BULEVAR
Las ocasiones en que se sostiene una conversación inteligente con un interlocutor lúcido tienen la peculiaridad de parecer excesivamente breves, aunque resulte paradójico que haya exceso en la brevedad. El cambio de opiniones no se agota, y queda la sensación de que el tema apenas fue esbozado. Después, uno continúa argumentando con ese interlocutor, ahora ausente, que entre otras valiosas informaciones nos reveló un inquietante pensamiento de Jacques Lacan, que reorientó la práctica del psicoanálisis hacia la obra original de Freud. Según Lacan, en rigor nadie se comunica con otros, sino sólo consigo mismo. Este axioma aparentemente solipsista, si efectuamos una voltereta topológica del tipo de la banda de Moebius (al modo lacaniano), bien podría remitirnos a Schopenhauer y su obra cardinal, El mundo como voluntad y representación, de cuya lectura puede concluirse que los actos de toda existencia humana tienen como fin la representación ante la propia consciencia.
La conversación tuvo lugar la tarde del pasado domingo en una terraza de Madrid. Son muy disfrutables estas tardes de verano agónico, con la luz septembrina que obliga a evocar la pálida luminosidad que acompaña el final de las siestas estivales. También resulta gustoso alejarse cada tanto del lugar de residencia y de paso dejar en suspenso los ruidos del delirio localista para comprobar que la identidad, siempre en proceso de hacerse, complementa satisfactoriamente la escalivada y el pan con tomate con unas buenas tostas de pulpo, además de chocolate con churros por las mañanas.
A lo que iba, que mi inteligente interlocutor trajo a la mesa de terraza el asunto del sentido de la vida y sostuvo que para unas personas el sentido es uno y para otras otro diferente.Mencionó, como anécdota ilustrativa, a un señor que tenía por sentido de la vida la permanente conquista de ejemplares del sexo contrario. Disentí con mi amigo, comunicándole mi parecer de que el ejemplo mencionado no podía tomarse como sentido, sino como motor o motivación, pero en el momento no se me ocurrió señalar que la diferencia entre sentido y motivación reside en que el primero atañe a la existencia, y en ese aspecto cobra validez la afirmación de Albert Camus: «No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no vale la pena de que se la viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía». (El mito de Sísifo).
El tan traído y llevado «sentido de la vida» hace pues al eterno dilema de la existencia, insisto en ello, mientras que las motivaciones que empujan nuestros actos o tiran de ellos sólo responden a los afanes e ilusiones de la vida biológica y política (en sentido amplio). Sin embargo, ellas también habitan bajo la sombra de la eterna y existencial búsqueda del sentido.
Esto y más es lo que me dejé en el tintero, querido amigo, en nuestra breve conversación en la terraza de Madrid. Será hasta la próxima ¿En Barcelona tal vez?
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