A CONTRAPELO

El señor Solbes es, ante todo, eso, un señor. Un señor mayor. Tiene sólo 65 años, la edad de la jubilación, pero aparenta más. Por las canas, por la barba, por las entradas, por esa bondad y pachorra apacibles que parecen indicar una larga experiencia, un saber de sabio, un estar de vuelta de casi todo, un modo relajado de encarar el cansancio en la brega, una serenidad y ponderación que da la veteranía, la ecuanimidad de quien ya dejó muy atrás los ardores juveniles y ha sustituido la pasión por la moderación. Parece vivir en un cierto nirvana de gordo feliz y cumplido, capaz de desparramar toda su seriedad sobre una alfombra para jugar con los nietos. Siempre que no le toquen las pelotas. En su caso, la cartera.

Es un señor fiable. Con pinta de fiable. Si uno tuviera que pedir consejo, se lo pediría al señor Solbes. Aunque no fuera un consejo en materia económica. Un consejo para la vida. El señor Solbes se lo pensaría con calma, diría su verdad y se pronunciaría con sensatez. Y algo de sorna.

Al señor Solbes le han puesto de vicepresidente en un par de gobiernos -y también estuvo de mandamás en Europa- porque sabe lo que se hace, da confianza y no tiene enemigos. Sólo, gente cabreada. Porque entiende de lo suyo, que son las perras. El señor Solbes tiene prestigio entre los entendidos porque entiende más que nadie y tiene prestigio entre los que no entendemos nada precisamente por lo mismo. Es el dueño de un arcano y su jerga: la economía.

También es el dueño del tesoro. O como si lo fuera. El tesoro -los dineros del Estado- no es suyo, es nuestro. Pero el señor Solbes es su guardián. Vela por el tesoro, y su lema es gastar lo menos posible. Para que dure. El señor Solbes es como aquel abuelito que te daba una peseta de paga y te decía: «¡Ahorra!». Es muy majo, pero muy tacaño. O esa impresión da. Se diría que quiere conservar todo el tesoro bajo el colchón. O en el calcetín. Para el día de mañana. Para cuando vengan mal dadas.

El señor Solbes pastorea a los chicos del Gobierno, que son todos unos manirrotos y que quieren darse y dar gusto a base de gastar. De derrochar en modelitos de gasto social y beneficio político. Pero el señor Solbes no está por la labor: el Estado es tu padre, incluso tu madre -viene a decir-, pero no es el Banco de España, chaval.

No sabemos bien a qué atenernos con el señor Solbes. Somos todos unos viciosos del gratis total, pero no acabamos de darnos cuenta de que con los impuestos pagamos todo lo que nos sale gratis. O sea, que la mano izquierda paga lo que la mano derecha recibe de balde. Al señor Solbes lo han puesto ahí para que esa ficción y ese espejismo no nos dejen mancos.

Si dicen que lo barato es caro, lo que el señor Solbes opina es que lo gratis es no caro, sino carísimo. De modo que, por muy socialista que sea, cuando al señor Solbes le hablan del Estado del Bienestar, él experimenta un malestar fulminante. Ahora, mismamente, le duelen las muelas.

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