Yo apenas escucho en mi barrio beirutí de Hamra alguna que otra vez los hombres - mosaharatiyan-que tañen tambores o golpean maderos o tabal y se detienen en las esquinas para exclamar "Levántate y proclama que sólo hay un Dios". Tan pronto llegue la primera luz de la aurora volverán, como cada año, las largas horas del Ramadán el Karim (el generoso).