CRISIS EN EL NACIONALISMO VASCO
El fin de una trayectoria complicada
Buena parte del PNV ha convertido los elogios que recibía desde fuera del País Vasco en rasgos de tibieza doctrinal
A pesar de que no son pocas las voces que afirman que ésta será la última legislatura de Juan José Ibarretxe, y de que el propio Xabier Arzalluz señaló a Josu Jon Imaz como candidato idóneo para ocupar este puesto, parece poco previsible que el todavía presidente del PNV desempeñe en el futuro algún cargo en el partido, más allá de su participación -como ex presidente- en la Asamblea Nacional.
Por su condición de guipuzcoano -es natural de Zumarraga-, se encuentra adscrito a una Ejecutiva hostil, presidida por Joseba Egibar, quien siempre ha mantenido que sería imposible lograr la paz interna si se mantenía como presidente jeltzale durante otros cuatro años.
Pero nadie en el seno de su partido puede olvidar que Imaz se hizo con las riendas de una formación aislada en los ámbitos nacional e internacional y, en cuatro años, logró tejer sólidas complicidades con los socialistas e incluso mantener abierto el diálogo con los populares.
Su talante, abierto y dialogante hasta la extenuación, llevó a los dirigentes del PNV en Vizcaya -territorio en el que se concentra la inmensa mayoría de los 31.000 afiliados- a proponerle como sucesor de Xabier Arzalluz en las conversaciones que las diferentes ejecutivas territoriales mantuvieron para intentar buscar un candidato de consenso en el año 2003. A nadie se le escapaba que Arzalluz pensaba en Joseba Egibar como candidato para dirigir el partido -pese a que muchos nacionalistas aseguran que el único sucesor en el que pensaba Arzalluz era él mismo- y, por eso, la Ejecutiva guipuzcoana, entonces presidida por Juan Mari Juaristi, Xeler, era la que a priori más pegas podía ofrecer.
Efectivamente, en los tanteos previos al inicio del proceso electoral interno, Xeler propuso inicialmente a Egibar, pero posteriormente decidió aceptar la pretensión de los vizcaínos de que fuera Imaz quien tratara de edulcorar la pésima imagen que arrastraban los nacionalistas desde la firma del acuerdo de Lizarra.
Josu Jon Imaz se hizo con una formación sin apenas interlocución con el PSOE ni el PP y, durante su mandato, el PNV ha formalizado con el Gobierno socialista acuerdos vitales para el País Vasco -la Y ferroviaria vasca es su exponente más destacado-.
Además, ha visto aprobadas con el apoyo del PSE las cuentas del Ejecutivo de Juan José Ibarretxe durante dos años consecutivos y ha logrado que lo que antes era un muro de contención constitucionalista, formado por PP y PSE, esté resquebrajado hasta el punto de que ambos partidos han permitido que un candidato nacionalista se convirtiera en diputado general de Alava, pese a que el PNV fue la tercera fuerza más votada.
Porque, con Imaz, el PNV ya no era tan peligroso para los socialistas como lo era con Arzalluz, y su visión más pragmática de la política -aparcó de facto el plan Ibarretxe- casaba a la perfección con un PSOE que tenía la necesidad de entablar acuerdos con los nacionalismos periféricos para ver garantizada su estabilidad en el Gobierno.
Por no hablar del papel que ha jugado como mediador en el fallido proceso de paz impulsado por el Ejecutivo de Rodríguez Zapatero, del que los nacionalistas quedaron al margen en un primer momento.
Sin embargo, lo que para los constitucionalistas constituyen gestos dignos de elogio, en el ámbito del nacionalismo son rasgos de debilidad, de tibieza doctrinaria o de complicidad con España.
La salida de Josu Jon Imaz de la Presidencia del PNV provocará lamentos mayoritarios entre la clase política española y constitucionalista, y quizás también entre los pragmáticos de su partido, pero hará que se froten las manos los representantes más soberanistas del nacionalismo. Y ello, pese a que su más que probable sucesor, Iñigo Urkullu, comparte con él buena parte de sus posiciones políticas.
© Mundinteractivos, S.A.

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