EN LA COLUMNA DE UMBRAL / 16
La ya mítica columna de Umbral no era por supuesto la última porque apareciese en la contraportada del periódico, ni tampoco la primera porque fuese la que se leía antes que todas las demás. Era la columna vertebral porque estaba al servicio del periodismo literario, recordándonos a todos los que escribimos en la prensa que la buena prosa debe comenzar por los periódicos.
Víctor de la Serna, citando a su padre, recordaba aquí, que en nuestro país se da un curioso género en los diarios, que denomina «escritor de periódicos», y que cuenta con algunos precedentes ilustres. Pero, a buen seguro, el mejor «escritor de periódicos» que yo he conocido ha sido sin duda Umbral. Su prosa no es que fuese brillante, es que además era rompedora, demostrando una inteligencia poco común.
En uno de sus libros utiliza un concepto que siempre me pareció fascinante: el de «escritor oral». Para él «el escritor oral es un tipo impar, un señor que hace unos artículos prodigiosos e improvisados en la mesa del café», y añade que «no siempre la facilidad de palabra tiene mucho que ver con la facilidad de pluma. Yo creo que así como el escritor por escrito puede amedrentarse en el diálogo y quedar opaco, el escritor oral se amedrenta ante la cuartilla». Su caso era precisamente el inverso, y así lo reconoce: «Yo, que he hecho miles de artículos, raramente consigo un artículo oral cuando hablo». Ambas afirmaciones de Umbral son ciertas, como yo he podido comprobar personalmente. Así, entre los profesores se da con frecuencia el «escritor oral», que es capaz de exponer de palabra, con una brillantez desusada, las cuestiones más complejas, pero que cuando le dices: «Oye y por qué no escribes esto», se queda pasmado y actúa como un toro que hay que devolver al corral, porque ha perdido la embestida. El caso opuesto era precisamente el de Umbral, como él mismo ha reconocido.
Por cierto, el español que más veces me han presentado, creo que fueron siete. La primera, me lo presentó Alfonso S. Palomares en los últimos años del franquismo, en un Vips. La segunda, años después, en Bocaccio, y a partir de ahí cada tres o cuatro años, alguien me lo presentaba como si no nos hubiéramos visto nunca. Es posible que no se acordarse de mí, porque era muy despistado, o es posible que fuese una pose, como ocurría con Tierno, otro gran desaparecido. En todas esas ocasiones no conversé mucho con él, pero sí lo suficiente para darme cuenta de que el Umbral «oral», no era el mismo que el «escrito».
Sea como sea, como yo le admiraba como escritor, le invité a ir a Roma a pronunciar una conferencia y a ofrecerle una cena en la época en que estuve de embajador. Habían pasado ya por allí, invitados por mí, Camilo José Cela, Antonio Gala, Francisco Ayala, y Gonzalo Torrente Ballester. Todos, nos deleitaron en mi residencia con sus historias y ocurrencias. Por eso tenía yo mucho interés en tener a Umbral una velada en la Embajada, tanto para oírle hablar, como para lograr que fuese la última vez que me lo presentasen, porque entonces se acordaría ya de mí. Pero el azar hizo que durante los días en que estuvo en Roma, yo tuviese allí a varios ministros y tuve que suspender la cena con él. Volví años después a Madrid, he sido dos años presidente de este periódico, y hace unos meses en una cena aquí me lo volvieron a presentar... Encantado Paco.
© Mundinteractivos, S.A.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados