Entre risas, unas risas que son difíciles de interpretar porque no se sabe si responden a la ironía, a la verdad, a la timidez o a ese extraño sentido del humor que tiene (un sentido del humor difícil de entender), José Maria Aznar, el líder máximo, ha declarado desde Santiago de Chile, entre expresiones de una risa mal contenida, que el auténtico líder del Partido Popular para hacer frente a Rodríguez Zapatero es Mariano Rajoy.

¿A que responde ese extraña risa del ex presidente del Gobierno, que fue el que, en el momento preciso, septiembre del 2003, decidió que Rajoy era el candidato frente a los valores de Jaime Mayor o frente al arrastre de Rodrigo Rato, el Preferido?

Es difícil de entender la reacción de José María Aznar, en gira por América Latina como si fuera Isabel Pantoja, ante el nombramiento por aclamación de Mariano Rajoy, en la Junta Directiva Nacional del partido, como candidato del PP a las elecciones generales del próximo mes de marzo.

Aznar, que en un momento determinado optó por Rajoy frente a Rato, debería haber tenido una reacción más cariñosa, más expresiva con quien fue designado como sucesor, sin ningún tipo de reticencias, por parte de un partido que fue solidario con él hasta el final, incluso en el disparate de la “guerra de Iraq”.

Esa risa nerviosa, incomprensible, difícil de interpretar, no le hace ningún favor a un Rajoy que ha conseguido el voto unánime de su partido, pero que no ha conseguido, ni mucho menos, cerrar el debate sobre su sucesión.

Horas antes de la votación, Manuel Fraga, el padre fundador, volvía a apostar por Alberto Ruiz-Gallardón y ponía en duda que Rajoy tuviese el talante y el empuje de un Nicolas Sarkozy, el nuevo presidente francés, que es presentado como el modelo de lo que puede ocurrir en los próximos meses en España, y con el que pretendía entrevistarse este fin de semana, antes de su elección, el líder del Partido Popular, coincidiendo con el espectáculo, más social que político, de la corrida goyesca en Ronda.

Sin esa foto tan deseada con Sarkozy, Mariano Rajoy ha sido elegido candidato a la Presidencia del Gobierno por el Partido Popular, por unanimidad de la Junta Directiva Nacional del Partido e, incluso, ha sido ovacionado como si efectivamente hubiese estado con Sarkozy en la corrida goyesca de Ronda.

De toda la intervención de Rajoy, lo más destacado es, sin duda, esa afirmación de que puede responder a la realidad de que el PP cuenta con elementos suficientes como para formar cincuenta gobiernos de España mejores que los que pueda formar Rodríguez Zapatero.

Teoría que puede responder a la realidad pero que se compagina mal con la actual estructura del Partido Popular. ¿Cómo es posible que Rajoy tenga, y puede que sea verdad, medio centenar de candidatos para ser ministros de un Gobierno popular mejores que los que tiene actualmente el PSOE, y, a la vez, sea incapaz de cambiar una estructura partidaria que ha heredado de José María Aznar y que es incapaz de cambiar? Si no está en condiciones de cambiar un equipo heredado, ¿para qué le sirve disponer de medio centenar de candidatos que, en un momento determinado, puedan ser ministros del Gobierno de la nación?

Rajoy ha sido elegido candidato para evitar las guerras internas existentes en el Partido Popular para la sucesión, pero su elección ha estado huérfana de propuestas, de una alternativa madurada y de un equipo capaz de acompañarle en lo que será una “travesía del desierto” dura larga y difícil.