Observemos con complejidad microscópica los fenómenos que se suceden en los países musulmanes vecinos. A los que solemos ver como si se tratara de cómics japoneses, con buenos y malos. Así, ya sabemos que existen kurdos y que fueron masacrados por los turcos, pero ignoramos a los drusos o a los armenios. Aunque tampoco asumamos que todos ellos tienen una tabla de derechos idéntica a la que nos atribuimos nosotros. Y como no han alcanzado Estado propio, aceptamos que las naciones estatalizadas los pisoteen.
En cambio, olvidamos a los amazig o bereberes, capitales en Argelia y Marruecos, y en la escuela a sus niños inmigrantes les machacamos en árabe, que además no es el suyo dialectal - único que conocen-, y que es una lengua de dominio político y religioso. E ignoramos la suya; en sus formas de escritura, el tifinag; en su oralidad, el tamazig.
Pero vayamos a lo inmediato: los atentados terroristas de Argelia. ¿Significan que el país puede caer en el fundamentalismo?; desde luego. Pero no sólo porque represente una perversión monoteísta, resentida y primitiva, sino también porque en Argelia han fracasado con estrépito descolonización, nacionalismo, socialismo, militarismo y panarabismo. Pero han triunfado la corrupción, la dictadura, la ineficacia y el jacobinismo. El malo no es sólo Bin Laden.
Ala par, Marruecos no es tan simple como lo hemos reducido ahora, una mera pugna electoral entre islamistas y la Corona. Además, desautorizamos estos comicios porque ha votado apenas un 40% del censo; pero ¿en Catalunya o en Estados Unidos no pasa igual? El país sufre pobreza, analfabetismo, corrupción y abusos, sin duda. Pero no más que Túnez, supongamos, del que nadie habla porque su brutal dictadura militar y corrompida logra con mil astucias y cierres anestesiar a la opinión mediática occidental. Mientras, a Marruecos lo conocemos mucho más, y más podemos criticarle, porque el sistema permite grados de libertad de prensa y partidos políticos desde luego insuficientes pero que son los más amplios y sólidos del Magreb. Y está el problema del absolutismo monárquico, que afecta al poder tanto como a la economía. Pero también devoran a la gente la ineficacia y clientelismo de los partidos, la Administración corrompida, una alta estructura social que - pese a poseer cierta ilustración- no ha creído que debiera evolucionar ni ha sido barrida. Lo que aboca a dos hipótesis fatales: si de pronto cayera el rey, probablemente iría peor, el país se desballestaría; y si los islamistas accedieran al poder, sería espantoso: moderados no, son la peste para cualquier libertad y progreso, véase ahí donde imperan.

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