La Coctelera

Reggio

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13 Septiembre 2007

Identidad de España, de José Manuel Ponte en La Nueva España

Casi no veo la televisión, y, por tanto, no podría decir, con cierta autoridad, si la reforma que patrocinó aquella comisión llamada de «sabios» para los dos canales del Estado ha tenido el éxito que se esperaba. De momento, tuve conocimiento de que en la nueva programación se apostó por la retransmisión intensiva de los partidos de fútbol de la Liga inglesa, ya que los avatares de la competición nacional pertenecen al coto cerrado de las cadenas privadas, contrariando el criterio de aquella ley promovida por Álvarez-Cascos que consideraba al balompié patrio como materia de preferente interés general. Y también supe -por los periódicos y por el testimonio personal de algunos buenos amigos- que hubo una amplia reestructuración de plantilla y cientos de trabajadores fueron indemnizados o prejubilados. En cuanto a la aspiración ciudadana de que la televisión del Estado pueda convertirse algún día en un medio público de comunicación independiente del poder político y no en un cómplice miserable del Gobierno de turno, ya casi he perdido la esperanza. A punto de cumplirse treinta años desde la promulgación del texto constitucional, la historia de los canales de titularidad pública, tanto estatales como autonómicos, no es muy edificante. No obstante, reconozco que a la televisión se le suele achacar una influencia política y cultural perniciosa muy superior a su propia capacidad de hacer daño a las conciencias. Que se sepa, ningún régimen dictatorial pudo mantenerse gracias al control omnímodo de la televisión, y la mayoría de los que conocimos se fio bastante más del Ejército y de la Policía para reprimir la disidencia política. A la hora de tomar decisiones drásticas, un general siempre dispone de medios más contundentes que un locutor de televisión. Y ya vimos de qué mala forma terminó el «reinado de Urdaci», que parecía eterno. Pero los políticos son supersticiosos respecto de esa influencia y se pelean por salir en la pequeña pantalla con la pose que estiman que les favorece más. Y no satisfechos con eso, le encomiendan tareas que no le corresponden. Ahora, por ejemplo, hemos sabido que el Gobierno socialista remitió al Congreso una iniciativa legal en la que, entre otras misiones importantes, se atribuye a la RTVE la obligación de «contribuir a la construcción y a la vertebración de la identidad de España». Una tarea ambiciosa y seguramente imposible de cumplir, porque, si hemos de creer al maestro Ortega (al filósofo, y no al torero), es una cuestión que tenemos pendiente de resolver desde los tiempos de Recaredo. La forma en que ese empeño ciclópeo pueda desarrollarse es una incógnita. ¿Cómo reconoceremos la identidad de la España verdaderamente vertebrada y definitivamente construida? ¿Será ésa la España plural que preconiza Zapatero, o acaso la España siempre a punto de romperse cuando no gobierna el PP? ¿La España que radia La SER, o la España que radia la Cope? ¿ Y cómo afectará esa búsqueda a los telediarios y a los concursos? Una actriz gallega, Dorotea Bárcena, ha dicho que «hoy en día, si no sales en la televisión, no existes». Si eso fuera cierto, la inmensa mayoría ya estaríamos muertos. Felizmente.

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